La primera carrera armamentista

publicado en la revista «Nexos»
# 443, noviembre de 2014

 

Científicos de la Universidad de California en Santa Cruz “sugieren que una carrera armamentista evolutiva, entre elementos rivales en los genomas de diversos primates, guió la evolución de redes complejas reguladoras para orquestar la actividad de los genes en cada célula de nuestros cuerpos”.

En esa carrera, nuestros ancestros Homo erectus, Homo habilis y anteriores diversificaron elementos que nos distinguen de otros primates: poco del chimpancé, más del gorila y aún más del orangután. Somos muy nuevos en la evolución de las especies para poder calificar de acierto o error las mutaciones que nos dieron origen hace, apenas, 200 mil años en el Este de África. Los tiburones son tan perfectos que la selección natural ha desechado toda mutación en los últimos 200 millones de años: son la cumbre del diseño por mutación y selección natural de las mutaciones apropiadas, apropiadas para ese momento y lugar.

Los genes se activan o desactivan según precisas instrucciones propias de cada especie. La carrera se da entre secuencias móviles de ADN, llamadas por eso genes saltarines (jumping genes) y los genes que han evolucionado para controlarlos. El equipo ha identificado genes humanos que hacen proteínas destinadas a apagar ciertos genes. Son, por lo mismo, genes represores de otros genes. Su evolución ha sido rápida en los primates.

Pero no es la primera carrera que enfrentamos los primates. La inicial se da entre los espermatozoides del macho que buscan el óvulo de la hembra para acoplar la mitad de cromosomas masculinos a la mitad de femeninos y así tener una célula completa que, de inmediato, pone en marcha su mecanismo de subdivisión celular para dividirse en 2, 4, 8, 16: mórula, blástula, gástrula… como poema del emperador Adriano: Anímula, vágula, blándula (añado tildes en los acentos). Un consejo que rueda por internet dice: si te deprime que tu vida no vaya tan bien como desearías (“Me iré a otras tierras, me iré a otros mares: otra ciudad aparecerá mejor que ésta…”), piensa que alguna vez fuiste el espermatozoide que ganó la carrera.

La diferencia de géneros comienza también en ese momento. Los óvulos siempre llevan, entre su mitad de cromosomas, uno de tipo X para la definición del sexo. Los espermatozoides vienen en dos tipos: con carga X, que hacen un cigoto, huevo, o célula completa XX, origen a una hembra. O llevan un cromosoma Y, que dará la combinación XY del cigoto y fabricará un macho.

Pero la carrera no es justa y esa primera injusticia favorece a las hembras: el medio en la vagina posee acidez superior a la que los espermatozoides toleran con buena salud, más baja en el líquido espermático y el semen, donde están a su aire. Pero no es igualmente dañino para las dos versiones: el medio ácido vaginal afecta menos a los espermatozoides X, que hacen hembras, y más a los Y, que hacen machos. De esto resulta que la mecánica misma del coito ofrezca ventajas diferenciadas: una eyaculación a mayor profundidad ofrece a los Y menos terreno letal por recorrer. Una muy externa incrementa la desventaja para los Y. Como la eyaculación casi siempre (en La función del orgasmo Reich dice que debería ser siempre) va al ritmo de la cadera, cada descarga se da al avanzarla, así resulta importante cuán adentro comienzan su carrera los espermatozoides.

También hay diferencias de tipo genético: familias en los que abundan los hijos varones, otras con proporciones similares o mayoría de hembras. Esto se define desde la producción misma de los espermatozoides; pero, a la luz de la desventaja mayor para los Y, también podemos concluir que “el tamaño sí importa”, sobre todo el largo, pues corren menos terreno tóxico si la eyaculación es más cercana al cuello del útero.

Los hallazgos del grupo de California, publicados en Nature del 28 de septiembre, “muestran que durante nuestra evolución han sobrevenido diversos episodios de mutaciones de los genes saltarines, gracias a esas mutaciones han escapado a la represión, lo cual condujo a la evolución de nuevos genes represores”. Es como la evolución mutua entre predador y víctima: a nuevas habilidades de la víctima, nuevas del predador si ha de seguir existiendo esa especie. O desaparece. El vuelo zigzagueante de un mosquito no es, por supuesto, una conducta desarrollada con la finalidad de eludir a los pájaros. Pero, los de vuelo irregular por azares de las mutaciones, sobreviven más al ave que los devora al vuelo. Y dejan más descendientes: diseño muy inteligente… natural.

Si la víctima desarrolla mejor camuflaje, el predador que no muere de hambre es el que desarrolla mejor vista o mejor olfato para descubrir al ratón color tierra y a la mantis color hoja.

En el genoma ocurre una carrera similar. “Tenemos básicamente las mismas 20 mil proteínas codificadoras de genes que una rana, y nuestro genoma es mucho más complejo, con más capas de regulaciones de genes. El presente estudio ayuda a explicar cómo ocurrió”, dijo Sofie Salama, quien condujo el estudio.

Piensan los científicos que estos genes son “remanentes de antiguos virus que infectaron a los animales primitivos e insertaron sus genes en el genoma animal mucho antes de que los humanos evolucionaran”. Lo seguimos viendo en el caso del retrovirus causante del sida: falto de maquinaria genética para replicarse, se inserta en una célula, su preferida es el linfocito CD4, y así fabrica miles de millones de copias.

Como las secuencias que conforman estos genes saltarines cambian de lugar, “según dónde se inserte una copia nueva, ese salto puede causar enfermedad porque altera el genoma”.

Las neuronas ven lo que desean

Por si no fuera suficiente que nuestros genes estén sometidos a esta “carrera armamentista” en total ignorancia de la conciencia, nuestra actividad cerebral también está regulada por mecanismos automáticos que añaden más razones para dudar de nuestros sentidos (el sol no sale ni se pone, el suelo firme e inmóvil, está girando), nuestras neuronas están programadas para dispararse ante estímulos específicos, demuestra un estudio, conducido por Christof Koch, del Allen Institute for Brain Science. Koch es uno de los más reconocidos expertos en inteligencia artificial. El estudio lo publica el journal Neuron.

“Algunas neuronas de la región cerebral conocida como lóbulo temporal medio, son extremadamente selectivas. Una célula puede disparar sólo ante imágenes de una persona muy conocida para el sujeto (por cercanía afectiva o por ser una celebridad), al nombre escrito o hablado de la persona o porque la evoca de la memoria”.

En un experimento se mostraron a un grupo de voluntarios los rostros de Bill Clinton o de George Bush Jr. Luego se hizo una imagen que mezclaba ambos rostros y se presentaron a los mismos sujetos. Fue sorprendente el resultado: los que habían visto antes una imagen de Clinton vieron a Bush en la imagen mezclada, y viceversa: los que antes habían visto a Bush vieron a Clinton. Resultados diversos ante imágenes idénticas. La única variable para explicar esa diferencia fue la previa exposición a un rostro o a otro: el pasado influye en cómo vemos el presente.

Otro hallazgo: cuando la persona reconocía a Clinton en la imagen ambigua (mezclada con Bush) se disparaban sus neuronas Clinton-específicas. Cuando la misma imagen la reconocía el sujeto como la de Bush, las neuronas disparaban menos de forma significativa. “Estos resultados indicaron que el reconocimiento consciente de un rostro jugó un papel crucial en que las neuronas dispararan, más bien que los estímulos visuales crudos”.

Estas diferencias, explica Koch, “ofrecen pistas acerca de cómo el cerebro toma información visual cruda y la transforma en algo significativo, lo cual puede estar modulado en el cerebro por otros aspectos de la experiencia”.

Entonces, ¿de qué podemos estar seguros? Un famoso experimento de psicología social presenta a un grupo de estudiantes diapositivas con diversos tonos de azul que se van graduando hacia el verde. El grupo debe decir, en voz alta, el color que ve. Es impresionante cómo el grupo, si se comienza con el azul, sigue llamando azul a proyecciones ya claramente verdes para un sujeto que entre después a la sesión y no haya estado sometido a la presión del grupo. El fenómeno del traje nuevo del emperador. “¿Pero, ven mal? ¡Esa luz es verde!”.

Esto puede explicar el motivo de que tan fácilmente veamos la necedad ajena y nos asombre que no vean lo que para nosotros resulta evidente. O, por el contrario, nos acusen de no ver evidencias por necedad.

Estos resultados explican conflictos entre naciones, grupos y personas. Israel o Palestina, Ucrania o Rusia, control de inmigrantes, vecinos malhumorados, comportamiento salvaje de masas ante amenazas inexistentes o exageradas. ¿Por qué los politécnicos no aplaudieron, sin más, la respuesta positiva a todas sus demandas, una por una, en diálogo público y callejero? Porque los mexicanos no estamos acostumbrados a triunfar. No “vemos” lo que la tradición dice que no puede ser.

De ahí que las relaciones humanas sean tan complejas. Pero también que la duda universal nos pueda conducir al solipsismo: nada demuestra que exista un mundo externo a mí y esa duda se extiende al propio cuerpo. Queda sólo el pensamiento vagando entre espejismos.

¿Será?

 

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