Encuentros y desencuentros

publicado en la revista «Vuelta»
número 259, junio de 1998 - hemeroteca
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La educación política

Luego de terminar la preparatoria en Guadalajara, llegué a la UNAM con la revista Siempre! bajo el brazo. No por llevarla allí era menos mi bandera. Pero pronto supe en la capital que hacía una lectura errónea. Leía a don Nemesio García Naranjo, que siempre llevaba el "don", a Carlo Cocioli, que iba y venía de Florencia cargando con su perro "Fiorello", y a Elena Poniatowska, con su entrevista semanal. Mis nuevos compañeros me enseñaron a no saltarme a Pepe Alvarado, a Vicente Lombardo Toledano y a Roberto Blanco Moheno, y que la revista leída debía ser Política. También mis lecturas de secundaria habían sido las equivocadas: Dostoiesvsky, Sófocles y Eurípides, Lope, Calderón y Tirso, García Lorca y Homero y Horacio: "Beatus ille qui procul negotiis, bovus exercet suis..." ¡Y Neruda? ¿Y Miguel Hernández? Del primero conocía el nombre; del segundo, no. Podía decir que "Antonio Torres Heredia, con una vara de mimbre, va a Sevilla a ver los toros..." También que "En las tierras altas, donde traza el Duero su curva de ballesta..." Hasta pensaba, como Rilke, "Todo ángel es terrible...", aunque no le diera a la frase el sentido desolador que hoy me conmueve. Pero Vallejo era un ferrocarrilero preso y "No sé por qué piensas tú, soldado, que te odio yo", era una pregunta retórica que se respondía con otra: ¿y por qué ha de pensarlo? En cuanto a "Sóngoro cosongo.. ." era de seguro algún maleficio en bantú. En cambio, a la segunda copa de ron barato en fiestas que tenían por modelo las de la película Los primos y los ecos que llegaban a Filosofía y Letras acerca de las de Fuentes y Cuevas, soltaba a quien se dejara: "Vaghe stelle dell’orsa, io non credeva tornare ancor per uso a contemplarvi..." Esto es, traía de la Perla de Occidente puros vejestorios.

Había excepciones entre los nuevos amigos. Una era Roberto Escudero; otras, Jesús Anaya, Ignacio Osorio. Leían mucho y estaban al día en Cortázar, Pellicer y el incipiente Vargas Llosa, pero también en la Dialéctica de lo concreto. Por entonces ocurrió el primer desencuentro con Octavio Paz. Era un nombre en ocasiones citado en las páginas color chocolate del Siempre! Otras en las negras de cultura. No siempre con entusiasmo. Entre mis nuevos amigos se citaban con frecuencia los primeros versos de un poema, que hoy digo de memoria porque no lo encuentro entre mis libros: "Has muerto, camarada, / en el ardiente amanecer del mundo..." Pero, después de aquel brillante comienzo de juventud, Octavio Paz se había perdido porque no había mucho más entre su obra para declamar en un recital celebratorio de la revolución cubana. El laberinto de la soledad también había tenido un éxito apenas regular entre quienes lo leímos en el entonces Colegio de Psicología. Nos lo pusieron de tarea en el momento en que algunos encabezábamos una pequeña revuelta contra los malos maestros, todos ellos psicoanalistas, faltistas y confiados en que la repetición del mismo curso año tras año hacía innecesario preparar sus clases. El conductismo ofrecía la perspectiva científica para explicar la conducta y, sobre todo, era presentado por maestros jóvenes, dedicados, que mostraban los evidentes y raros signos de la clase bien preparada. La oferta del Laberinto, analizado en clase, tenía a juicio de quienes dirigíamos la rebelión escolar el mayor de los defectos: ninguno de sus planteamientos se podía medir.

El comité ejecutivo de izquierda de Filosofía y Letras, no era, sin embargo, obtuso. Así que, cuando supimos, en 1967 o finales del 66, que Octavio Paz se encontraba en México, nos apresuramos a invitarlo a dar un recital poético. Sería un punto a nuestro favor para las siguientes elecciones de representantes estudiantiles. Abarrotó hasta los topes el auditorio todavía Justo Sierra, al que luego nosotros mismos nombraríamos Che Guevara. Hélas! Leyó su más reciente poema: Blanco. Y así nos quedamos. Nada comparable a los épicos recitales de Neruda, con todo y su vocecita de pito de calabaza. Al término del recital hubo un diálogo, más bien breve, entre el poeta y los asistentes, que no eran todos alumnos, sino también profesores, la dirección en pleno de la Facultad y muchísimas personas mayores llegadas de fuera. No podíamos creer nuestro éxito. Alguien le preguntó a Paz su opinión sobre Jaime Sabines... ¡Ups!, como dicen hoy los muchachos sangrones a imitación del lenguaje de las caricaturas en tv. Construyó con su prodigiosa habilidad verbal una cortés respuesta por la que, sin recordar a esta distancia las palabras, señalaba como idea que cada uno escribía lo suyo. Algo así como: "yo nunca escribiré lo que él escribe, ni él lo que yo escribo". Otra vez a la distancia, creo que hay ciertas entrelíneas maldosas en esa respuesta tan impecable que parecía pecar de obviedad. Eran dos visiones del mundo. ¿Y nadie preguntó por "has muerto, camarada..." y aquella interrumpida línea poética? No lo recuerdo. Pero es probable.

Octavio Paz volvió a la India, de donde no regresaría sino después que sus anfitriones de aquel memorable recital estuviéramos en la cárcel. Su renuncia a la embajada de México en la India a causa de la masacre de Tlatelolco, renuncia ahora tan citada porque se conjuntan la muerte del poeta y los treinta años de aquel octubre, dio inicio al acercamiento entre algunos de los entonces jóvenes y Paz. Pero antes de que llegara ese año con el que México inicia su vida política adulta, nos limitamos a seguir dando vueltas por la recién denominada Zona Rosa para ver de lejos a Fuentes, a Pixie, a Gurrola y a todos aquellos monstruos de los que llegaban noticias a Filosofía y Letras: sus éxitos y sus parrandas que eran un oasis de modernidad en un país provinciano.

El Muro y el presente

La política estaba dominada por la luz de Cuba, la que luego sería profunda sombra. "El sol pudre la sangre / y hace crecer la sombra más sombría", dice Miguel Hernández a la muerte de García Lorca. Cuba era entonces solamente luz, sol, futuro, promesa para un continente agobiado por dictaduras e injusticias, y nadie hubiera dicho que allá ese sol hacía crecer la sombra más sombría. Los jóvenes inquietos parecíamos cristianamente dispuestos a sacrificar el presente para alcanzar un paraíso ubicado más allá de la guerra revolucionaria, en el brumoso e indefinido territorio de la dictadura del proletariado. Paz decía exactamente lo contrario: "Durante muchos años algunos participamos en una batalla que a ratos parecía perdida: defender al presente —informe, imperfecto, manchado por muchos horrores pero depositario de gérmenes de libertad— del sistema totalitario, oculto bajo la máscara del futuro".

¿Defender el presente? Sí, cuando lo requería el futuro. Defender el Muro de Berlín porque la población alemana no parecía comprender que tras las breves privaciones vendría la abundancia para todos; los cubanos tampoco deseaban esperar y huían cobardemente a Miami; los húngaros, malaconsejados por el imperialismo, habían sido salvados de la tentación burguesa por los tanques soviéticos; todos los pueblos estaban llenos de traidores y muchos camaradas se perdían para la Revolución. Había, con todo, observadores de los acontecimientos mundiales que aprobaban y desaprobaban: los revolucionarios puros que en congresos y proclamas deslindaban al bueno del malo. Y todos queríamos estar alguna vez entre ellos.

Algunos coqueteábamos peligrosamente con la traición: demasiado ir a la Zona Rosa, demasiada ropita seleccionada, demasiada ignorancia acerca de la vida proletaria. Más y nuevas lecturas equivocadas. A pesar de las descubiertas y siempre bellas Nanas de la cebolla, mis deformaciones continuaron su lenta acción. "Árbol que crece torcido, nunca su tronco endereza". El rugido de los pueblos y su marcha tras de banderas rojas hacia el "ardiente amanecer del mundo" eran emoción breve. Para las perdurables estaba el descubrimiento de otro camarada, que tampoco era el cantado por Paz, sino aquel con el que compartimos el trabajo rudo al rayo del sol, la contrucción de carreteras y vías férreas a través de todo el nuevo continente, para luego, por la noche bajo la misma cobija y las mismas estrellas, sentir su brazo cansado y fuerte caemos descuidadamente sobre el pecho: el camarada de Whitman.

Y luego vino el gran campanazo. En una edición francesa, un poema brevísimo titulado "Loin", lejos, que no es sino un destello en el recuerdo de una juventud ya ida. El poema de un viejo que no debía decir nada al joven de 19 años que lo estaba leyendo, pero que fue la voz más inesperada. Resultó que el autor, cuyo nombre debía uno pronunciar Constantán Cavafí, según la portada, no era francés, sino un griego de principios de este siglo: Kostas Kavafis. La traductora al francés, cuyo nombre no leí ni hubiera significado nada, era Marguerite Yourcenar.

La conmoción de "Lejos" vino de que por entonces mi sexualidad se definía con una frase de Isela Vega. Dice Héctor Valdés, a quien todos llamamos el Pelón Valdés, experto en Tablada y memoria colectiva de sus amigos, que hace años algún periodista le preguntó a Isela Vega por el asunto de la película que tenía en filmación, y respondió Isela: "Es una de esas películas para intelectuales donde no se sabe ni qué pedo". Yo tampoco lo sabía muy bien aunque comenzaba a tener algunos ensayos. La poesía de Paz, como las novelas y sobre todo las fiestas de Fuentes, en cierto aspecto eran tan lejanas como "Lejos" era cercano. Por entonces hubiera sido imposible explicar este sentimiento. Paradójicamente se trataba del aspecto por el que 30 años después más afín estaría a Paz: el erotismo. Si el personal me hacía preferir otras lecturas, la concepción del erotismo en tanto que motor de la rebelión de los jóvenes en 1968 fue acercamiento y acuerdo. Erotismo en el sentido más amplio: el de fiesta, unión, ritual colectivo. Paz desarrollaría esta concepción en Itinerario. La del erotismo como fuego primordial en La llama doble.

La llama doble

Por el lado del erotismo como llama que explica el gran atractivo del 68 mexicano, vino un inesperado encuentro con Paz y otro gigantesco desencuentro con eso que todavía llamamos "la izquierda" y "la oposición" aunque ahora tengan el gobierno de la capital en sus manos y planteamientos típicos de la derecha. "La fiesta y la tragedia", mi ensayo de octubre de 1993 recordando en Nexos los 25 años del movimiento estudiantil, tuvo por respuesta el silencio en público y las burlas y cuchufletas en privado. Nada por escrito, ninguna respuesta, ninguna refutación sino alusiones veladas: "Hay quien anda diciendo..." Y a continuación una parodia de mis razones. Ningún argumento en contra, sólo muchas gracejadas en los lugares propicios, ocurrencias por teléfono y abundantes retruécanos. Había herido con esa publicación la imagen heroica según la cual habíamos sido un mural de quijadas endurecidas, puños en alto y miradas hacia el infinito. El jolgorio había sido obra de algunos irresponsables. Cuando Paz señaló en Proceso del mismo año "el elemento orgiástico, de gran bacanal o fiesta ritual" que tuvo el 68, y cómo "los jóvenes exaltaron al placer y al erotismo como dos fuentes de creación y de libertad", que era el planteamiento central de mi ensayo, lo cual destacó él mismo, cesaron las risas y choteos. "1968 no fue una revolucion: fue la representación, la fiesta de la revolución". Pero la fiesta terminó en tragedia, no sólo la muy sanguinaria de Tlatelolco, sino también en otro tipo de tragedia que arrastro más jóvenes a la muerte, a la cárcel o al menos a la quiebra interior, y cuyos polvos de aquellos lodos estamos viendo arremolinarse en Chiapas. De nuevo Paz: "Por un instante pareció brillar la luz equívoca y rojiza de Lucifer; pronto se apagó, obscurecida por el humo de las discusiones en los cónclaves de jóvenes puros y dogmáticos. Después, algunos de ellos formaron bandas de terroristas". Uno de ellos, "Marcos", lograría colocarse la máscara del futuro tras de sumergirse diez años en las selvas de Chiapas, hasta donde llegaron los "cónclaves de jóvenes puros y dogmáticos", primero los de los propios guerrilleros arrebatándose un minúsculo poder; luego, ahora, los cónclaves de otros jóvenes, igualmente puros y dogmáticos, urgidos de creencias porque, como dice el psicólogo rumano-francés Serge Moscovici: "Los hombres no pueden vivir bajo un cielo vacío".

Resulta increíble el número de intelectuales que se han aferrado a esta nueva edición de la revolución a escala municipal. No creo que Paz haya leído a Moscovici, pero dice algo muy semejante en Itinerario: "Hay una falla, una secreta hendedura en la conciencia del intelectual moderno. Arrancado de la totalidad y de los antiguos absolutos religiosos, sentimos nostalgia de totalidad y absoluto". Concluye el párrafo con líneas que siguen teniendo vigencia: "En el caso de los intelectuales del siglo XX no hubo ni rebeldía ni soberbia: hubo abyección. Es duro decirlo pero hay que decirlo".

Ya Paz me previno un día contra las comparaciones. Pero no consigo evitar la tentación: en estos días vuelve a ser abyección el silencio de los intelectuales ante una senadora del "partido de izquierda" que declara su admiración por Hitler y llega hasta presentarse en la cámara de senadores —tras de echar porras en los mítines de campaña de Cuauhtémoc Cárdenas— con una suástica de joyas en el pescuezo de anciana; fue abyecto el silencio ante la elección de un miembro del Batallón Olimpia en el gobierno cardenista, como fue abyecta la forma de la renuncia "por motivos personales"; es abyecta la doble vara de medir de nuestros intelectuales: Cárdenas y el PRD pueden hacer todo lo que en el PR1 era reprochable, porque los intelectuales de hoy, como aquellos del estalinismo, han caído de nuevo en el "mal metafísico" de convertirse a una creencia.

La ciencia

La otra aproximación a aquel remoto Octavio Paz, aún más inesperada, fue la ciencia. Un día leí una mención de Paz a Steven Weinberg y su maravilloso pequeño relato "Los tres primeros minutos del universo". ¿Qué hacía Paz leyendo a mi Weinberg? Depués vi anunciado en la portada de Vuelta al gran físico. Luego otros ensayos sobre aspectos de filosofía de la ciencia a los que regreso una y otra vez hace años. Este encuentro culminó con la llegada por mensajería deun libro de Paz desconocido para mí, Reflejos: réplicas, con una calurosa dedicatoria y la recomendación de leer ciertas páginas y una sección del poema final. Me inquieto en especial que el pensador Nobel, traducido, laureado, comentado y estudiado, me recomendara leer sólo tres de sus páginas, como si buscara ahorrarme tiempo en la lectura de un libro suyo que no sólo es pequeño, sino muy bello. Es conmovedor el asombro de Octavio Paz ante Hawking, Weinberg, la conciencia, la materia. Como él mismo dice en Reflejos: réplicas: "Tres temas me han interesado: el del origen del universo, el de la vida y el de la conciencia". Saca de sus lecturas una lección que muchos compartimos al observar a los científicos debatirse ante las más viejas preguntas: "La gran lección filosófica de la ciencia contemporánea consiste, precisamente, en habernos mostrado que las preguntas que la filosofía ha cesado de hacerse desde hace dos siglos —las preguntas sobre el origen y el fin— son las que de verdad cuentan".

Paz no es un científico y no siempre resume sus lecturas científicas de manera acertada. En cambio, cuando no le remueven divulgación para legos, sino despiertan las imágenes y el metro de un poema, alcanza una fortuna de la que carecen sus escarceos con la física. Al hablar "En defensa de Pirrón", nos entrega un poema memorable:

Juliano, me curaste
de espantos, no de dudas.
Contra Pirrón dijiste:
"No sabia el escéptico
si estaba vivo o muerto.
La muerte lo sabia".
Y tú, ¿cómo lo sabes?

Esta doble vuelta de tuerca: un giro dado por Juliano y otro por Paz que le revira, es una sola con las lecturas de Paz acerca de la conciencia, así como su rechazo a la postura reduccionista en ese campo. Pero no creo que haya otro poema donde el universo, la vida y la conciencia, los tres temas por donde discurren las reflexiones científicas de Octavio Paz, cobren vida como en los últimos versos de "Respuesta" y "Reconciliación", que, con los primeros de "Piedra de Sol", son ya tan míos como la "perla triste" de Pellicer o "el sol de la tarde" de Kavafis. Dicen así, y los fechó el día exacto de su funeral, dos años antes:

Árbol de sangre, el hombre siente, piensa, florece
y da frutos insólitos: palabras.
Se enlazan lo sentido y lo pensado,
tocamos las ideas: son cuerpos y son números.

Y mientras digo lo que digo
caen vertiginosos, sin descanso,
el tiempo y el espacio. Caen en ellos mismos.
El hombre y la galaxia regresan al silencio.
¿Importa? Sí —pero no importa:
sabemos ya que es música el silencio
y somos un acorde del concierto.

 

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