Homeopatía

publicado el 30 de octubre de 2011 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

La homeopatía tuvo, desde que se le ocurrió a Samuel Hahnemann, nacido en 1755, un problema serio: no lograba explicar por qué una sustancia, de efecto conocido, producía el contrario si iba muy diluida. Su principio: Similia similibus curantur: los similares por similares son curados, no tenía alguna base racional, alguna explicación fundada en la química, la biología, la fisiología. Un ejemplo: recordamos todos a quienes en la infancia nos purgaron, que el aceite de ricino sabe horrible y es un eficaz laxante. ¿Por qué tiene ese efecto? El principio activo es un ácido carboxílico que actúa por acumulación de agua e irritación de las mucosas intestinales. Hay pues conocimiento de cómo y por qué.

Pero ni Hahnemann ni nadie ha logrado explicar cómo es que, cuando la dosis de ricino es infinitesimal, produce el efecto contrario y para la diarrea. Hay un problema de origen: se desconoce el porqué de los efectos opuestos cuando se diluye y, aún menos, por qué a mayor dilución mayor potencia. Además de diluir una sustancia, debemos dinamizarla y eso se consigue con unas cien o más sacudidas por minuto, como dos por segundo. Debe procurarse no rozar la bragueta porque dos sacudidas por segundo pueden traer un efecto secundario, a saber: plastas de semen en los calzones.

Hahnemann sólo hizo soluciones decimales y centesimales. Esto es, una parte de extracto activo y nueve de alcohol, o una parte en 99 de alcohol. Otros mejoraron el proceso: se repite la operación 10, 20, 100 veces y al diluirse y dinamizarse la gota de extracto va siendo cada vez más eficaz para el efecto contrario: parar la diarrea. La dilución va potenciando el efecto más y más: un mililitro de ricino en 99 de alcohol-> sacudo-> saco un ml y lo disuelvo en el frasco 2-> sacudo-> saco del 2 un ml y lo diluyo en el frasco 3.... Al llegar al frasco 10 tengo, con ricino, un remedio fenomenal contra la diarrea porque similia similibus curantur...

Y si, en vez de ir diluyendo de forma sucesiva, con una gota de un frasco a otro hasta diez, quisiera hacer una sola dilución, ¿cuánto alcohol necesito para que una gota quede tan diluida como lo está en el décimo frasco? Ahorro los cálculos tediosos: ni una alberca olímpica, ni un lago, ni un océano. Necesito un cubo que tenga por lado la distancia del Sol a Alfa Centauri. Luego lo lleno de alcohol, pongo una gota de aceite de ricino, y lo meneo. Así obtengo la misma dilución.

Un feisamigo subió un video con el mago James Randi, quien por años ha descubierto trucos en investigaciones fraudulentas y es pilar de la organización que publica el Skeptical Inquirer. Randi plantea allí algo similar y, con números de Martin Gardner, necesita un contenedor mucho menor: apenas una esfera con el diámetro del sistema solar.

Como quiera que sea, el problema de la homeopatía fue otro: presuponía que la materia era continua y sin estructura, por eso divisible sin tope. Pero hacia 1803, el inglés John Dalton (ciego a los colores, su apellido nos dio el epónimo daltónico) descubrió que los elementos químicos, como ya habían propuesto Demócrito y Leucipo hacia el 400 a.C., no se pueden subdividir hasta el infinito porque se llega a un límite, a un mínimo indestructible. Demócrito lo llamó átomo: in-divisible.

Por esa misma época, el italiano Amedeo Avogadro publicó su Ensayo para determinar las masas relativas de las moléculas elementales. Las moléculas más sencillas, las de hidrógeno, tenían dos átomos, y el agua tenía dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno: H2O. Si los separo no hay agua. La parte más pequeña en que se puede dividir la materia, sin perder sus propiedades, es la molécula, diminutivo del latín para masa.

A la homeopatía, que no había logrado explicar por qué una sustancia diluida tenía el efecto contrario que no diluida, ahora le caía encima una crisis mayor: la materia no se puede diluir hasta el infinito, cuando llegamos a tener una molécula flotando por algún lado de un litro de alcohol, la siguiente “dilución” ya no diluye nada.

Entonces llegó una idea maravillosa a salvar el desastre: en efecto, ya no queda ni una sola molécula, pero los líquidos guardan memoria. La memoria del agua fue el siguiente paso. En 1988, un famoso inmunólogo, Jacques Benveniste, se jugó su prestigio y Nature el suyo al publicar su experimento donde una dilución de anticuerpos producía una reacción alérgica propia de los anticuerpos originales. En las pruebas, con la participación del mago Randi y el editor de Nature, John Maddox, la memoria del agua no pudo ser replicada en condiciones doble ciego: cuando ni los investigadores ni los voluntarios saben qué tubos de ensayo contienen anticuerpos y cuáles no. Nature informó los resultados, Maddox señaló que dos de los investigadores del equipo de Benveniste los pagaba la compañía homeopática Boiron, pero los creyentes son inmunes a pruebas. Si el agua tuviera memoria de lo que por ella pasó, sería repulsiva... Nomás imagine...

Maravillas y misterios de la física cuántica, Cal y Arena 2010.