Berlín no era mi fiesta...

publicado el 09 de noviembre de 2014 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

Hoy, hace 25 años, cayó el Muro de Berlín. Llegué a Berlín a las pocas semanas. Me había perdido el concierto  en que se unieron varias orquestas, músicos de la Filarmónica de Berlín y coros y solistas de varios países, dirigidos por Leonard Bernstein, para celebrar con la Novena sinfonía de Beethoven la apertura de la Puerta de Brandenburgo. En el cuarto movimiento, donde coro y solistas cantan la música que Beethoven puso a la Oda a la Alegría de Schiller, tuvo un cambio de letra para lágrimas del público: el coro final cantó la exclamación: Freude! Freude! (¡Alegría, alegría!) como Freiheit! Freiheit! (¡libertad, libertad!). Nadie lo esperaba. Ni yo cuando escuché la grabación y debí regresarla para volver a escuchar, una y otra vez, hasta quedar convencido y en lágrimas: Dos sílabas similares, Freude (froide) y Freiheit (fraijait).

“No tengo palabras en este momento. Es maravilloso”, dijo Bernstein, de 71 años entonces. “Son las Navidades más felices de mi vida. Pensaba que moriría sin ver esto”. Tampoco la multitud de varios miles que seguía el concierto desde pantallas gigantes. Quise ir por tren desde París. El recorrido fue asombroso: en Bélgica cambió tripulación y nos atendieron azafatas con cara de huevo, como pinturas flamencas del Renacimiento: idénticas en el óvalo y los ojos chiquitos. Luego vino el cruce por la todavía Alemania del Este: aquello no era Alemania, quizá campos secos y yermos de Mongolia.

Llegué a Berlín cuando quedaban kilómetros de Muro, ya sin riesgo de metralla si uno se acercaba demasiado: alto y lleno de graffiti por el lado que había dado al Berlín Occidental: esa isla rodeada por la Alemania Democrática: ironía de nombre para la porción de Alemania sin democracia. De ese lado era posible llegar hasta el Muro y pintar imágenes, consignas, letras entrelazadas. Del otro lado la población no se podía acercar: había guardias, casetas y alambradas previas.

Luego de 25 años, Unter den Linden (Bajo los Tilos) ya no se interrumpía en la Puerta de Brandenburgo. Por kilómetros de Muro había una verbena: músicos, vendedores de salchichas y algodón de azúcar, risas, predominancia de veinteañeros. Y claro, el negocio de vender el Muro al que se dedicaban los turcos: sentados en la acera en cuclillas, como sólo algunos pueblos pueden hacerlo, exhibían desde una cara pieza diseñada por un artista, que consistía en un modelo de unos 30 centímetros de muro con su remate redondeado (para evitar el apoyo de quien lo quisiera saltar) y una incrustación del Muro, un trozo grafiteado y de abundante color. Todo sobre una base de madera y una placa de metal. Luego había trozos sueltos: un precio para los que tenían color, otro para los grises del concreto interior, más baratas las moronas en bolsitas de plástico. Y, por último, un juego de marro y cincel que rentaban por hora y así uno arrancaba su pedazo.

En medio de la felicidad me cayó un rayo que me dejó frío: una voz, como la que dijo “Este es mi Hijo muy amado”, tronó: Ésta no es tu fiesta, canalla... Tú diste razones para la existencia de esto que ahora desaparece, tú lo justificaste con la lógica que daban los gobernantes del Este, lo creíste y lo propalaste. Miré a los muchachos enfiestados, cantando, comiendo, riendo, noviando y me sentí desnudo: ¿Cómo me verían si supieran? Mi intención fue salir de la fiesta ajena. Pero vi una opción mejor: ayudar a tirar aquello. Iba a rentarle a un turco cincel y martillo cuando una pareja me ofreció los suyos a los que todavía les quedaba más de media hora.

Nunca hubiera creído que el concreto respondiera al golpe de marro como si fuera hierro sólido: no salió ni una arenita. Finalmente vi una parte ya debilitada, un hoyo que permitía ver al otro lado. De allí saqué un trozo de pocos centímetros que me costó media hora de marrazos descargados con odio, contra ese símbolo, contra mí, sobre todo contra mí. Sudado y con incontenibles lágrimas entregué el marro y el cincel. Aún guardo el pedazo.

El doctor está hasta las 5= a las 5 se va. El doctor NO está hasta las 5= a las 5 llega. De 30 países hispanohablantes, sólo México se hace bolas.

 



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