Amor y tristeza: Damasio y Spinoza

publicado en la revista «nexos»
# 336, marzo de 2006
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"El Dios de Spinoza estaba en todas partes, no se le podía hablar, no respondía si se le rezaba, estaba en cada partícula del universo, sin principio y sin final. Usted no puede rezar al Dios de Spinoza... No necesita temer a ese Dios porque nunca lo castigará a usted. Lo único que usted debe temer es a su propia conducta".

Durante casi un siglo la psicología decretó que conciencia era un término impropio para un investigador serio. Iván Pavlov había descubierto el reflejo condicionado al hacer salivar a un perro que asociaba el sonido de una campana con la proximidad de la comida y eso, no una inalcanzable "mente", era la base de la conducta. John B. Watson, padre del conductismo, planteó que podía crear cualquier conducta en un animal, o ser humano, por simple entrenamiento. B.F. Skinner expulsó de la psicología todo "mentalismo": había condicionamiento operante, premios y castigos. Así se producían los crímenes más horrendos y las arias de Mozart, la poesía y los hábitos de conducta.

Pero una joven sin formación científica fue al África y describió la vida de los chimpancés, a orillas del lago Tangañica, sin los anteojos de la formación académica. Matt Ridley, el autor de Genoma, cita en su nuevo libro Nature via Nurture la explicación que se dio Jane Goodal: cuán ingenua fui. Como no había tenido una educación formal en ciencia, no me daba cuenta de que debía suponer que los animales no tienen personalidades, ni piensan, ni sienten emociones o dolor... No sabiéndolo, libremente usé todos esos términos y conceptos prohibidos en mis iniciales intentos por describir, con mi mejor habilidad, las asombrosas cosas que había observado en Gombe.

No había observado sino lo que toda persona sensata reconocía: que su perro tiene carácter diferente al del vecino. En los chimpancés, con quienes compartimos más del 98 por ciento de los genes, hay personalidades claramente diferenciadas. Pero se había llegado al grado de que era obligatorio entrecomillar, hasta en referencia a humanos, "mental", "pensamiento", "emoción", etcétera. Cuando un conferencista o maestro empleaba esos términos, debía poner comillas tridimensionales con dos dedos de una mano y dos de otra, más un tonillo especial.

Por suerte los neurofisiólogos, como Jane Goodal, tampoco estuvieron nunca enterados de que no era científico asociar cierta actividad cerebral humana a diversas emociones.

En cuanto tuvieron las herramientas para observar en vivo un cerebro humano, lo hicieron, y así tuvimos fMRI (functional Magnetic Resonance Imaging) de un cerebro cuando contempla la fotografía de un ser amado, una hoja en blanco o escucha el rugido de un león: los flujos sanguíneos variaban por regiones, según se activaran, porque las neuronas activas tienen mayores consumos y así en la pantalla se pueden observar el amor, el miedo, la compasión.

El mayor flujo de sangre hacia regiones activadas produce minúsculas diferencias del campo magnético cerebral; estas inhomogeneidades rastrean su funcionamiento, son el fMRI de un cerebro vivo y activo.

Amor, gozo, tristeza, celos, temor, todas las palabras mayores de la poesía, la religión y los sentimientos, son observables en el cerebro. La mano que acaricia produce muy diversas activaciones cerebrales que la mano sumergida en agua fría. ¿Podemos, entonces, ver la mente en funcionamiento? No, si es algo de sustancia no material, la res cogitans de Descartes, la cosa pensante. Pero... ¿y esa activación del hipocampo o de la corteza prefrontal, del hipotálamo y la corteza visual, qué son? En Looking for Spinoza: Joy, Sorrow, and the feeling brain (Harvest Books, 2003), Antonio Damasio presenta el panorama de la unidad entre la mente y el cuerpo. La mente no es sólo producto del cerebro, sino del cuerpo entero.

El título del libro le viene por Baruch o Benito Spinoza, un judío portugués cuya familia se estableció en Holanda, huyendo de la Inquisición. Contemporáneo de Descartes, Rembrandt, Huygens (el astrónomo y físico que propuso la teoría ondulatoria de la luz), de Harvey (que describió la circulación de la sangre), no hubo lugar para él en ese siglo, el XVII, dominado por el dualismo de Descartes, la filosofía triunfante que daba al alma eterna una base filosófica y sostenía que la mente era de otra sustancia que la materia.

Es también el siglo de las mayores cacerías de brujas... con su consecuente redención por medio de la hoguera. Spinoza nació en el año en que Rembrandt pintó La lección de anatomía del Dr. Tulp, tenía 10 años cuando murió Galileo y nació Newton.

Sus opiniones religiosas le produjeron excomunión de la sinagoga y nunca se reconcilió con su religión, o nunca creyó en ninguna. Holanda era el país de la tolerancia, y hasta Descartes, el filósofo del alma eterna, se hallaba más tranquilo en Amsterdam que en París; "pero todo tiene sus límites", comenta Damasio. ¿Cuáles fueron esos límites que ni Holanda ni el judaísmo pudieron ver transgredidos? Alguna vez leí que le habían preguntado a Einstein si creía en Dios y había respondido: "Creo en el Dios de Spinoza".

Me compré la Ética y descubrí la causa de la excomunión: su definición de Dios no se distingue mucho de la que hoy un astrofísico haría del universo.

Pero no es una biografía de Spinoza lo que Damasio publica, sino la evidencia, en la fisiología y neuroanatomía actuales, del error de Descartes, título de un libro anterior (revisado también en nexos), y el acierto asombroso de Spinoza: la mente se produce en el cuerpo. Ahora la neurofisiología conoce buena parte del cómo: por una sucesión con este orden: el cuerpo recibe señales del exterior y de su propio interior (estímulos).

Van a diversas regiones cerebrales y pueden concluir o despertar una emoción, esto es, una acción visible en el rostro, en la voz, en la postura corporal, o no visible a simple vista, pero detectable con los aparatos adecuados como cambios eléctricos en la piel, el ritmo cardiaco y todo eso que miden los detectores de mentiras.

"Las enfermedades neurológicas proveen una entrada sin igual a la fortificada ciudadela del cerebro y la mente humanas": por daño cerebral en ciertas regiones del cerebro podemos ser incapaces de sentir compasión o vergüenza, por otras no sentimos temor (p. 5). Los daños cerebrales que producían alteraciones notables de la personalidad abrieron la primera brecha, ya desde finales del siglo XIX. Un trabajador eficiente y cortés se volvía ruin y canalla, indigno de confianza luego de que una barra de hierro le atravesara el cerebro dejándolo, milagrosamente, vivo, pero otro: no era ya el mismo.

Y no había mediado condicionamiento alguno, ni del tipo de Pavlov ni del llamado operante por Skinner. Una explosión, un cerebro con una amplia región destrozada, y la persona ya no existía: había otra persona en ese cuerpo.

Guiada por esas primeras experiencias con enfermedades neurológicas y accidentes con destrucción parcial del cerebro, la neurofisiología actual ha descubierto conexiones que se establecen en el cerebro, de los núcleos internos a la corteza y viceversa, se irradian por amplias regiones cerebrales formando mapas, éstos son observables con métodos como el de imágenes por emisión de positrones. Lo que ya no es observable es lo siguiente: el sentimiento que surge de ese mapa. "La emoción y sus reacciones asociadas están asociadas con el cuerpo, los sentimientos con la mente" (p. 7). Contra el sentido común, el sentimiento surge de la emoción y no a la inversa.

El proceso no termina ahí, por supuesto. Hace nuevas conexiones: con memorias, con emociones anteriores. La retroalimentación va de nuevo al cuerpo: produce movimientos visibles, expresiones... y los músculos y vísceras informan de nuevo al sistema nervioso acerca de su estado: siento escurrir de los ojos un líquido tibio, informa la piel de la mejilla; el análisis cerebral explica: es llanto, y produce nuevas órdenes: ya saca un kleenex, mira por la ventana, comenta que hay mucho humo; o bien otro módulo cerebral exige a la garganta: grita "no me dejes"...

Un torrente de respuestas neurales y químicas, de neurotransmisores y hormonas, señales eléctricas y activación de nuevas zonas cerebrales produce el patrón distintivo de una emoción porque el cerebro está preparado por la evolución para responder a ciertos estímulos con acciones específicas: huir, pelear, esconderse, alimentarse. Esto trae un cambio del propio cuerpo y el cambio es mapeado en el cerebro, donde se lee: las piernas corren, los pies se lastiman porque vas descalzo, los vellos están erizados.

La percepción de ese estado del cuerpo con la de ciertos pensamientos crea un sentimiento.

"Los sentimientos surgen cuando la acumulación de detalles mapeados alcanza un cierto estado". O más adelante: "Un sentimiento en esencia es una idea, una idea del cuerpo": tengo terror, o qué hermosa tarde con ese barco entrando al puerto, y el cuerpo dice que está sentado (estímulos externos) y tranquilo (internos), o quiero oír tu voz...

Pero el proceso no es fotográfico, el sistema nervioso tiene estaciones de bloqueo, aumento o disminución de las señales y "construye la realidad". Así que "los sentimientos no surgen necesariamente de los estados reales del cuerpo -aunque pueden-, sino más bien de los reales mapas construidos en el cerebro". No había motivo para correr, salvo un súbito recuerdo de un paraje igualmente solitario y oscuro donde ocurrió que... etcétera.

El cuadro, en resumen de Damasio, va así:

  • Cuerpo y cerebro forman un organismo integrado que interactúa por vías químicas y neurales.
  • La actividad cerebral está dirigida primordialmente a regular los procesos vitales, tanto la coordinación de los procesos internos del cuerpo como la coordinación de las interacciones entre el organismo como un todo y el medio físico y social.
  • La actividad cerebral está dirigida primordialmente a la sobrevivencia con bienestar; un cerebro equipado para esa tarea puede también tener metas secundarias, como escribir poesía o diseñar naves espaciales.
  • En organismos complejos, como el nuestro, las operaciones reguladoras del cerebro dependen de la creación y manipulación de imágenes mentales (ideas o pensamientos) en el proceso que llamamos mente.
  • La habilidad para percibir objetos y acontecimientos, externos al organismo o internos, exige imágenes. Las visuales, auditivas, táctiles, olfativas y gustativas vienen de fuera. El dolor y la náusea son ejemplos de imágenes del interior. Las imágenes son necesarias tanto para la ejecución de respuestas automáticas como deliberadas. La anticipación y planeación de futuras respuestas también exige imágenes.
  • La interfase crítica entre las actividades del cuerpo y los patrones mentales que llamamos imágenes consiste de regiones cerebrales específicas que emplean circuitos de neuronas para construir patrones continuos y dinámicos correspondientes a diversas actividades en el cuerpo -en efecto, mapean esas actividades conforme ocurren.
  • Ese mapeo no es necesariamente un proceso pasivo. La estructura en la cual los mapas se forman tiene su propia voz en el mapeo y es influida por otras estructuras cerebrales.

Cuerpo, cerebro y mente son manifestaciones de un organismo único (pp. 194-195).

¿Y el bien y el mal? Buenas acciones son las que producen bien al organismo sin dañar a otros individuos. Este no es un valor exclusivamente humano: Damasio recuerda un asombroso experimento de Miller durante el cual se vio que un chimpancé puede quedarse sin comer por varios días si descubre que la palanca que le entrega alimento al mismo tiempo produce un choque eléctrico al chimpancé vecino. Entre más haya conocido previamente al vecino, más se resistirá a mover la palanca y más aguantará su propia hambre. Asombroso. Por algo nos separa de ellos menos de un dos por ciento de genes.

Que la mente depende del trabajo cerebral no está en duda hace mucho, y "debemos alabar la presciencia de Hipócrates que planteó lo mismo hace dos y medio milenios".

Pero Damasio añade ahora que para el trabajo cerebral es necesario el cuerpo, no sólo como sustento físico: sangre, oxígeno, soporte, sino para crear la mente. Sin cuerpo no hay mapas, sin mapas no hay mente. "La mente existe porque hay un cuerpo que la llena de contenido". Y hace un chiste que sólo tiene sentido en inglés: "No body, never mind". Lo cual lleva a entender la famosa respuesta de Alberto Cárdenas, como gobernador de Jalisco: los ignorantes nos reímos cuando negó (ya no recuerdo qué) con un "nuncamente" que lo hizo famoso. Tontos: el gober quiso decir "never mind".

¿Y Spinoza? Pues sin laboratorio de neurofisiología ni tomografía computarizada dice en la parte II de la Ética: "La mente humana percibe no sólo las modificaciones del cuerpo, sino también las ideas de tales modificaciones". Y si hay una idea de la idea, también hay una idea de la idea de la idea..., comenta Damasio. Y en ese lazo de ideas de segundo orden (o más), el yo está insertado.

Respecto a la relación de mente y cuerpo o emociones y sentimientos, Spinoza "parece haber prefigurado soluciones que los investigadores estamos ahora ofreciendo... Por ejemplo, cuando dice que 'el amor no es más que un estado placentero, gozo, acompañado por la idea de una causa externa', estaba separando con gran claridad el proceso de sentir del proceso de tener una idea acerca de un objeto que puede causar una emoción. Gozo era una cosa: el objeto que causa el gozo era otra" (p. 11). "Uno de los valores de la filosofía es que a través de la historia ha prefigurado la ciencia" (p. 15).

Elementos de excomunión

Spinoza puso en aprietos a las monarquías y a las iglesias al prescribir un Estado democrático ideal, caracterizado por libertad de expresión: "Dejemos que cada persona piense lo que quiera y diga lo que piensa", escribió a sabiendas de que Giordano Bruno había sido quemado vivo en la hoguera por decir lo que pensaba, Galileo había muerto en prisión domiciliaria por lo mismo, centenares padecían hoguera y millares azotes hasta sin decir lo que pensaban, sólo porque alguien interesado los denunciaba: antecedentes de los Comités de Defensa de la Revolución castristas.

Peor aún: "El Dios de Spinoza no era judío ni cristiano. El Dios de Spinoza estaba en todas partes, no se le podía hablar, no respondía si se le rezaba, estaba en cada partícula del universo, sin principio y sin final" (p. 23).

"Usted no puede rezar al Dios de Spinoza... No necesita temer a ese Dios porque nunca lo castigará a usted. Ni debe trabajar duro con la esperanza de obtener recompensas de él porque ninguna llegará. Lo único que usted debe temer es a su propia conducta. Cuando usted es menos que amable con otros, usted se castiga a sí mismo y se niega a sí mismo la oportunidad de alcanzar paz interior y felicidad" (p. 273).

"En un reciente estudio, la cooperación también activó regiones involucradas en la liberación de dopamina y condujo a conducta placentera, lo cual sugiere que la virtud es su propio premio" (p. 151).

Judíos, católicos y protestantes condenaron la obra de Spinoza. A su muerte, en 1677, su editor y amigo, Rieuwertz, publicó su obra completa, en latín, con el título Opera Posthuma y al año siguiente comenzaron a aparecer traducciones al holandés y al francés. Las autoridades de la liberal Holanda prohibieron el libro y lo mismo ocurrió por toda Europa. Las autoridades inspeccionaban las librerías y confiscaban los volúmenes que encontraran. Publicar o vender a Spinoza fue un delito.

Pero "las palabras de Spinoza ya estaban seguras en muchas bibliotecas privadas de Europa, en claro desafío a las iglesias y autoridades" (p. 255).

Así fue como, un siglo después, "el trabajo de Spinoza pudo ser un motor decisivo en el desarrollo de la Ilustración, y sus ideas ayudaron a moldear el debate intelectual central de la Europa del siglo XVIII", al que llamamos "el siglo de las luces" (p. 257).

Voltaire le dedicó a Spinoza un poema donde alude a la más conocida expresión de Descartes: "Pienso, luego existo". Traduzco el principio y el final, según Damasio: Un pequeño judío narizón y pálido, se acerca al gran Descartes: "Discúlpeme, dice, dirigiéndose a él en un susurro,/Pero pienso, aquí entre nos, que usted para nada existe" (p. 258). En la Facultad de Filosofía, Roberto Escudero tenía una versión mejorada: No pienso, luego insisto.

Literariamente, el capítulo más bello es el referido a La lección de anatomía, la célebre pintura de Rembrandt. El doctor Tulp está mostrando al grupo que lo rodea (y a nosotros) un cadáver cuyo antebrazo en disección revela los tendones y músculos que mueven los dedos, movimiento que él realiza con su propia mano. Ahora nos resulta una obviedad, pero pensemos dos veces: "Si podemos explicar eso acerca de nuestra naturaleza, ¿qué no podremos explicar?... ¿Seremos capaces de descubrir cómo nuestros pensamientos pueden ordenar a una mano que se mueva?". Esa es, ni más ni menos, la intención de Damasio.

Refiriéndose a otro autor, creo a Edelman, Octavio Paz dijo alguna vez que si todo esto fuera cierto sería muy triste. Al parecer es triste.