20 años...

publicado el 18 de agosto de 2014 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Veinte años, la edad de un joven de hoy, eso tardaron el PRI y el PAN en hacer de lado sus argumentos “patrióticos” con los que se metían zancadilla para impedirse, uno al otro, las reforma en petróleo y electricidad que ambos sabían urgentes. Postergaron lo impostergable con el simple afán de apedrear el reflector al contrario.

Por eso la reciente aprobación de las leyes que acaban los monopolios burocráticos en asuntos de energía produce sentimientos encontrados, agridulces: qué bueno, magnífico, bravo... Pero ¿y los argumentos que esgrimieron, uno y otro, mientras les veíamos el esfuerzo por contener la risa? La Patria (...je, je), el Pueblo, la Nación, el Futuro, la Soberanía... todas con mayúsculas enormes, se esgrimieron para detener lo que hoy celebran.

Eso da cuenta de la pequeñez de nuestra clase política, de su falta de estadistas y su abundancia de frívolos y calculadores que se nos estuvieron riendo en las narices antes de ir a darse vidas de sultanes, entre grandes vinos y pechugas de ángel, luego de parar, por simple y frío cálculo de beneficios propios, una reforma que todos sabían urgente y todos bloqueaban para no dar a la oposición ese triunfo.

Era 1995 y el presidente Ernesto Zedillo impulsaba reformas que ahora aplaudimos. Pero el PAN, que había apoyado como oposición las mismas reformas, en cuanto vio al PRI sin mayoría en el Congreso le negó votos: veía que las grandes reformas al sistema electoral, la independencia de la Suprema Corte (por primera vez Poder Judicial), el Tribunal Electoral, el IFE, las casillas en manos de los vecinos, todo eso que había arrancado a un PRI algo reticente y otro PRI, el de Zedillo, favorable, era su oportunidad para llegar a la Presidencia de la República con una campaña igualitaria en los medios y manos atadas a gobiernos del PRI que derrochaban dinero y poder de sus burocracias para favorecer a sus candidatos.

Entonces, sin sonrojo, con pasmo de los que conocíamos las viejas demandas del PAN, las negó con oratoria tomada en préstamo desvergonzado de la vieja tradición del revolucionario e institucional a la vez.

Así llegó al poder el PAN o, mejor dicho, llegó Vicente Fox usando la maquinaria panista. Creyó que al rendir protesta había acabado con las víboras, los rateros y todo lo que su florido lenguaje ranchero no lograba organizar en análisis del derrotado y sus fuentes de poder. El PRI quedó picado con Zedillo por ser el primero en admitir la derrota de su partido, e iracundo con el chistoso al que no se le veía sustancia detrás de los insultos y las a veces ingeniosas diatribas: “A mí se me puede quitar lo mal hablado, pero a ustedes nunca se les quitará lo ratero...”: Hegel, Marx, Weber y Castillo Peraza aplaudieron al brillante descubridor de la médula que había dado al PRI siete décadas de gobiernos sucesivos y crecimiento económico hasta antes de Echeverría: eran rateros. Punto final.

Luego, ya muerto el dinosaurio, Fox dedicó su sexenio a construir la candidatura de Eva Sahagún o como se llame, a desaires chuscos y, como dirigente estudiantil del grupo Faro Rojo en el CCH Oriente, desmontar los sistemas de inteligencia del Estado porque solo sirven para espiarnos. Eso dijo el Presidente de la República. Y entregó el país a la delincuencia sin siquiera percatarse de lo que hacía.

Con la ayuda eficaz del PRD, Michoacán se convirtió en el primer narco-estado. No están libres de sospecha ni sus gobernadores. El sucesor panista, Felipe Calderón, se encontró un desierto rojo y fue dando tumbos ante la mirada cínica del PRI y su largo colmillo. Le negaron todo lo que propuso. En pago ofreció hasta un golpe al IFE que había certificado su triunfo con números verificados.

El PRI no le concedió nada a Calderón. Despercudió su vieja retórica por la que en tiempos de López Mateos fue un triunfo estatizar los teléfonos y en los de López Portillo estatizar la banca. Conteniendo la risa, declamaron la Suave Patria.

En cuanto recuperaron el poder hicieron lo que siempre supieron que se debía hacer. No sé si debamos alegrarnos...