Mefistófeles... ¡te doy 20 años!

publicado el 26 de mayo de 2013 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

A cambio me das, a mis 12 años, un soldado de 24. Si una buena edad para morir es el promedio, 78, yo habría muerto a los 58... radiantemente dichoso.

Todo vino de que encontré en YouTube los tráilers de la película: A un soldado perdido. Escribí en mi Facebook: "Sobre el más resbaloso de los temas, mucho más que las drogas, que el matrimonio y la adopción entre homosexuales: el derecho de los adolescentes a enamorarse de un adulto (el extremo contrario al de un adulto que ejerce presión, autoridad o fuerza para obtener lo que el joven no quiere darle): el joven que sí quiere. Yo habría sido inmensamente feliz a mis 14 años de encontrar a un joven de 24". La busqué completa... y acabé en el suelo.

Desde los centros de estudios de género, similares y conexas, nos han impuesto una visión de sexualidad por la que las menores de edad son coquetas, pero el adulto no debe aprovecharse de esa liviandad pasajera y juguetona por la que muestran los muslos al maestro, se le resbalan al tío. Corresponde al adulto tener cabeza y control. De no hacerlo, esa niña, hoy de 13, a los 23 recordará con amargura cuando su tío hizo lo que ella proponía. "Pero yo era una niña... y él tenía 25 años y se aprovechó... ahora no quiero ni que me toquen".

Cierto. Pero es de mujeres. Aún no conozco al hombre que piense así, ni hetero ni homosexual. Un muchacho de 15 años a quien su vecina de 24 se le lanza acepta gustoso... y se lo cuenta a todos sus amigos. Su padre se entera, y, si no es gringo varón-domado, alardeará ante sus amigos, en sábado de cartas y cervezas: "Pues m’hijo salió todo un cabroncito... Ya se anda cogiendo a la vecina que, no es por nada, pero hasta a mí se me antoja..."

La histeria gringa acaba de poner en la cárcel, con leyes hechas para menores que no son iguales, para niños que no sienten como niñas, a una maestra de secundaria a la que varios de sus alumnos, teens, se cogían con entusiasmo. Los chavos, felices de ya no tenérsela que jalar dos veces al día pensando en ella; ella encantada con los pollos. Pero no conozco hombre que no se jacte de sus conquistas, y si es adolescente y se trata de su maestra, pronto llega a oídos adultos. Quizá no fue un padre, sino una madre, la que fue corriendo a poner queja con la policía. O padre que ha engullido toda la basura acerca del daño que una mujer adulta puede hacer a su puñetero hijito de 15 años.

Es una mentira basada en valores femeninos incorporados a la ley, que no distingue entre menores varones o mujeres. Y no, no es igual. Ningún muchacho de 15 llamará abuso a los 35 el momento en que una guapa de 25 le arrebató su indeseada virginidad, si fue por y con gusto. Un adolescente varón fanfarronea que se anda cogiendo a su maestra, a su vecina casada, Y a tu mamá también.

Y en el caso gay, el muchacho debe pasar por encima del rechazo social, ir a contracorriente, arriesgando insultos, burlas, odio, por una relación con el adulto al que ama y le corresponde.

¿En qué momento perdí a mi soldado? Siempre entre primos en el cine, hasta en el mítico Variedades donde luego, a los 30 años, descubrí los balcones 1, 2 y 3: Somorra y Godoma. Pero no se recupera el tiempo perdido. Mi soldado me esperó cuando tuve 12, no 32. Y no llegué: "Guarda los labios por si vuelvo".

Desde Margaret Mead y Simone de Beauvoir hemos absorbido los hombres una mentira femenina acerca de nuestra sexualidad. La enorme diferencia entre ellas y nosotros está en la economía biológica: una hembra, humana o no, es selectiva porque la reproducción le resulta muy costosa en términos de energía invertida y riesgos. Primero el embarazo y sus posibles complicaciones; los riesgos externos: menor agilidad para huir del predador, urgencia de más alimento. Viene el parto y su riesgo de muerte. La lactancia y de nuevo inversión de energía convertida en leche. El macho pone algo se semen y ya acabó.

La hembra no puede arriesgarse a un apareo con un macho de tercera si hay uno de primera. Uno que dará buenos genes a la prole y la cuidará con ferocidad. Por eso elige: alces, carneros, leones, perros, lobos, pavos pelean por la hembra. Y de ahí el horror femenino a la violación: no elige.

Los combates están ritualizados en machos y pocas veces hay un muerto, y si lo hay no se pierde mucho: los machos son sustituibles, las hembras no. Un gallo muerto no importa, una gallina muerta son muchos pollos no nacidos. Por eso en humanos los riesgos de muerte los corren los hombres: la guerra, la construcción de rascacielos y puentes, minas, bomberos. Y cuando tienen empleo sin riesgo, lo buscan: alpinismo, deportes extremos, patinetas voladoras...

Vea Why is sex fun? The evolution of human sexuality. Jared Diamond, Basic Books.

For a lost soldier (A un soldado perdido). Holanda, 1992.