Jueces súbitamente intachables

publicado el 16 de marzo de 2009 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

No conozco un solo mexicano que confíe en la aplicación de la justicia, a nadie que crea en la honestidad y la buena fe de los jueces. Vimos a Raúl Salinas de Gortari acusado de asesinar a un diputado que apareció, por intermedio de una vidente, a medio enterrar en la propia casa de Salinas, como si no hubiera sido más seguro pasarlo por ácido. Luego el cadáver resultó con señales de prácticas estudiantiles: un cadáver troceado en alguna escuela de Medicina para estudiar anatomía.

Ese y peores casos conocemos todos. El reciente de Mario Marín, cabeza del Ejecutivo en Puebla, dando órdenes al Judicial para escarmiento de una periodista. Por eso me asombra la súbita solidaridad con nuestra justicia puesta en duda en el extranjero.

No soy juez, no conozco el expediente de Florence Cassez, la francesa acusada de secuestro y rápidamente condenada porque al menos un testigo la reconoce y recuerda su particular encono al interrogarlo: "¿Qué prefieres que te corte, una oreja o un dedo?" Es posible que el testigo no mienta ni se equivoque, aunque muchos no podemos olvidar a los testigos que "vieron" a Gilberto Rincón Gallardo arrebatarle el bolso a una señora y echar a correr con su pillaje, durante una manifestación de hace 40 años.

Los tiempos han cambiado, y para bien. Con todo, no deja de resultar insólita la tortuga judicial mexicana, súbitamente ágil. Hay cuando menos una fechoría cometida por nuestros agentes de la ley, está bien demostrada y nadie la niega: es la puesta en escena de la detención de Cassez e Israel Vallarta con el fin de que la tv transmitiera en vivo y en directo la gloriosa acción de los policías de la AFI en tiempo real. Por menos que eso exige la defensa, en países con sólido aparato de justicia, la liberación de un acusado aunque sus huellas dactilares aparezcan en el cuello de la víctima estrangulada.

Asombra también, en cualquier país del mundo excepto en México, que, por si fuera poco, la televisada simulación contra los hoy acusados no causara la inmediata renuncia del entonces director de la AFI, ingeniero mecánico Genaro García Luna, y sea hoy Secretario de Seguridad Pública Federal con semejante lastre a cuestas. A su despido debió seguir una necesaria consecuencia: prohibición de ejercer cargos públicos por una veintena de años.

Eso considerando que Cassez haya estado involucrada en los secuestros que realizaba Israel Vallarta, su amante. No es difícil suponer que así fuera, pero la diferencia entre la opinión pública y un proceso judicial correcto es, precisamente, que no basta el sentido común y es necesario probar cada una de las acusaciones. Hay elementos contra la acusada, de ahí la pesada sentencia: 96 años luego reducidos a 60. Pero no son pocos los indicios que contradicen la versión oficial.

En fin: es asunto de jueces, abogados y defensa. No de opinión. Lo que sí es de opinión es la curiosa solidaridad de los mexicanos... para con un sistema judicial que todos sabemos ineficaz y corrupto, en el que nadie confía, en el mejor de los casos, y al que todos detestan en el peor.

"No debe haber impunidad para nadie", dijo el presidente francés Nicolás Sarkozy. Frase bien elegida porque tiene diversas lecturas: también pudo ser referencia a las autoridades mexicanas que montaron, por lo pronto y sin duda, el espectáculo televisivo infamante, a las televisoras participantes de la farsa o bien a peores impunidades.

Lo notable es, repito, el súbito olvido mexicano de lo que todos hemos padecido: ocurre siempre que el señalamiento no viene de mexicanos certificados. Hay una profunda xenofobia en nuestra gente. México siempre es objeto de injusticias: desde un arbitraje parcial en futbol hasta los intentos por invertir miles de millones en áreas como petróleo, electricidad e infraestructura: algún plan perverso tienen esos inversionistas.

Nos parece elemental que el presidente de México abogue por criminales mexicanos detenidos en Estados Unidos, e identificados sin sombra de duda como autores de crímenes particularmente aborrecibles por su brutalidad, saña y sevicia. Pero nos sentimos insultados si el presidente de Francia toca el tema de su conciudadana encarcelada luego de un juicio que es todo, menos ejemplar. Olvidamos con pasmoso arrebato patriotero, al ritmo de "mas si osare un extraño enemigo", que, si hay alguien ante quien jamás quisiéramos estar, es ante un juez mexicano: nos producen escalofríos.