Estamos ante Las Termópilas

publicado el 31 de agosto de 2014 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

Los griegos espartanos salvaron a Occidente en Las Termópilas. Luego vino el Humanismo helénico que, al ignorar a un pueblo perdido en el desierto de Israel y con la terca idea de un dios colérico, único y malicioso, propuso: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las existentes que son y de las inexistentes que no son”, dijo Protágoras en el siglo V a. C. Con Anaxágoras, es uno de los primeros filósofos que no escriben en Jonia (hoy la costa egea de Turquía), sino en Atenas. Preparó el campo para la llegada de Sócrates.

Con la caída de Grecia en el siglo II a. C. bajo el poder creciente de Roma, el helenismo no se apaga: por el contrario, se extiende por todo el Mediterráneo. De ahí que digamos: Grecia, vencida, venció al vencedor. Los poetas romanos, si querían escribir bien, debían leer griego; los arquitectos iban a Atenas para saber cómo hacer un templo, un capitel, una cornisa y una casa; los escultores romanos aprendían copiando obras de Fidias, Scopas y Lisipo, el Discóbolo de Mirón, el Hermes de Praxíteles y atletas, caballos, mantos, barbas. A las copias romanas debemos buena parte de nuestro conocimiento de la escultura griega.

El Humanismo en arte se centra en el cuerpo humano desnudo y perfecto. En educación desarrolla la tesis romana: mente sana en cuerpo sano: Juegos Olímpicos y teatro de Sófocles, música y danza hasta la prohibición cristiana de las Olimpíadas, del arte y de la ciencia porque eran restos del paganismo.

No hay lección más vívida de humanismo que caminar por el Museo Nacional de Atenas: entrar por la sala arcaica, llena de lápidas de mármol con figuras apenas delineadas: torpeza de niño pasando un punzón sobre plastilina; luego kuros de tieso aire egipcio, observar cómo la creciente habilidad griega separa las pantorrillas y muslos, luego brazos, los ojos entran en verdaderas cuencas con cejas que les dan sombra, y seguir, de sala en sala, el canto al cuerpo humano hasta la gran sala del Poseidón, enorme bronce con un brazo plenamente horizontal y otro encogido para arrojar quizá el tridente (que falta), pies separados dando apoyo al empuje y equilibrio al dios marino en un pie y los dedos de otro pie.

Basta comparar estas piezas con las más bellas de otras culturas, para entender el Humanismo, hoy en peligro por el dios irascible imaginado en Israel y retomado por un beduino mugroso llamado Mohamed y al que los españoles, que nunca oyen bien nada, le cambiaron las vocales: Mahoma.

La filosofía del Humanismo dio origen a todas las preguntas que todavía nos hacemos y Delfos hizo un resumen: “Conócete a ti mismo”. En ciencia tenemos la catedral deslumbrante de la Geometría de Euclides que bastó, ella sola, y la sombra de un pinche palo en un solsticio de verano, para que Eratóstenes midiera la circunferencia de la Tierra hacia el 300 a. C. Aristarco nos dio el sistema heliocéntrico, tal y como lo vemos ilustrado por O’Gorman en la Biblioteca Central de la UNAM: círculos concéntricos que hoy atribuimos al torpe canónigo Copérnico, quien nunca dijo lo que decimos que dijo: que bastan seis órbitas en torno al Sol para explicar los raros movimientos de los planetas entonces visibles. Aristóteles creó la Biología, la Física, la Metafísica, la Lógica, la Teología del motor inmóvil y, además, educó a un niño que sería llamado Alejandro Magno.

Con el asesinato y martirio de Hipatia por cristianos, astrónoma y filósofa neoplatónica, cayó un telón sobre Occidente y duró mil años. El Renacimiento recuperó el helenismo. Hubo un siglo de tolerancia al estudio de los clásicos paganos. Luego vino, sobre todo en Francia, la Ilustración: los Derechos Humanos, democracia y libertad.

En 1859 publicó Darwin El origen de las especies por medio de la selección natural. Que las especies varían y no fueron creadas como las vemos por el dios iracundo de Abraham, Cristo y Mahoma. Esa herencia es la que el islam roe en barrios de Londres, París, Nueva York, Copenhague, Sydney y el mundo, amenazado por la ola de guerra santa contra los infieles. Pero ¡no pasarán!

 

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