La evolución es observable

publicado el 15 de febrero de 2009 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

Este año celebramos 400 de que Galileo observó los cielos con telescopio, 200 de que nació Charles Darwin y 150 de que publicó el libro que funda la biología evolutiva: El origen de las especies. Al respecto es bueno aclarar una confusión frecuente: el término "teoría" viene del verbo griego theoró: veo, miro. Una teoría es pues una mirada al mundo que implica un conjunto de leyes, datos y relaciones. Hablamos de "teoría de la evolución", como de "teoría de la relatividad", "teoría del heliocentrismo", no porque carezcan de comprobación, que la tienen abundante, sino porque son miradas a la naturaleza.

La evolución asomaba ya en los trabajos de Aristóteles cuando probó que las ranas no se producen porque el calor del sol las cause en el lodo por generación espontánea, sino porque animales similares pusieron allí sus huevos.

Hacia finales del Renacimiento, en 1620, sir Francis Bacon observa lo que llama "errores de la naturaleza" y en su Novum Organum se acerca tanto a la solución que dice: "Sería muy difícil generar nuevas especies, pero menos difícil que varíen las especies conocidas y así produzcan muchos resultados raros e inusuales."

En el siglo XVIII, Kant da otro salto en su Crítica del juicio al observar que de la maravillosa simplicidad del plan maestro de los animales se produce la inmensa variedad de las especies "al acortar este miembro y alargar aquel otro, por involución de esta parte y evolución de aquella otra", de donde le parece que brilla "un rayo de esperanza, si bien débil", de que podamos explicarnos la vida orgánica. Kant murió en 1804 con ese rayo de esperanza. En 1809 nació Darwin, que nos entregaría el buscado mecanismo: la selección natural que se ejerce sobre la variedad en la progenie.

Ya el abuelo de Charles, Erasmus Darwin, había escrito un tratado sobre evolución y, en el mismo año que celebramos, 1809, un naturalista francés, Jean Baptiste Lamarck, publicó su Philosophie Zoologique, donde propone la mutabilidad de las especies. Faltaba el cómo. Llegaría cuando el joven Darwin se embarcara en el buque de su majestad Beagle, diera la vuelta al mundo de 1831 a 1836 y volviera a Inglaterra con la clave: "by Means of Natural Selection": por medio de la selección natural.

Guardó su manuscrito por la tormenta religiosa que preveía. Hasta que, en 1858, le llegó un breve ensayo de Alfred Russel Wallace: "On the Tendency of Varieties to Depart Indefinitely from the Original Type". ¡Había descubierto, de forma independiente, la selección natural! Dio enseguida su manuscrito a la imprenta. Wallace siempre reconoció a Darwin el crédito de primer descubridor.

Por entonces estaba en pleno proceso una selección natural, tan rápida que habría sido posible observarla: con la industrialización de Inglaterra todo se había llenado de hollín producido por el carbón mineral de fábricas y calefacciones. En el tronco de los árboles se posaba una polilla moteada de grises que se camuflaba a la perfección con el liquen de los troncos... hasta que se ennegrecieron de hollín. La mutación al azar daba camadas de polillas más oscuras y más claras. Entonces los pájaros, que se las comen, vieron con claridad a las claras y no llegaban a adultas porque eran banquete fácil. La especie completa pronto fue oscura. Ocurrió lo contrario cuando, después de 1950, Inglaterra comenzó a endurecer sus leyes contra la contaminación. Las polillas volvieron a su variedad gris.

El calentamiento global del que leemos a diario también está haciendo su selección de especies. Al parecer, la extinción causada por los humanos es similar a la que acabó con los dinosaurios, así que, descubrir nuevas especies debería ser motivo de regocijo, dice la nota de un equipo de la Universidad de Stanford, en el que participan biólogos de la UNAM, pero no es así, según Paul Ehrlich, coautor con Gerardo Ceballos, de la UNAM, del análisis sobre 408 nuevas especies de mamíferos descubiertas a partir de 1993.

El ensayo lo publican en línea desde el 9 de febrero los Proceedings of the National Academy of Sciences, y habla de cuán poco sabemos acerca de nuestro capital natural. La sorpresa es enorme porque el de mamíferos es un grupo muy bien estudiado pues, para empezar, pertenecemos a él. Y 408 especies nuevas son "aproximadamente 10 por ciento de todas las especies de mamíferos conocidas". Entre ellas, un antílope de unos 90 kilos de peso y hasta un gran número de primates.

La biodiversidad es mucho mayor de lo que sabíamos y lo son los problemas implicados en conservar esa diversidad, necesaria para nuestra propia existencia. No sabemos cuantos sistemas afectamos al extinguir una pequeña mosca o un ratón. Más bocas que alimentar (y casas donde vivir) nos llevan a enfrentar, por primera vez, el colapso de una civilización global. "Debemos reducir la escala de las empresas humanas para tener oportunidad de prevenirlo".