La ambición de poder

publicado el 15 de agosto de 2005 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

La ambición de poder es la más escandalosa de todas las pasiones.

Tácito

 

El desastre moral de la izquierda mexicana tiene una y una sola fuente: la ambición de poder. No la de dinero, no la de mansiones rodeadas de ricas haciendas con caballerizas para 50 caballos y cocheras para 30 autos de lujo. Ése era el estilo del PRI, de los Hank, de los Alemán y López (Portillo). Se convencieron nuestros dirigentes de izquierda de que sólo era corrupto el funcionario que mandaba empleados municipales a ampliarle la casa, a cortarle el pasto o llevar a la señora al mandado en vehículos oficiales. Era corrupto quien aparecía de pronto con una mansión inexplicable o dueño de todos los terrenos donde, oh casualidad, el mismo funcionario había decidido hacer grandiosa obra pública. Esa corrupción (al parecer) la evitaron. Ya se verá.

Pero cayeron en otra corrupción: la certeza de ser la salvación de la Patria los hizo perdonarse los métodos. El PRI creó la noción de "fraude patriótico": era aquel necesario para remediar el error de un pueblo tonto que elegía democráticamente a sus propios enemigos: a un panista en el norte, a un perredista en pueblo de Oaxaca. El PRD hizo otro tanto, no con las elecciones, porque ya no están en manos de ningún gobierno, sino con el presupuesto. Comenzaron atrayendo a la clientela tradicional del PRI: los pobres en busca de cualquier regalo. Batres, Bortolini y Padierna vendían, como leche barata a cambio de afiliación, un producto blancuzco hecho de soya y que, según análisis de la Secretaría de Salud, contenía excremento. Hoy, ya funcionarios, entregan obra pública a cambio de futura votación. ¿En algo se distinguen del PRI?

Sí, se distinguen, y mucho: el PRI actuaba vergonzantemente, sabía su delito. El PRD ha sufrido tal degradación moral que, convencido como Fidel Castro de tener la razón histórica, no sólo hace lo mismo que criticaba como oposición, sino que lo hace con entera convicción de que hace bien. Hay un mundo de diferencia entre la hamponería priista, soterrada, sigilosa, velada hasta donde podían, y la marmórea entereza con que Bejarano defendió a su patrón con su silencio: un héroe, hasta un poeta. Y le valió ser puesto en libertad entre arcos triunfales. Como Santa Anna cada que volvía a tomar las riendas de la nación por aclamación popular.

El PRD está atrapado en un dilema tan viejo como la humanidad: ¿cuánto debe detenerme la ley cuando creo servir a la justicia? Como siempre, el análisis más doloroso lo hicieron los griegos 400 años antes de Cristo. Sófocles se plantea, en Antígona, con agudeza no superada todavía, el dilema de una hermana enfrentada a un edicto que cree injusto. Acaba de ser representada aquí cerca, en el teatro de Epídavros (o Epidauro), a unos 60 km, pero por carreterita terrible (aunque llena de bellos paisajes, olivos, entradas de mar, montañas) por la que se hace hora y cuarto. Traducida al griego moderno y con una puesta en escena medio rara, de ésas que a ratos gustan y luego no. Lo que es una tortura es la falta de respaldo en ese teatro semicircular y al aire libre, con dos mil 500 años de uso. Dispusieron unos cojincitos flacos sobre el mármol y nomás se oía el rechinar de culos incómodos. Pero la noche maravillosa, con la Osa Mayor encima: está excavado en una colina, entre pinares, y fue un centro de salud, uno de los primeros en el mundo, o el primero si no se adelantó China.

La moda mundial del relativismo cultural sostiene que es tan válida esta exploración de la duda ante la ley, como una danza con tambores para hacer llover. Antígona, hija de Edipo, enfrenta el edicto real que le niega sepultura a su hermano, acusado de traición al término de una de tantas guerras civiles. Su castigo es ser encerrada viva en una caverna. Pero el nuevo rey, Kreonte, también recibirá, por esa orden cruel, un espantoso castigo, anunciado por el adivino Tiresias (que va de una obra a otra y de una generación a otra, tan campante): le predice que perderá a su hijo. Kreonte acusa al adivino de haberse corrompido, de inventar, pues, sus predicciones ("osea", de estar en el compló):
"¡Anciano! ¡Anciano! Lo veo, todos los arqueros flecháis a un hombre, y cada oficio se moviliza: ¡ni siquiera la adivinación me deja ileso!"

Para que vean que nada nuevo hay bajo el sol: ni la corrupción de las autoridades morales ni el rechazo de las predicciones que no nos gustan ni la atribución de todo a la obra de alguien innombrable.

Luego su monólogo sobre el imperio de la ley o la anarquía es estremecedor en su modernidad y actualidad: "Imposible, por supuesto, que conozcas los principios, la prudencia de un hombre, su alma, antes de que lo hayas probado con el desgaste de la ley y del poder". Palabras para hoy. Y más: "Quien lleva absoluta responsabilidad a un gobierno, está obligado siempre a la más útil decisión, no a la más agradable". También aplicable a nuestros gobiernos.

Fue imposible conocer el alma de aquellos jóvenes idealistas que parecían tan puros... hasta no verlos raspados por el poder, que se arrebatan con las artimañas de todos los siglos y milenios.

Los perredistas tienen la convicción profunda de estar estableciendo la nueva ley, la que les permite actuar sin consideración de la escrita porque ellos traen las nuevas tablas. Son fundadores. Pero olvidan un detalle: no ganaron una guerra civil, no son la nueva legalidad que desecha la antigua; son, simplemente, un nuevo tipo de hampón: más cínico, más descarado y con respuestas más sarcásticas.