No es lo mismo Judas que Da Vinci

publicado el 16 de abril de 2006 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

El famoso Código da Vinci es una novela, es ficción apoyada en algunas figuras reales y momentos históricos empleados como fondo de la narración. Nadie ha dicho nunca que sea historia. El propio autor, Dan Brown, lo ha negado. Sus críticos han puesto en evidencia numerosos errores en ese fondo histórico. No es Umberto Eco, autor de El nombre de la rosa, novela de calidad extraordinaria, ficción con fondo histórico intachable.

Pero el Evangelio de Judas es un texto que, tras de 30 años de análisis de laboratorio, lingüístico, histórico, etcétera, la National Geografic Society concluye que fue escrito unos 300 años después de la muerte de Cristo y que es la traducción de otro, perdido, escrito en griego en el siglo II de nuestra era. Como todos los evangelios no seleccionados por la iglesia cristiana primitiva, plantea elementos que contradicen la imagen ortodoxa de Jesús.

Pero comencemos por el principio: también los cuatro evangelios llamados canónicos, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, contienen aspectos contradictorios con la doctrina oficial de las iglesias católica, ortodoxa, anglicana y otras. Por ejemplo, en san Mateo 12:46 se lee: "Mientras él aún hablaba a la gente, he aquí que su madre y sus hermanos estaban afuera, y le querían hablar. 47 Y le dijo uno: He aquí a tu madre y tus hermanos que están afuera, y te quieren hablar."

Entonces Jesús señala la multitud y dice que todo el que hace la voluntad del Padre es su hermano, su hermana y su madre. Esto es, Jesús distingue claramente entre sus hermanos y madre verdaderos, que lo buscan, y sus hermanos y madre por elección, aquellos que hacen la voluntad del Padre. No niega a su madre y hermanos, hace una metáfora.

El problema con ese párrafo es que niega, directamente, y en un evangelio canónico, la unigenitura de Jesús y, peor, la virginidad de María.

Pero no es el único. En san Marcos 3:31 a 35, se lee: "31 Vienen después los hermanos de Jesús y su madre, y habiéndose quedado afuera, enviaron a llamarle (para que los pasara). 32 Y la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo: ‘Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan’. 33 El les respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos?"

Y vuelve a responder que son todos quienes hacen la voluntad de Dios. Pero, nótese, la multitud distingue claramente, entre ellos, que acaban de ser nombrados hermanos en Dios por Jesús... y los hermanos hermanos, ésos que están en la puerta y te piden que los hagas pasar.

Más claro es san Lucas, en 8:19 a 21 dice: "19 Entonces su madre y sus hermanos vinieron a él; pero no podían llegar hasta él por causa de la multitud. 20 Y se le avisó, diciendo: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte." A lo que Jesús replica más o menos lo mismo. Pero, de nuevo, la multitud distingue muy bien entre que Jesús los haga sus hermanos si cumplen la palabra de Dios, una metáfora, y "tu madre y tus hermanos", los que están allá afuera y no pueden pasar, no te hagas. Una realidad.

Peor todavía: san Mateo dice sus nombres en 13:55. Cuando Jesús dio por predicar en la sinagoga, la gente se maravillaba y decía: "¿De dónde tiene esta sabiduría y estos milagros? 55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, Y SUS HERMANOS, JACOBO, JOSÉ, SIMÓN Y JUDAS? 56 ¿No están todas sus HERMANAS con nosotros?

Jacobo, Iakov, Tiago y Santiago son el mismo nombre. En años recientes se descubrió en Israel un sarcófago del siglo I con una inscripción que decía "Aquí yace Santiago, hijo de José, hermano de Jesús." La falta de aclaración sobre cuál José y cuál Jesús, de tantos, indica que era obvio: esos.

La gente no leía los evangelios porque la inmensa mayoría era analfabeta hasta el siglo pasado, el XX.

Pero cuando la Reforma protestante hizo obligatoria la lectura de la Biblia, produjo la alfabetización de sus fieles. Estos empezaron a leer no sólo la Biblia y así, en Inglaterra, Alemania y Holanda, los avances de la ciencia produjeron su aplicación tecnológica, a la que llamamos revolución industrial. Son países ricos porque comenzaron a leer, aunque fuera la Biblia.

A los católicos se les recomienda NO leerla, para que no se hagan bolas con datos como los aquí citados, y muchos más, que no están en evangelios dudosos, sino en los cuatro canónicos.