La caída del Muro de Berlín

publicado el 09 de noviembre de 2009 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Salí del hotel a ver aquello por lo que iba uno a Berlín: los restos del Muro aún en pie. Los turcos habían tomado posesión del negocio y, sentados en cuclillas como sólo pueden hacer los musulmanes, exponían reliquias de Muro que iban desde caros fragmentos con graffiti montados en una maqueta con firma; luego trozos sin montar, pero con vestigios de color, seguían grises pedruscos del interior del Muro, luego pedacería y, por último, bolsitas de plástico llenas de grava auténtica. Pero no, no era lo último, lo más barato eran los pares de cinceles y marros expuestos en el suelo, a tantos marcos la hora.

Había fritangas alemanas y turcas, carritos de refrescos, botes repletos de basura y una inmensa y colorida muchachada hablando a gritos todos los idiomas, con mochilas a la espalda, vaqueros mugrosos, chamarras de plástico inflado buenas para esa primavera fría; música, música por todas partes.

Y de pronto, como si hubiera topado con un dedo flamígero y acusatorio, se me borró la sonrisa boba, dejé de oír las diversas músicas, de pie, sordo e inmóvil me dije, como en una revelación: "Ésta no es mi fiesta". Sentí vergüenza de que me vieran, como si aún marchara por Reforma llevando una pancarta en apoyo al Muro y a Fidel. Me cayó encima un siglo, quedé viejo frente a la multitud aunque apenas estaba a la mitad de mis cuarenta. No la edad, sino la deshonra me sacó lágrimas, como si me llamara García Márquez y me rodearan jubilosos cubanos huidos del tirano Castro, al que solapa con turbia seducción.

Regresé a donde se alineaban las ofertas turcas, una pareja polvorienta me regaló, sonriendo, sus minutos sobrantes de cincel y marro, y así partí con furia un pedazo, mínimo porque lo único bien hecho por los carceleros fue ese concreto que resistía horas de golpes. Aún lo tengo.

•••

Comenzó cuando Hungría decidió permitir el paso a su vecina Austria. Hasta 1918 ambos países formaron el núcleo del Imperio Austrohúngaro y por eso Austria no entró al Imperio Alemán integrado en el siglo XIX. Hitler era austriaco. Mozart también.

Los alemanes ya habían dado señales de independencia en 1953, Hungría en 1956 y Checoeslavaquia en 1968, la inolvidable Primavera de Praga. Todos los intentos fueron aplastados por los tanques de la URSS. En 1985, Mijaíl Gorbachov inició en la Unión Soviética las reformas que se llamarían Perestroika y Glasnost. En la Alemania del Este, comunista, los ciudadanos pedían algo similar. Así comenzaron en Leipzig las manifestaciones de los lunes al grito de ¡Gorbi! ¡Gorbi!: Gorbachov, pero el gobierno de Erich Honecker no aceptaba reformas de estilo Gorbi. En 1989 se integró Solidaridad en Polonia, el primer sindicato en un país comunista.

El 23 de agosto de 1989, el régimen de Hungría, de comunismo más liberal, decidió abrir su frontera con Austria siguiendo las reformas de Gorbachov. En tres días de septiembre, más de 13 mil alemanes del Este habían pasado a Hungría, lo que era tolerado por tratarse de dos regímenes comunistas. Y de allí escapaban hacia Austria.

Los "Lunes de Leipzig" se generalizaron por Alemania del Este. Millones salieron a las calles. Honecker, incapaz de responder a la ola de tumultos o detener la avalancha de alemanes que huían por la frontera húngara, renunció el 18 de octubre de 1989. El nuevo gobierno, más liberal, decidió levantar las restricciones de viaje.

A las 6:53 de la tarde, del 9 de noviembre de 1989, el nuevo gobierno comunista ofreció una conferencia de prensa. El vocero fue Günter Schabowski. El parecer por descuido, respondió a periodistas que la recién otorgada libertad de viajar incluía Occidente. Un periodista italiano preguntó a partir de cuándo entraban en vigor las desregulaciones. Schabowski se dio unos segundos acomodándose los lentes, moviendo de acá para allá los papeles del texto recién leído, los miró por abajo y dijo la frase del Apocalipsis: "Hum... pues... por lo que sé, entran en vigor de inmediato... sin demora".

¡La conferencia se estaba transmitiendo por TV en horario estelar!... Eso fue todo. Los guardias fronterizos, que pudieron haber cometido una masacre, dudaron... No habían recibido un parte militar con cambio de órdenes, pero había un nuevo gobierno y el vocero acababa de aparecer en televisión... Por la noche, dejaron de oponer resistencia al Niágara humano.

Ese momento maravilloso, con la respuesta del pobre Schabowski, lo puede usted ver en video.

 



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