La insoportable generación sesentera

publicado en la revista «Nexos»
# 442, octubre de 2014

 

Las redes sociales han dado vigencia a las teorías conspirativas según las cuáles siempre hay, detrás de toda opinión, noticia o informe, aunque no lo parezca, un torvo intento de “manipularnos”, palabreja indefinida que siempre se aplica a medios y autores con los que, previamente, ya estamos en desacuerdo antes de que abra la boca o publique una línea. El lector de La Jornada y Proceso se refiere sin duda a esas fuentes, probadamente no confiables, como la verdad sin sospecha. Milenio, nexos, Televisa y ciertos comentaristas están de antemano confinados al área de “infecciosos de alto riesgo”. Los debe uno leer, si no hay remedio, buscando el engaño, la trampa lógica, la falacia argumentativa, cuando no la simple y llana mentira dicha con todo descaro.

Fernando Escalante ha hecho al menos un par de disecciones a titulares alarmistas de La Jornada [[El extraño caso. - Una triste expresión, que no es tristeza.]] que nada, pero absolutamente nada, sostiene en el cuerpo de la nota: un pase de magia y el conejo sale de la manga: eureka. Pero son convicciones inconmovibles por los datos o las argumentaciones. Por eso los llamamos pre-juicios.

La verdad... es que tienen razón: vivimos, desde antes de nacer, sometidos a todo tipo de influencias externas. No nadamos de muertito en el vientre materno lanzando buches de líquido amniótico: nos tensa la tensión de la madre, nos llegan los gritos destemplados, el ruido a gran volumen nos inquieta.

Pero, aún antes, ya recibimos unos dados cargados: nuestros genes. La estatura de papá, el color de ojos de mamá nos darán vidas muy diversas. Y eso sin contar con los aspectos debatibles de los genes: si influyen en nuestras capacidades cognitivas, en la inteligencia, en la rapidez de razonamiento. No nos metamos en ese berenjenal: yo he cultivado berenjenas y sé cómo las agudas espinas de su follaje denso no dejan salir a nadie sin raspones. Pero me meto: sí, sí hay una clara influencia en la herencia de habilidades. No hay un gen de la inteligencia, cierto. Pero hay una conformación inicial de las redes neurales guiada por controles de genes que se encienden y se apagan.

Y parirás con dolor

Luego, sin duda, viene la estimulación por el medio: nacemos con un cerebro a medio hacer: es una de las debilidades humanas frente a un perrito recién nacido, pero es nuestra mayor ventaja porque nos hace maleables: nacemos prematuros. “Y parirás con dolor”, sentenció un Dios fácil de enfurecer por sus criaturas. Las hembras humanas de hoy son las mutantes que dieron a luz antes de tiempo. Las ajustadas al crecimiento natural del feto murieron de parto, con todo y criatura atorada, porque ya la cabeza no cabía entre los huesos del fondo pélvico.

Los huesos iliacos, el sacro y el pubis forman un canal con muy poca flexibilidad, la hay en la sínfisis del pubis. Pero nuestra evolución fue acelerada en la creación de un cerebro mayor, con una nueva capa de neuronas, el neocórtex, y por consiguiente un cráneo con más diámetro longitudinal y transversal. Lo debemos, en círculo virtuoso, al desarrollo del lenguaje, los símbolos y la cacería en grupo que, a su vez, aportó la proteína animal necesaria para construir un cerebro con alto consumo de energía.

Al nacer, nuestro cráneo todavía es flexible porque las suturas de los huesos no han acoplado las diversas placas. Si la madre es estrecha, la cabeza del niño sale ovoide. Ya luego se compone.

La evolución de la cadera femenina fue más lenta y entonces el Creador, lleno de amor y solicitud como nos lo pintan, condenó a la mayor parte de las hembras Homo a morir en el parto entre horrendos dolores, gritos y muerte también del hijo atorado porque el cráneo no cabía y sus huesos, ya con suturas firmes, no se adaptaba al canal del parto. Pero, las “nuevemesinas”, como hoy las sietemesinas, a quienes el azar de las hormonas que guían el momento de la expulsión daba la ventaja de sobrevivir, transmitían a sus hijas esa ventaja. La selección natural hizo un cerebro mayor y la selección natural dio ventaja a las hembras que parían antes de tiempo esos cerebros mayores.

El parto adelantado trajo otra ventaja evolutiva: un ser más indefenso y urgido de cuidados es también un mayor lazo entre la madre y el padre. Más aún: por nacer con cerebro a medio desarrollar, los estímulos sociales fortalecían de inmediato las conexiones adecuadas entre neuronas. Muchas conexiones preestablecidas, al no pasar por ellas señales eléctricas, se eliminan como se seca una rama sin agua. Otras se fortalecen.

Nadie discute la ventaja del niño que crece entre libros de sus padres frente al que sólo ve los libros escolares. Pero padres no lectores dan hijos buenos lectores y viceversa. Si Mozart hubiera nacido en una isla del Pacífico habría sido, de cualquier forma, el más grande tamborilero de la isla.

Ya eso es parte de la “manipulación” que limita nuestra libertad. Buena alimentación y estimulación temprana han probado sus beneficios no sólo por el sentido común, sino en experimentos cuidadosamente diseñados. Y en otros que aporta el azar. Como los niños salvajes que veremos.

Los babyboomers

En Estados Unidos, donde pronto le ponen nombre a todo, observaron un súbito incremento en la natalidad al término de la Segunda Guerra Mundial: el baby boom: el pum de los bebés, el paridero en la segunda mitad de los años cuarenta y la primera de los cincuenta. Al parecer hay un mecanismo por el que la naturaleza se apresura a sustituir los millones de vidas perdidas.

Fue mi generación, la de los babyboomers, la que modificó las reglas para la educación infantil que habían dado resultado durante milenios: hasta nosotros, al niño se le prohibían algunas cosas por su propio bien, porque el adulto sabe el peligro de un río, un cuchillo, un perro ajeno, una ventana, un desconocido, un vidrio, un alimento en mal estado, en el acto de sacar la cabeza por una ventanilla de vehículo en movimiento: al niño se le ponía una reprimenda cuando hacía algo indebido y, el horror, hasta se le daba un par de nalgadas si se tiraba al suelo pataleando en la calle porque mamá no le había comprado el juguete visto en una vitrina. Jugábamos en las calles, debíamos estar en casa al anochecer y no muy sucios, cenar, hacer la tarea escolar, levantarnos a tiempo de llegar a clase…

Pero nosotros mismos, que vimos que un berrinche castigado no nos hacía serial killers comenzamos a leer demasiados libros acerca de la educación infantil. Los hijos de mis amigos de izquierda se volvieron pequeños monstruos insoportables, destinados a confrontar un mundo de obligaciones, de horarios impuestos, corbata en ciertos trabajos o lugares, y reaccionaron a los 25 años con la frustración que les evitaron sus protectores padres a los cinco.

Nos llenamos así de quejicas, lamentos, denuncias sobre la falta de libertad y la manipulación: la familia, la escuela, la religión, los vecinos que llaman a la policía a causa de nuestra muy libre fiesta, los medios, sobre todo los terribles medios, ¡ah, la perversa televisión! Son los hilos por los que, desde la oscuridad, ciertas fuerzas, que nadie logra definir bien a bien, nos hacen autómatas y nos ajustan a necesidades sociales: a las del capitalismo, decimos si somos izquierdosos. Montessori hizo lo suyo y Foucault nos dio el análisis estructural de la escuela y del sexo, de la medicalización del marginal y el hospital psiquiátrico para la tribu de los diferentes. Y, por supuesto, tuvimos el análisis de la maldad edulcorada en Para leer el Pato Donald: algo así como la conjura mundial judía desenmascarada por Los protocolos de los sabios de Sión, en versión Disney e infantil: más aviesa porque nos asaltaba en la desprevenida infancia.

Al fin libres

Tarzán fue nuestro modelo de hombre libre. Pero los muy escasos niños criados realmente sin contacto humano, sin represión, obligaciones ni castigos, en total ausencia de sociedad humana, resultaron desastres muy alejados del ideal libertario.

El caso más famoso es el de los gemelos Rómulo y Remo, criados por una loba en el monte Capitolio, luego fundadores de Roma.

Otro humano libre de toda mediatización social fue Kaspar Hauser, misteriosamente aparecido en las calles de Núremberg en 1828, sin saber hablar ni aceptar otro alimento que no fuera pan y agua. Tenía unos 16 años cuando su aspecto descuidado llevó a que la policía interviniera. Se piensa que, hasta esa edad, estuvo aislado de toda relación social, lo cual sólo puede conseguirse por cautiverio o por crianza de mamíferos no humanos. De éstos hay una larga relación: 1867: un niño de unos seis años fue descubierto en la cueva de un lobo, corría a cuatro patas y vivía con él; para rescatarlo, mataron al lobo; 1920: en India, dos niñas salvajes cuidadas por una loba a la que mataron para rescatar a las niñas que protegía como sus cachorros; 1962: un niño criado por una manada de lobos en Turkmenistán, Asia Central; 1973, Burundi, África: un niño de unos seis años criado entre monos que corría como ellos a cuatro patas; 1990: un niño criado hasta los ocho años por cabras en los Andes.

Dato común: ninguna de estas criaturas alcanzó desarrollo mental normal después de introducirlo en una sociedad humana. Murieron jóvenes. Es el resultado de la ahora fantaseada ausencia de presiones, manipulaciones, influencias… O somos sociales, con todo lo que eso conlleva, o no somos.

Esto es: el humano recién nacido posee una gran plasticidad cerebral, conexiones neurales que se refuerzan si pasan estímulos y se retraen y desaparecen si no hay ninguna transmisión. Hay “ventanas” para el desarrollo cerebral y se cierran se usen o no se usen.

Una ventana muy clara, y observable en situaciones normales, es el idioma: tenemos hasta los 14 o 15 años para aprender un idioma y hacerlo propio, el idioma que llamamos materno. Pensamos, soñamos, gritamos de alegría o de miedo en ese idioma. Si llegamos en la temprana infancia a un país donde se hable un idioma distinto, lo dominaremos con igual nivel. Pero no si ya tenemos más de 15 años: lo hablaremos muy bien, sin dificultad, hasta sin acento, pero siempre será un segundo idioma en nuestra preferencia y, en muchos casos, siempre tendremos diferencias de acento y de sintaxis que un hablante nativo notará. Un caso excepcional es el del polaco-ucraniano Joseph Conrad, autor prodigioso de la narrativa inglesa.

Los niños de Bucarest

En Science del 15 de agosto viene el desolador “experimento” creado por el azar de la orfandad y el orfanatorio concebido como depósito de niños.

Hace una década, un orfanato de Bucarest, capital de Rumania, “albergaba muchos niños que se mecían de forma constante de adelante a atrás, a gatas o sentados, girando las cabezas de un lado al otro, o de forma repetitiva se llevaban una mano al rostro, con frecuencia abofeteándose a sí mismos”, escriben los neurocientíficos Charles Nelson y Nathan Fox, así como el psiquiatra Charles Zeanah, en Romania’s abandoned Children, libro publicado este mes de enero. Niños con semejanzas conductuales a ese caminar de un lado a otro que vemos en tigres enjaulados.

“Lo que vieron los investigadores fue el legado de un trágico esquema para aumentar la población de Rumania. El ex dictador Nicolae Ceausescu (Chaushescu) decidió a fines de los años sesenta que Rumania necesitaba crecer; el gobierno creó impuestos para mujeres con menos hijos que cinco, sin importar los que pudieran mantener. Para cuidar los millares de niños no deseados, el gobierno llenó orfanatos. No estaban diseñados ni tenían recursos para imitar la vida familiar, pero estaban repletos”.

Y Rumania era uno de los países socialistas que en México más desapercibidos pasaban: ni revueltas húngaras ni primaveras de Praga ni sindicatos polacos.

“En su tope a finales de los años ochenta [la dictadura cayó poco después que el Muro de Berlín], los orfanatos albergaron casi 170 mil niños. La mayoría crecida en un ambiente vacío y sin respuestas”. La ideal ausencia de toda manipulación o presión social. Los niños pasaban el tiempo contemplando las paredes o el techo, un niño podía estar en contacto con 17 diversos cuidadores en una sola semana. Es lo que Nelson, profesor de pediatría y neurociencia en la Harvard Medical School, Boston, llama “experiment in zero parenting”: “experimento con cero padres”.

A la caída del Muro, en noviembre de 1989, siguió el derrumbe de todos los regímenes llamados socialistas, entre ellos el rumano. Ceausescu fue ejecutado, con su esposa, en juicio de apenas unas horas transmitido por tv. Gente de todo el mundo adoptó miles de huérfanos rumanos. Los estudios acerca de estos adoptados muestran que algunos padecen serios problemas emocionales, aunque han pasado más de dos décadas.

“El grupo de Nelson, conocido como Bucharest Early Intervention Project (BEIP), vio una oportunidad de responder una pregunta específica adicional: ¿Cómo altera el desarrollo neurológico una primera infancia vivida en descuido?”. Comparando grupos con padres adoptivos y los que han seguido en orfanatos, el equipo ha descubierto cambios en la estructura cerebral misma. “El cerebro requiere estimulación para su desarrollo”.

No hay peor maltrato que el no trato.

 

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