De género y cuotas

publicado en la revista «nexos»
# 395, noviembre de 2010

 

Sostuvo Héctor Aguilar Camín en Milenio, dando razón a Fernando Escalante, que en nexos “nos estamos perdiendo un territorio enorme de la inteligencia nacional” al publicar a pocas mujeres. Tendría razón si la congeladora de nexos estuviera llena de colaboraciones femeninas en espera. No las hay, sencillamente porque no llegan, y no llegan porque no les interesa mucho a las mujeres ni a muchas mujeres les interesa publicar. Me atrevo a lanzar un reto sin sustento estadístico alguno. Hipótesis por comprobar: así como hay pocas colaboradoras, hay pocas lectoras. nexos no la leen muchas mujeres. Hipótesis 2: de las que nos leen, se interesan menos en los artículos sobre los cárteles de la droga, la despenalización y otros temas. Aclaración: por supuesto hay mujeres interesadas en leer largos ensayos acerca de política nacional. Digo que son menos que los hombres.

Hombres y mujeres no somos iguales en cuanto a gustos: los estadios de futbol están llenos de hombres, la política también y nexos es parte de la política. Si revisamos una biblioteca, la enorme mayoría de los autores serán hombres; si la nómina de una presa en construcción, de una carretera, un aeropuerto, un rascacielos, una editorial, una fábrica de aviones o de barcos, la nómina de quienes tienden una línea de tren por levitación magnética, encontraremos que la inmensa mayoría, cuando no la totalidad, son hombres.

Se me dirá que eso es fácil de comprender: son trabajos que exigen fuerza física y, hasta si no la exigen, el dominio masculino levanta barreras no siempre escritas ni expresas que pocas mujeres cruzan. Conozco el argumento aunque no revela los motivos para que hombres separados por milenios, océanos y culturas, hagan esa división sexual del trabajo. Pero, sobre todo, no explica el predominio de los hombres en la revista cuyo lema es “Sociedad, Ciencia y Literatura”. No y sí. Capacidad de escribir la tenemos en igualdad de condiciones hombres y mujeres. Más aún, si alguna diferencia hay, es a favor de las mujeres, cuyo desarrollo verbal es más temprano, como prueban centenares de observaciones. Pero hay más hombres escribiendo, sean ciencias, sonetos o ensayos históricos y sociales, y para el segundo paso, publicar nuestros escritos, tenemos una clara ventaja que nos da el ánimo competitivo y logramos, finalmente, que nuestros escritos aparezcan.

La razón es sencilla: los campos de trabajo los crean hombres, luego las mujeres exigen ser admitidas y una democracia no puede establecer restricciones. Un ejemplo puede observarse en el deporte marítimo de auge reciente, el surf. Durante decenios, hombres jóvenes han cabalgado olas en una tabla; surgieron campeonatos en Hawaii, que originó ese bello y riesgoso deporte, y en California, que le ha dado tecnología a las tablas y lucimiento a las competencias. Por decenios, todos fueron hombres. Las mujeres lo tomaron como un reto y ya hay un buen número de mujeres surfistas. Pero una revisión de nombres daría como resultado que no hay muchas… ni muy buenas. ¿Están siendo discriminadas? ¿Son pocas a causa de misoginia introyectada? No, y menos en California tan políticamente correcta e imbuida de feminismo. Simplemente llegaron después… y no dan la medida ante los hombres en una actividad que éstos inventaron para probar sus habilidades: sus de ellos.

Los hombres, como casi todos los machos de especies cercanas a nosotros, están diseñados por Madre Naturaleza para reproducirse mucho y morir jóvenes. Son competitivos porque millones de años de evolución han seleccionado los valores que mejor sirven a la reproducción (de ahí el misterio de que la homosexualidad masculina persista). Donde veamos machos, encontraremos ruido, alarde y competencia. No son excepción los humanos; pero en medios intelectuales, como las revistas donde es más prestigioso publicar, la competencia adquiere voces discretas y peroratas largas.

En la selección de los machos, que urden todo tipo de exhibicionismos, la Naturaleza toma aspecto de mujer: son ellas quienes eligen desde antes de que fuéramos Homo sapiens. En otros mamíferos eligen al macho (león, lobo, alce) que demuestre sus buenos genes derrotando a los competidores. En otras clases, como las aves, la competencia se da en la belleza. El macho muestra coloridos espectaculares que dicen: me tienen sin cuidado los predadores, échenme al gavilán. Y ellas eligen. Al elegir dirigen la evolución de la especie. Y pueden, por cierto, equivocarse: la cola del pavo real ya le impide el vuelo para escapar de un lobo. No les importa la muerte porque mueren con decoro (como los tomatitos) dejando sus genes bien diseminados en muchas hembras.

Un estudio 1 realizado en 20 países revela que el riesgo de muerte prematura es mayor para hombres que para mujeres a cualquier edad. En Estados Unidos, durante 1998, los hombres mayores de 50 años, para nada unos jóvenes alocados, tuvieron de cualquier forma dos veces más probabilidades de sufrir una volcadura al guiar un auto. El riesgo sigue siendo mayor para hombres que para mujeres, aun para hombres que han rebasado los 80 años. Por supuesto, entre los 20 y 24 años mueren tres veces más hombres que mujeres en accidentes evitables. Ser hombre es malo para la salud.

Esa misma proporción se confirma en Irlanda, Australia, Rusia, Singapur y El Salvador: en el mundo entero por encima de clases sociales, de sistemas económicos y de regímenes políticos, es peligroso ser hombre. Lo mismo puede afirmarse de chimpancés y hasta de mosquitas de la fruta.

“De moscas a pájaros a gente, los machos dicen a sus potenciales cónyuges: ‘Soy el mejor’ ”. 2 Y la manera de decirlo es como la hembra exija. Puede ser “pelea con estos…” o simplemente muéstrame un nido a mi entera satisfacción. De ahí que las hembras, no los machos, conduzcan la forma futura de la especie, la morfogenia. Si ellas se equivocan, la especie desaparece.

Escribir para revistas como nexos o Letras Libres es parte del ánimo competitivo del macho: “Soy el mejor”, dice a sus posibles conquistas, “mira dónde me publican”.

Es bien conocido el gusto de los hombres maduros por las mujeres jóvenes, a veces muy jóvenes, y es conocido también el gusto de las mujeres jóvenes por hombres maduros, ricos y poderosos. El poder es un afrodisíaco, se dice. Lo es para las mujeres. Y el motivo es sencillo de comprender: los hombres ven en la joven una buena paridora, las mujeres ven al hombre de éxito y edad madura como buena garantía para la prole. Sin duda son procesos inconscientes: ni el hombre maduro está pensando embarazar a la joven (más bien evitándolo), ni la joven hace tan aritméticos cálculos. Simplemente se gustan y no saben por qué. Lo sabe Madre Natura.

El interés de los machos por competir es claro: atraen más hembras, lo mismo el chimpancé gritón, el alce de gran cornamenta o el hombre que pelea puestos en la industria, la política o, más discretamente, en el mundo intelectual en el que hay relación directamente proporcional entre prestigio y atractivo sexual.

¿Y cuál es el interés de la hembra por seleccionar al mejor macho disponible? Uno: su mayor inversión en la economía biológica: la hembra y el macho invierten de manera muy desigual cuando se reproducen. Él puede simplemente desaparecer (como tantos lo hacen) luego de fecundarla. La inversión de la hembra humana es alta: debe pasar nueve meses de creciente incomodidad, un parto doloroso al que fue condenada desde que nos creció el cerebro y el paso entre los huesos de la pelvis se hizo difícil, debe correr amplio riesgo de muerte, meses de lactancia durante los cuales entrega sus propias calorías y proteínas, y años de proteger la infancia de los hijos.

De ahí que le resulte vital la selección del macho. Éstos no pierden nunca su ánimo de competencia, para eso están hechos. Unos brillan por su poder político, otros por su dinero y otros por su prestigio intelectual. Ellas no necesitan demostrar nada, a ellos les urge. Y un buen promontorio para subir a gritar lo listos que somos es nexos. Otro, sin duda, es Letras Libres. Ellas miran, como leona aburrida, a sus atareados pretendientes o cónyuges.

1 Randolph Nesse, “Men die young, even when they are old”, AAAS, 24 de julio de 2002. Claire Bowles, claire.bowles@rbi.co.uk.

2 Science, 4 de abril de 2003, pp. 29, 103, 125.

 


 

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