No tiene la culpa el político...

publicado el 12 de septiembre de 2005 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

No tiene la culpa el político, sino el pueblo que lo aclama. Resulta incomprensible que un hombre como Roberto Madrazo, que no admite siquiera la aplicación llana de los estatutos de su partido, califique alto en las encuestas. Madrazo es al país lo que José Murat fue, como gobernador, a Oaxaca: el retorno del PRI caciquil, de aquel partido sin acotamientos legales y retobos ante todas las demandas. Murat se inventó un atentado, costó la vida a uno de sus guardias, detuvo la investigación imponiendo un sucesor que comenzó por aplastar al diario que señalaba las fechorías; y lo hizo a la antigua, con golpeadores que fingieron una "huelga" en oposición a todos los trabajadores del diario. Y es el PRI de Madrazo.

En cambio, el PRI que podría hacer un gobierno modernizador de las estructuras que detienen el crecimiento del país, parece inmovilizado por la vieja guardia echeverrista. Se ve perdido ese PRI, el que pudo haber dado al país un buen gobierno en coalición con Fox, de no mediar la inmensa torpeza del Presidente para cuidar un aliado posible, su soberbia con el vencido, sus errores en las prioridades... y la táctica de Madrazo: hundir a Fox aun a costa de México. Recuérdese tan sólo la defenestración de Elba Esther Gordillo como coordinadora. (Me gusta, por descriptivo, el término, pues significa, literalmente, lanzar a alguien por la ventana, la finestra. En Praga se da mucho.)

En el PAN ocurre otro tanto: un joven con respuestas claras a los nudos que estancan nuestra economía, Felipe Calderón, tiene por primer enemigo al presidente de su partido, un Manuel Espino acucioso fabricante de las catástrofes que en hilera han hundido al PAN. A Creel, el favorito, ya lo vimos gobernar: unos machetes en alto (ilegales en la calle) y la obra cumbre del sexenio fue parada; no aplicó la ley jamás, pero sacó del arcón antiyanki, cuantas veces pudo, el viejo tono del viejo PRI, aquel tan quisquilloso cuando Estados Unidos decía lo mismo que decimos la inmensa mayoría de los mexicanos.

En el PRD los arribistas del PRI echaron fuera a los fundadores. Rosario Robles, presidenta del partido, jefa de Gobierno, militante de izquierda desde los años en que el joven López Obrador componía su glorioso Himno al PRI, y a quien éste debió su triunfo en el DF, es hoy, con Cuauhtémoc Cárdenas, la figura más perseguida del PRD. No los vendedores de leche con excremento, no los estafadores de pobres a quienes prometen casas de interés social para quedarse con el enganche, no los capos de taxistas piratas y de ambulantes que distribuyen contrabando y droga, no los que dejaron subir 762 por ciento el narcomenudeo en el DF (y dice Marcos que no sólo permitieron, sino estuvieron en el negocio), o sea, en dos nombres, Padierna y Bejarano. Ellos ya se miran en el gabinete presidencial. La perseguida es Rosario Robles. Una pesadilla vuelta realidad.

Como puede verse, no son los políticos, es el país entero quien parece haber perdido la capacidad de reaccionar. O no ocurriría en los partidos lo que vemos: el castigo ciudadano sería inmediato.

Ante el derrumbe de la credibilidad, la respuesta ha sido turbia: los políticos desean verse apolíticos, los poderosos avisan que combatirán a los poderosos, el priismo de vieja escuela compra la franquicia del PRD para encabezar el dique contra el retorno del priismo, las ocurrencias publicitarias nos inundan: que la declaración de impuestos será voluntaria si votan por mí... que la "sociedad civil" hará las tareas que las instituciones no logran sacar adelante; sí, la "sociedad civil": ese espantajo que de vez en cuando encarna en una veintena de personajes no elegidos por nadie ni representantes de nadie.

Y la respuesta de muchos mexicanos se argentiniza: ¡fuera todos! Esa podría ser una razón del éxito de la marca "Ciudadano, Inc." como opuesto a partidario. Lograron hastiarnos. La gran decepción del titubeante Fox, cuyo mayor logro es que no estemos peor, parece haber quebrado a un pueblo entero. Entre los hombres como entre las naciones... el fiasco del entusiasmo se paga con depresión.

Un hecho cierto da aliento al ánimo "ciudadanizador": la legislación actual ha convertido los partidos políticos en un negocio redondo que pagamos, a 5 mil millones anuales, todos los causantes de impuestos. Hasta ahora, el remedio ha sido la multa a quien se descubre con las manos en las facturas.

Pero el negocio perfecto no es ése, sino fabricar un partidito con el mínimo de requisitos, aguantar tres años y fracasar en la siguiente elección. En esos tres años de vida una cosa llamada Partido de la Sociedad Nacionalista (PSN), propiedad de un Gustavo Riojas, se embolsó, entre 2000 y 2003, nada menos que 476 mil millones, más extras que siempre se piden al IFE. En la elección de 2003 perdió el registro porque sólo tuvieron votos de parientes y amigos. Pero, ¿qué negocio, como no sea la siembra y exportación de coca, produce 500 mil millones en tres años? Sólo un "minipartido político" mexicano bajo la actual legislación.

Pero la única manera de que un negocio perverso termine es hacerlo mal negocio. El negocio de los licores clandestinos en tiempos de Al Capone concluyó cuando la legislación reconoció el derecho de los ciudadanos a beber. En tiempos recientes, la Food and Drug Administration de Estados Unidos hizo inútiles llamados a la industria de la carne para que abandonara prácticas asociadas con la enfermedad de las vacas locas. "Las empacadoras resistieron cinco años argumentando que las reglas eran muy caras de obedecer. Pero cuando la McDonald’s Corporation exigió lo mismo, luego de la caída a pico en la venta de sus hamburguesas, la industria de la carne cumplió en semanas..." (Diamond, J., Op. recontracit). Lo que no pudo la ley, lo hicieron los consumidores.

¿No podríamos los consumidores de la política mexicana hacer otro tanto? Sí y no. Con la actual legislación podemos castigar un partido fantasma y desaparecerlo. Pero no podemos evitar que ya se haya embolsado 500 mil millones. De ahí el éxito de quienes se presenten como "opción ciudadana." Es el caso de la delincuencia: mientras exista sólo un 2 por ciento de posibilidades de que me atrapen, ¿por qué no voy a asaltar si, además, el más conocido no-candidato dice que robo porque soy pobre y sólo tomo lo que es mío? Pues eso... (como dice Román).