Mi libro del año

publicado el 23 de diciembre de 2012 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

Sin duda es Una historia de amor y oscuridad, de Amós Oz, premio Príncipe de Asturias entre otros. El autor es uno de los primeros (¿el primero?) en escribir directamente en hebreo desde los tiempos del Cautiverio en Babilonia, hace más de 2 mil 500 años, durante el cual desapareció el uso común del hebreo. Jesús habló arameo, como cualquier otro judío de su tiempo, más o menos el reinado de Augusto en Roma, aunque ninguno de los cuatro evangelios canónicos ni de los rechazados menciona la fecha de su nacimiento. Ni siquiera la época. El 25 de diciembre es una fiesta pagana al dios-sol, que renace luego del día más corto del año (el solsticio de invierno).

Como el latín en la Iglesia católica o el griego bizantino en la ortodoxa griega, el hebreo se conservó únicamente como lengua de la liturgia, conocida por los sacerdotes.

Amós Oz, nacido en Jerusalén en 1939, pertenece a la primera generación de niños para quienes el hebreo es su primera lengua: en la que se comunican al jugar, la que hablan en casas y escuelas. Resucitar una lengua muerta hace dos milenios y medio es uno de los prodigios, con el cultivo del desierto, de los primeros colonos en tierra que fue turca hasta 1918 e inglesa hasta 1948.

La unidad productiva y habitacional, el kibbutz, era la puesta en práctica del comunismo, según el cual se da a cada uno según sus necesidades: todos trabajaban y todos comían en un gran comedor provisto de enorme cocina. "...los niños de los kibbutzim no pertenecían a sus padres sino que ya a mi edad empezaban a vivir una vida comunitaria autónoma de la que ellos mismos eran responsables, limpiaban por turnos sus habitaciones y decidían por sí mismos, por votación, a qué hora apagaban la luz y se iban todos a dormir”.

Al transformarse el hebreo en lengua viva, los jóvenes la emplean a su aire y, entre adolescentes, pronto hubo términos inocuos que adquirieron tinte sexual. Así ocurre una de las más divertidas anécdotas y de las más apasionantes para los que somos entusiastas de los idiomas.

"... el señor Begin (Menahem) empezó a hablar de la próxima guerra y de la imparable carrera armamentista en todo Oriente Próximo. Pero el señor Begin, como todos los miembros de su generación, fuesen del partido que fuesen, utilizaba para decir ‘arma’ la palabra que había pasado a significar ‘polla’ (pito). Y, en consecuencia, a ‘armarse’ lo llamaba ‘joder’ (coger) (...) La línea divisoria estaba, más o menos, entre los jóvenes nacidos en Eretz Israel, casi todos los que entonces tenían menos de veinticinco años...

"El señor Begin dio dos o tres tragos de su vaso, examinó al público (...): ¡El presidente Eisenhower arma (se coge) al régimen de Nasser! ¡Bulganin arma (se coge) a Nasser! ¡El mundo entero arma (se coge) a nuestros enemigos!

"Pausa. La voz del orador (Begin) se llenó de desprecio y aversión: ¿Y quién arma (se coge) al gobierno de Ben Gurión?, (primer ministro y ministro de defensa de Israel). Un silencio desconcertado cubrió la sala. Pero el señor Begin no se percató. Alzó la voz y declaró de forma triunfal: Si yo fuera primer ministro ahora, ¡todos, todos nos cogerían! ¡Todos!

"En el silencio perplejo que reinó por un instante en la sala del Edison sólo hubo un niño (Amós) político de pies a cabeza, un niño beginista entusiasta con camisa blanca y zapatos relucientes como un espejo, que no pudo contenerse y se echó a reír.

"Y ese niño intentó con todas sus fuerzas sofocar la risa, quería morirse allí mismo de vergüenza, pero la risa asustada, histérica, aumenta y estalla al querer contenerla..."

(...)

"Mi padre leía ocho idiomas y hablaba seis”, dice en alguna de las 650 páginas. Cuando el tema, casi siempre discrepancias paternas respecto a la educación del pequeño Amós, no debía entenderlo el niño, padre y madre discutían en polaco o yiddish.

"Mi padre tampoco sentía ningún afecto por la religión: los sacerdotes de todas las confesiones le parecían algo dudoso, ignorantes, instigadores de antiguos odios, propagadores del miedo...”

(...)

Después de serias dudas para escoger colegio, pues tenía "el oscurantismo medieval” del Tajkemoní o el estalinismo del Colegio para los Hijos de los Trabajadores "y en contra de la opinión de mi madre, mi padre decidió enviarme al Tajkemoní: creía que no había motivos para temer que ese colegio me convirtiera en un niño religioso, pues el fin de la religión estaba cerca, el progreso la estaba dejando atrás con gran celeridad, y aun suponiendo que consiguieran hacer de mí por un algún tiempo un pequeño clérigo, enseguida saldría al mundo y me quitaría de encima todo ese polvo arcaico, y la observancia de los preceptos se me pasaría sin dejar rastro, del mismo modo que desaparecerían en pocos años los creyentes y sus sinagogas, y pronto no quedaría de ellos más que un pálido recuerdo folclórico”.