Especies en conflicto

publicado el 05 de febrero de 2012 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

Los humanos somos una especie de reciente ingreso. Tenemos unos 200 mil años de haber dado el salto de Homo habilis a sapiens en el Este de África, por donde ahora están Kenya y Somalia. No tuvimos conflicto con otras especies mientras fuimos cazadores-recolectores. Las demás animales tienen dieta especializada: los cazadores son carnívoros, los recolectores son vegetarianos. Nuestra combinación de proteína animal y vegetal, más la debilidad corporal que urgía una colaboración entre los cazadores de bestias más grandes y mejor armadas, nos dio un cerebro mayor, lenguaje, normas.

Durante 190 mil de esos 200 mil años nos encontramos con manadas de animales o con animales aislados sin mayor conflicto: como leones que comparten la sabana con gacelas, éstas corren cuando el león cruza cierto límite, si no lo hace siguen pastando, con un ojo al gato y otro al garabato. Cuando el león atrapa a una hermana gacela y llama a sus leoncitos a cenar, las gacelas sigue pastando tan frescas: león que come no es riesgo.

Pero en China y Mesopotamia la agricultura obligó a dejar los campamentos temporarios del cazador-recolector y crear ciudades. Con éstas llegaron los gobiernos. En fin, no los hartaré con el materialismo histórico. El hecho es que la leyenda de Hércules y el león de Nemea es argumento suficiente para afirmar que en Grecia hubo leones. La gran Puerta de los Leones en Micenas, por donde salió Agamenón a la guerra de Troya y por donde entró para que su mujer, Clitemnestra, lo matara en su primer baño luego de diez años, muestra también dos leones rampantes. Hubo pues leones. Ya no los hay.

Para esperar la cosecha, los pueblos agricultores construyeron las primeras ciudades hace unos 12 mil años. Y comenzaron los problemas, primero con grupos humanos que seguían siendo nómadas, luego con animales que vieron interrumpidos sus territorios de cacería o de forrajeo. Algunos animales fueron domesticados. Otros debieron huir a lugares alejados de los humanos.

En África ecuatorial, no fue sino con la llegada de los europeos cuando los hombres y los animales se toparon con alambradas que delimitaban las granjas. Entre los africanos de hoy se encuentran escasos pueblos nómadas. La confrontación principal es con los animales. Para los elefantes nada significan una alambrada, aunque sea de púas, así que las derriban y se comen las lechugas de una familia de africanos pobres que subsisten con dificultad. Deben intervenir los gobiernos para evitar que los granjeros masacren elefantes.

La actividad humana ha extinguido especies y diezmado otras que son esenciales en el equilibrio ecológico. Las más afectadas son las que ocupan la cumbre, los predadores sin predador: leones y elefantes en África, tigres en Asia, osos grises y blancos en América. Y en los mares, los tiburones. Los humanos tenemos afecto por los que se nos asemejan: el delfín parece tener una sonrisa constante, los pingüinos van de frac, los perros viven con nosotros hace 100 mil años y sus razas son modificación genética humana para diversas tareas: perseguir presas pequeñas, grandes, acuáticas… para todo hay un perro adecuado.

La foca bebé es particularmente adorable, como los pollitos con su vellón amarillo, por ese tacto de peluche y carita de niño en pañales. Los tiburones no nos parecen simpáticos, así que no hay clubes integrados para impedir que los pescadores chinos los saquen del mar, les corten la aleta dorsal y los devuelvan al agua a morir. Los tenemos al borde del exterminio, pero no nos simpatizan.

El oso polar fue afectado primero por la cacería deportiva: la piel era una alfombra elegante. Luego por el calentamiento global: los témpanos de hielo, entre los que se desplazan a saltos o a nado para conseguir su presa favorita, la foca, se derriten y el oso, buen nadador, queda a medio océano y se ahoga.

Así es como la foca de Canadá ha perdido sus dos controles de población principales: el oso y el tiburón que se las comen. El daño fue causado por el hombre y el gobierno de Canadá supone que el hombre debe poner remedio y matar al año un porcentaje de focas. Sus pieles, por supuesto, tienen buen precio en el mercado. Brigitte Bardot piensa de otra manera: los bebés foca deben llegar a adultos y reproducirse o morir de inanición porque no hay suficientes peces para alimentar esa población en crecimiento sin control. Se ha extendido la falacia de que los cazadores las matan a palos: Canadá no lo permitiría. Un instrumento mortífero y eficaz, similar a un martillo de mango largo, permite matar de un solo golpe en la nuca. El mango largo tiene sentido en física: da momentum al mazo de metal.

Al parecer, el gobierno de Canadá ha sido vencido por el clamor tierno. Ahora Brigitte deberá alimentar esas focas supernumerarias, pero no con pescado fresco, pues los peces también tienen derecho a la vida. ¿Con qué? No sé. Le deberá preguntar a Purina.

Maravillas y misterios de la física cuántica, Cal y Arena 2010.

 

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