Las pasiones vehementes

publicado en la revista «nexos»
# 304, abril de 2003

 

La ciencia es rebeldía, ira productora de leyes contra la injusticia; es asombro que nos conduce a descubrir causas, a extasiarnos con resultados. El descubrimiento científico está fundado en pasiones: el asombro, la ira, la vergüenza y, sobre todo, el temor.

Cuando Descartes llama al asombro “la primera de las pasiones”, lo describe como el estado que hace posible el aprendizaje. Así comienza Philip Fisher The Vehement Pasions, doce capítulos dedicados a la osadía, el temor, la ira, la aflicción, la vergüenza “y las otras pasiones vehementes” que “nos diseñan un mundo inteligible”, pasiones que crean un mundo que podemos comprender, y lo crean por medio de diversos horizontes que llegamos a conocer sólo en experiencias que comienzan con estados apasionados o vehementes dentro de nosotros mismos. Contra lo que se suele pensar, la ciencia en nada se asemeja al conocimiento frío y desapasionado que presupone cierta imagen idealizada. La ciencia es rebeldía, es ira productora de leyes contra la injusticia; es asombro que nos conduce a descubrir causas, a extasiarnos con resultados. El descubrimiento científico está fundado en pasiones; el asombro, la ira, la vergüenza y, sobre todo, el temor.

A partir del trabajo de Aristóteles sobre la tragedia sabemos la función que juegan la piedad, el temor, la sorpresa, el sufrimiento en la experiencia estética del espectador de una tragedia, hoy día de una película, el lector de una novela. En lenguaje cotidiano y con mayúscula, el cristianismo ha convertido la Pasión en el sufrimiento de Cristo y así “pasión” toma un color de sufrimiento. Los filósofos estoicos vieron en las pasiones también un sufrimiento, pero arraigado en el engaño que nos produce el mundo, y en esta concepción el estoicismo occidental se enlaza con Oriente. El plural “las pasiones”, en inglés y francés le suena a Fisher como arcaísmo que ahora se sustituye por “las emociones”; mas para quienes hablamos español la expresión todavía conserva su carga pecaminosa: “las pasiones” conducen al infierno.

Hay pasiones que se bloquean entre sí: leemos en la Ilíada cómo los jefes militares insultan a sus tropas con la intención de producirles rabia y que así esta pasión cubra al temor de perder la vida en la batalla inminente. Hay también pasiones que surgen en la infancia, como recuerda San Agustín en sus Confesiones-, si llamamos a un niño pequeño “inocente” es sólo porque carece de la fuerza necesaria, no porque carezca de la voluntad para hacer daño. Y recuerda sus propios celos al ver a su hermano menor en brazos de su madre. “Darwin empleó las expresiones faciales de una joven ciega, Laura Bridgman, como evidencia de que no aprendemos a expresar las pasiones simplemente mirando las caras de otras personas”.

El radio que cubre la voluntad puede ser tan inmenso como en Dios, limitada en los reyes y minúscula en los humanos comunes. Hay defectos en las pasiones, como el hombre que Aristóteles llama in-irascible, incapaz de enojarse cuando debe y donde debe. Y así Fisher aplica herramientas de Hobbes, Hume, Kant, Kierkegaard, Heidegger, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, William James; elementos de la Ilíada, Edipo Rey. Macbeth, Darwin, Proust y toda la filosofía y la literatura para analizar las pasiones y su vehemencia.

El temor mutuo

Pero un capítulo resulta de especial interés por su aplicación a nuestros días, el que analiza el temor que nos tenemos los unos a los otros. Hace 30 años, dice, Robert Nozick imaginó una de las más extremas formas de libertad: “Por qué no”, se preguntó, “permitir todas las acciones, aun la violencia contra otros, si posteriormente se paga una compensación”. A uno le podrían romper una pierna o herirlo de un balazo, estaría permitido si luego se pagaran los daños. Se responde enseguida Fisher que ese mundo sería aterrador sobre todo para aquellos a quienes no alcanzara la violencia. El robado y el herido recibirían compensación, pero vivir en lo que Nozick llama “temor anticipatorio”, sin sufrir nunca un daño físico, no sería compensado jamás.

Y estamos viviendo, en las grandes ciudades de México, ese imaginario “temor anticipatorio”. Es el que invade a los mineros sobrevivientes cuando se derrumba una mina y prevén que en otra ocasión podrían ser ellos los sepultados bajo toneladas de escombros. Es el de quien pasea por la noche y nunca ha sido asaltado, pero todos sus amigos han sufrido alguna forma de violencia y prevé que tarde o temprano le llegará su turno. “Este miedo nunca comienza, nunca termina, está a cada momento presente, como la gravitación”. Cada quien lleva en su corazón una imagen con lo peor que podría pasar.

Cuando este miedo anticipado a lo que podría ocurrirnos rebasa un cierto límite, nos cambia sin remedio la v ida. En un avión no encontraremos nunca en el asiento vecino a un pasajero aterrado por la posibilidad de que el avión caiga… porque se fue en autobús de Mérida a Tijuana. Nada lo hará subir a un avión. El paseante nocturno abandona su rutina, por gratificante que haya sido. Tomar un taxi en la ciudad de México es un azar que muchos evitamos con una llamada telefónica a un sitio de autos seguros, aunque caros. ¿Quién no elige reducir el miedo al mínimo posible?

Para evitar el miedo hemos construido sociedades que quisieran eliminar la guerra y los bandidos, donde ya no existen piratas ni animales feroces. Hemos controlado los ríos que se desbordan y construimos barcos y aviones cada vez más seguros. Pero cada que eliminamos riesgos de corto alcance, como el lobo afuera de nuestra puerta, crece la incertidumbre de largo plazo: sólo en un país muy seguro hay temor de que los fondos para el retiro se acaben hacia el año 2040. Una sociedad que ha reducido o conquistado el riesgo inminente nos permite vivir más y así imaginar incertidumbres que no habían inquietado a ningún grupo humano porque a los 30 años, en que morían, no alcanzaban a inquietarse por su próstata, por el cáncer de mama ni por sus medios de subsistencia en la vejez.

El modelo clásico del miedo analiza el estado mental de una sola persona enfrentada a un perro bravo, a un asaltante, a la muerte prescrita por un juez o cercana en el campo de batalla. Son momentos, más o menos breves, que llamamos “experiencias” y que luego relatamos como “lo más aterrador que me haya ocurrido”. Son ocasiones en las que respondemos valerosa o cobardemente.

No es así con el miedo anticipado porque no vemos al perro que nos gruñe ni al ladrón que nos amenaza con un arma, sino los prevemos Hay una relación con el futuro, donde el presente es sólo un momento de decisión, una elección de estrategia o de acciones alternativas. Hay una gran diferencia entre estos modelos del miedo: el clásico está centrado en el presente y es profundamente legal (en el sentido de que hay un veredicto acerca de nuestro comportamiento, sea el de los demás o el propio); el otro está centrado en el futuro y es profundamente económico.

Un modelo matemático, que Fisher llama “alegoría social”, describe el temor a que un colega nos traicione. Se le conoce como dilema del prisionero en una rama de las matemáticas que es la teoría de los juegos. Mis alumnos lo veían obligadamente en el último semestre de Psicología como imposición dictatorial de su maestro. Quizá ya no se vea y se hayan librado de un hermoso modelo matemático.

En esencia es una matriz que analiza una situación de cooperación o traición. Una variante podría ser: dos presos, separados y sin posibilidad de comunicarse, reciben una oferta de sus captores: quien denuncie al otro saldrá libre. Si ambos se incriminan, ambos obtendrán sentencias largas. Si ambos callan, las sentencias serán cortas por falta de elementos probatorios. Si uno habla y el otro calla, recibirán sentencia corta el primero y larga el segundo. Ante esa situación, el dilema es cooperar o no cooperar, callar o denunciar. La mejor opción es que ambos cooperen y no denuncien al otro. Pero es la mejor sólo si el otro también coopera. Si no lo hace y traiciona, consigue una sentencia corta como premio y el cooperador una larga por callar en el interrogatorio. Aquí tenemos un caso donde ambos detenidos se temen porque uno puede perder al otro si decide apostar a la traición.

Fisher no lo menciona, pero la vida cotidiana está llena de “dilemas del prisionero”: no formarse en la cola y aprovechar que todos lo hacen rinde frutos únicamente si la cola no se deshace y todos se convierten en no cooperadores; pasarse un alto, tomar un carril prohibido, hacer trampa en un examen: son acciones no cooperadoras que sólo resultan ventajosas si los demás no rompen de igual forma la regla. De ahí el temor constante no sólo al crimen, sino al abuso, al vecino ruidoso, al auto estacionado en nuestra salida. Curiosamente, en un capítulo sobre el temor mutuo, Fisher no cita la conocida expresión de Sartre: el infierno son los otros.

Expone Fisher que, en plena Guerra Fría, el economista Thomas Schelling, en The Strategy of Conflict, pedía a su lector que imaginara la siguiente situación: “pistola en mano, bajo las escaleras para investigar un ruido, me encuentro cara a cara con un ladrón, también pistola en mano. Hasta si él prefiriera irse calladamente, tal y como yo prefiero, hay peligro de que pueda pensar que voy a dispararle, y dispare primero. Peor: hay peligro de que pueda pensar que yo pienso que quiere disparar. O puede pensar que yo pienso que él piensa que quiero disparar”. Y así… Este es el problema del ataque sorpresa. En el ejemplo, nadie ha hecho todavía un movimiento, el tiempo se detiene, el futuro está todavía abierto. El siguiente movimiento lo decidirá todo.

Esta incertidumbre acerca de los demás se encuentra en todas las esferas de la actividad humana: es la condición básica de todos los mercados, todos los matrimonios, todas las relaciones estratégicas. No es la incertidumbre ante una acción o una serie, como ocurre en el dilema del prisionero o al lanzar varias veces una moneda, sino ante relaciones en proceso de cambio: entre países rivales, inversionistas en un mercado, productores de computadoras, esposos y esposas, un padre y un hijo, un sindicato y la gerencia, donde se busca el equilibrio, más que la victoria o la derrota.

Con las perspectivas legal y económica, tenemos ante nosotros dos modelos del miedo. Y resulta terrible que algunos ejemplos imaginados por los autores predilectos de Fisher como situaciones extremas que sólo tenían por objeto ilustrar el proceso del miedo, sean ahora hechos cotidianos y el “temor mutuo” de este séptimo capítulo de Las pasiones vehementes lo veamos todos los días en otros ojos, porque así como vamos siempre temerosos por la calle, somos, dice y a todos nos consta, a la vez temidos. Cada quien va atemorizado de los otros y levantando temores de los otros. Atemorizados y temidos, así vivimos.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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