Centrales nucleares y anafres se parecen

publicado el 01 de mayo de 2011 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

Dije hace unas semanas, para furia de algunos lectores, que lo peor del riesgo en las centrales nucleares era que la peligrosa fisión del átomo se empleaba sólo para calentar agua y con vapor hacer girar dínamos productores de electricidad. Como me gusta joder, lo repito: Fukushima o nuestra Laguna Verde en Veracruz hacen lo mismo que un anafre de carbón vegetal: calientan agua. Es todo.

Por supuesto, los riesgos no tienen comparación: las muertes por radiación en la central nuclear japonesa no llegan al medio centenar, ni las de Chernóbyl; pero las familias pobres que cada enero helado amanecen muertas en las regiones frías de México por haber metido para calentarse un anafre al cuarto donde se hacina una decena de persona, son millares. Es mucho más peligroso un anafre. Lo que ocurre es que asusta menos porque lo entendemos más.

Pero vayamos por pasos: ¿Por qué nuestros comunes sistemas de producción eléctrica consisten en cosas que giran? Las baterías no, pero no producen electricidad, la acumulan y deben cargarse con electricidad que llega de algo que gira. Todo comenzó hacia 1820, cuando el francés François Dominique Arago, trabajando sobre hallazgos previos del danés Oersted, descubrió que un alambre por donde corriera energía eléctrica desviaba la aguja de una brújula y atraía viruta metálica: se magnetizaba. La física comenzó a perder sus sensatos y aristotélicos límites porque el alambre electrificado movía limaduras de hierro sin tocarlas y podía saltar a un alambre, cercano, pero no unido al electrizado. Se había descubierto el campo, y comenzaba el derrumbe de la física clásica.

El inglés Michael Faraday (hombre, por cierto, profundamente religioso) anotó el 26 de marzo de 1836 en su Diario: "Entendí que la electricidad, al pasar, produce magnetismo". E intentó la operación inversa: producir electricidad en un alambre enrollado en torno de un magneto que gira. El problema es cómo hacerlo girar. Se puede hacer con una cascada: se aprovecha la energía de la caída para hacer girar dínamos (o dinamos) con agua fría. Si no hay una cascada a mano qué arruinar, se hace una presa y se deja caer el agua. Tiene un grave problema: los ríos traen tierra en suspensión que, cuando la corriente deja de serlo y se estanca, se asienta en el fondo y acaba por llenar la presa.

El problema se ha visto agravado en Egipto: por milenios el Nilo se desbordó y al volver a su cauce dejaba un abono vegetal perfecto, limo arrastrado desde las selvas del centro de África. En la gran presa de Asuán el limo se deposita en el fondo y el agua que sale va limpia del fertilizante que dio de comer desde antes que hubiera faraones.

Actualmente se mueven dínamos con molinos de viento. Su productividad depende pues del poco o mucho viento. Otra es calentar agua en termoeléctricas, ya sea con carbón mineral o derivados del petróleo, y con el vapor mover las turbinas. El problema aquí es el evidente: son combustibles fósiles no renovables y, peor aún, producen gases que incrementan el calentamiento global y cada año los ciclones son más fuertes porque la temperatura del mar se eleva. Los tornados son peores.

La fisión de átomos muy pesados, como los de uranio o plutonio, producen reacciones en cadena que, controladas, son fuente de calor para hacer girar dínamos y producir electricidad. El mayor problema no han sido los accidentes, como los de Chernóbyl en Ucrania, Three Miles Island y ahora Fukushima en Japón, sino cómo disponer los residuos radioactivos una vez que una carga de plutonio ha agotado su fisión.

Como quiera que sea: "En la actualidad toda dínamo con su zumbido, todo motor eléctrico en su girar, canta un himno de alabanza en honor de aquel inglés genial, sosegado y laborioso", dice la nota sobre el "Diario de Faraday" en Autobiografía de la ciencia, de Moulton y Schifferes (compiladores), FCE, 1986.

Se han estudiado muchas otras opciones, pero todas tienen un precio ecológico: la fuerza de las mareas es una, aunque sin duda su control para emplearlas en dínamos causará estragos en la fauna marina de la zona. Ya hay una chaqueta Ermenegildo Zegna que capta luz solar y puede cargar la batería de un teléfono móvil. También hay casas y hasta edificios con grandes áreas de celdas fotoeléctricas que "cosechan" luz solar para hacer electricidad. Es algo muy diverso al procedimiento de Faraday: no se emplea la luz solar para mover turbinas, sino para fabricar de forma directa electricidad.

Con frecuencia aparecen notas sobre más eficientes celdas solares. Tengo varias en archivo, pero no les traduzco ninguna porque todos ustedes pueden entrar a Internet y leerlas (pagando).

Para seguir la línea de descubrimientos que va de Arago a Faraday y a la unificación hecha por Maxwell de magnetismo, electricidad y luz en un fenómeno más fundamental, el campo electromagnético, está el libro citado. Si está descontinuado, hay un resumen en el capítulo 1 de Maravillas y misterios de la física cuántica, (Cal y Arena, 2010).