La vía rápida a la felicidad

publicado en la revista «Nexos»
# 255, marzo de 1999

 

Alrededor de dos figuras tutelares "el papa y Fidel Castro" Luis González de Alba construye un texto que profundiza en dos de las novedades que han llegado a ocupar un sitio de primera fila en la sociedad mexicana: la neoizquierda y el neorracismo.

 

EI papa y Fidel Castro son las cabezas de dos iglesias igualmente verticales que ofrecen, cada una a su modo, la vía rápida a la felicidad. Para el primero, la muerte es la puerta de entrada a la vida eterna; el segundo también es fan de la muerte: "Patria o muerte, venceremos". Ambos dicen luchar por los pobres, ambos encabezan Estados con una fe oficial, ambos tienen voces inapelables, ambos poseen una corte que los adula sin límite, ambos empuñan la última instancia de los tres poderes: ejecutivo. legislativo y judicial.

La sangre de Cristo derramada para nuestra salvación, la sangre del héroe que nos redime.

Una nos salva de la opresión del diablo, la otra de la opresión del malvado. Ambas iglesias están encabezadas por hombres, pero basadas en la feroz defensa de mujeres. Al papa y sus monaguillos, en su última visita a Francia les diseñó el ajuar una casa de alta moda y "Marcos" tiene a su más ardorosa fan en la representante de Nina Ricci. Los modelitos guerrilleros son especialidad de la exitosa cadena de tiendas Banana Republic y de Africam.

El llamado de la selva

A todos nos llama la selva: es un poderoso símbolo sexual: calor, ríos, vegetación lujuriante, sexo libre. Es una fantasía que tenemos implantada en lo más profundo del inconsciente y en la que han caído hasta la fundadora de la antropología relativista, Margaret Mead, quien encontró en Samoa un paraíso sexual inventado por sus dos informantes. Pero lo encontró porque deseaba hallarlo, y Mead lo deseaba porque es un viejo deseo humano. Milton le puso nombre: El paraíso perdido. Es todavía mejor The Cali of the Wild. mal traducido al español como El llamado de la selva, pues ocurre en regiones cercanas al ártico. Gauguin fue en busca de la libertad a Tahití. la isla paradisiaca por antonomasia. sólo para encontrar que las normas eran otras, pero seguían siendo normas, en ocasiones tan estrictas como en París.

En este siglo hemos visto surgir la mayor libertad sexual en las selvas humanas, en los cines pomo de Nueva York, en las saunas de San Francisco, al fondo de los bares de Berlín. Los años pre-sida vieron en los países industrializados lo que ninguna tribu desnuda y tropical ha siquiera imaginado.

De esa misma zona del inconsciente nos surge la admiración por los bandidos buenos como el Zorro. Robin Hood y ahora "Marcos": la convicción de que una vez hubo un paraíso y que lo perdimos. Lo leemos en el Génesis, dentro de la tradición judeocristiana, la más abominable entre todas las religiones con excepción de la azteca. Pero existe en prácticamente todas las religiones. Quizás es el recuerdo genético de nuestro pasado africano. Hace tres millones de años la humanidad surgió de la selva africana. Cuando fuertes cambios climáticos convirtieron la selva en sabana, nuestros antepasados perdieron su paraíso. Quizá desde entonces lo buscamos. Por tal razón ese paraíso siempre es tropical y selvático, con gente desnuda y cálidas fantasías sobre un supuesto sexo libre que jamás ha existido. Ningún laico logró precisar ese mito como Rousseau.

La penúltima promesa de esa dicha es el paraíso ofrecido por el papa. La última es la Revolución, con mayúscula: el Día D en que todos seremos felices, ya sea por la segunda venida de Cristo o por las acciones de "Marcos". El papa y Fidel Castro fueron hombres guapos. El Che y "Marcos" lo siguen siendo. El Che porque permaneció eternamente joven, como James Dean. Ambos desearon ser un cadáver guapo. "Marcos" porque no se ha quitado la máscara y los ojos son bonitos, y la nariz es grande. fuerte y prometedora. De igual forma, todas las imágenes de Cristo lo presentan como un hombre de gran belleza y apostura. El llamado Santo Sudario, una falsificación del siglo XIV, según lo dijo en ese mismo siglo el obispo de Troy y confirmó el estudio reciente con carbono 14. no ha tenido más éxito porque el rostro que vemos es el de un judío feo. Si hubiera mostrado un parecido con Jeffrey Hunter en Rey de Reyes arrebataría más multitudes que la Virgen de Guadalupe, otra imagen muy bella.

La Revolución como "piñata"

No fueron los sandinistas los primeros revolucionarios en repartirse los autos y mansiones de los malos, ya se les habían adelantado muchos otros revolucionarios, entre ellos los nuestros. Otro de esos momentos de triunfo es la revolución anarquista paralela al levantamiento de Franco en España. En El corto verano de la anarquía, Hans Magnus Enzensberger pinta con maestría el callejón sin salida de la Revolución. Dice Diego Abad de Santillán (el dirigente anarquista que escribió Por qué perdimos la guerra en España): "Sólo una conciencia clara y una cultura social de las masas puede impedir que en los grandes movimientos revolucionarios predomine la estrechez de miras, la venganza personal y la codicia de los ambiciosos".

¿Y quién determina si esa conciencia ya existe o "las masas" todavía no la tienen" La caída del "socialismo real" ha venido descubriendo historias infames de venganzas personales. Kundera no fue novelista, sino microhistoriador. La caída de Castro no ha sido necesaria para que conozcamos historias igualmente abominables ocurridas a la sombra de la Revolución. Chiapas es ahora una madeja inextricable donde las familias de Montescos y Capuletos se acusan y contraacusan de asesinatos y vejaciones. El otro Acteal sigue sin ser atendido por los medios, el Acteal donde los buenos, antes de ponerse a rezar para detener a los malos, asesinaron en una emboscada el 17 de diciembre a Agustín Vásquez Secum "como antes habían matado a otra decena y media", asesinato que inició el penúltimo capítulo de una tragedia que no termina porque el odio todavía no permite el arrepentimiento ante los crímenes mutuos, aún no llega la hora de llorar tanto por Romeo como por Julieta, víctimas y culpables de una cadena de venganzas a la que ya nadie le conoce el principio. ¿Quién mató primero?

El mismo Diego Abad de Santillán ofrece la siguiente escena que podemos colocar lo mismo en la revolución de 1936 que donde sea:

Los comedores populares, que se improvisaron por doquier en las baniadas y daban de comer gratis y cuanto quisiera a quien lo pedía, funcionaron varias semanas y consumieron todas las reservas de que disponían la ciudad y el campo. Nos exigían cada vez más víveres, y cuando no podíamos dárselos, iban a buscarlos directamente a los almacenes y comercios. No dejaban nada para las milicias del frente. Sus "incautaciones" arruinaron la economía de la región. Fueron una constante pesadilla que nos causó trastornos y mucha impopularidad. La falta de conciencia no podía atribuirse sólo a ciertos partidos u organizaciones: fue un fenómeno general. Para mucha gente la revolución consistía principalmente en repartir el botín y disfrutarlo. Muy pocos pensaban en volver a llenar los depósitos saqueados y en intensificar el trabajo en la industria y en la agricultura.

Suena perfectamente conocido.

La neoizquierda y el neorracismo

Dos novedades han aparecido en México como producto de la revolución de los catequistas, hijos de la Iglesia y de Fidel: la neoizquierda y el neorracismo. Se toman juntos y se va de la una al otro sin solución de continuidad.

La neoizquierda es muy fácil de definir: es la paleoderecha o, más sencillo, la derecha de endenantes. Es el PRI travestido de Revolución Democrática pero con los mismos usos y costumbres, son los viejos priistas molestos porque la generación de jóvenes tecnócratas avorazados no hizo cola y los saltó sin miramientos. Son los que estuvieron en el PRI mientras les dio y se fueron cuando les dejó de dar. Hoy admiran al papa y a Fidel Castro. ¿Por qué no? Son las muchachas que, cuando otros éramos muchachos de mitin contra la guerra de Vietnam, iban a la Ibero con su falda tableada en invierno; son los muchachos a quienes les parecíamos mugrosos y vulgares al vernos desde sus autos, regalo de papá, esperando el camión. Son los muchachos y muchachas que se enojaban porque cerrábamos la Facultad de Filosofía por una protesta (y tenían razón: nuestros métodos no eran democráticos, pero eso no estaba de moda). Son los que ahora, treinta años después, y profundamente arrepentidos de su pasado, se han dado a buscar el tiempo perdido; se siguen vistiendo en Nina Ricci, pero encuentran encantador al sub. "O sea. ¿ves?, es que es la buena onda". Son como san Agustín: una juventud parrandera y divertida, luego una conversión súbita en la vejez. Felices aquí y felices allá. Entonces nos miraban feo porque éramos los mugrosos; hoy nos siguen mirando feo porque somos la reacción. Sorpresas que da la moda. A eso se llama, con título de película de aquel entonces, II sorpasso, el rebasón. El de ellos fue un rebasón por la izquierda gracias al cual cayeron parados. Entonces eran los buenos, hoy lo siguen siendo.

El neorracismo es más inaprensible, imprecisable. El mejor ejemplo lo dio no hace mucho Sergio Pitol. Escritor de gran exquisitez, en cuyas novelas siempre hay una embajadora vestida por Balenciaga quejándose del pésimo francés en que una duquesa húngara vestida por Schiaparelli conversa acerca de alguna cena memorable en Venecia; Pitol, un hombre alto y blanco, tan dado a hablar de política como Cárdenas a escribir versos alejandrinos, nos dice, llevado por la moda tumultuaria de los inspectores internacionales que en las reuniones a las que asiste (cito de memoria), el más feroz crítico de los indios es siempre alguien de inocultables rasgos indios. O sea, podemos concluir que se debe ser alto y blanco hasta para tener derecho a mostrar desacuerdos con las demandas presentadas por el EZLN. Quienes por nuestro color podríamos tener algún indio danzando en nuestras venas debemos callar obedeciendo los mandatos de los cincuenta autotitulados "la sociedad civil", en su mayor parte blancos, aunque no todos altos, más algún raro frijol en el arroz. De nuevo los prietos somos echados del concierto de la gente bien, única con todos sus derechos a salvo. Hace decenios era necesario ser alto y blanco, como Sergio, para no ser mal visto en ciertos restoranes, casi siempre llamados "Ritz" en todo el mundo, e indispensables en sus novelas y cuentos; luego fue necesario ser alto y blanco para ser admitido de inmediato en las discoteques de moda; ahora la libertad para hablar de los indios sin tapujos, sin reservas mentales, sin miramientos, con igualdad, y no darles la razón cuando nos parece que no la tienen, es un derecho exclusivo de los altos y blancos. Los demás nos vemos mal, dice Pitol, como antes nos vimos mal en sus novelas al pretender codearnos con los blancos.

Perdón si me apitolo un poco al narrar lo siguiente. Hace un par de meses me detuve en Barcelona a saludar a mi amiga Claude. Me mostró los últimos libros de Sergio Pitol. Medioleí de prisa algunos párrafos y encontré uno memorable, verdadero súmum de su estilo: los divertidos esfuerzos de una seria dama por retener la atención de su elegante auditorio mientras relata una tediosa historia. Un humor extraordinario. Pero el fino humor de esa cena en alguna embajada se convierte, en otras páginas, en carcajada gruesa al descubrir los retratos juveniles de algunos famosos miembros de la sociedad civil, como ahora se llaman aquellos abajofirmantes de otros años, dibujados por Sergio. Nos enteramos así de que éstos se expresaban, ya desde la preparatoria, como seguros miembros de la protosociedad civil, y ninguno (ni ninguna) volteó jamás a mirar una bragueta ajena, tan preocupados estaban, ya en su concientizada juventud, por los más serios asuntos de la patria. Pifias del recién asumido compromiso político de un escritor como Sergio. Sacrificio en el altar del dios mercado libre, porque ahora esos productos se venden y algunos escritores se apresuran a surtir los pedidos. Prueban así, con su propia cabeza, cuánta razón asiste a quienes denuncian nuestro sometimiento al mercado, ese vicio salinista, según algunos.

Gallina el que se raje

Quizá todos los de mi generación recordamos a James Dean. Hoy vivimos de nuevo aquella carrera de arrancones donde Natalie Wood da la señal para que los autos, tomados en préstamo a papá, salgan a toda velocidad rumbo al abismo. El primero que frene para no caer al barranco es gallina. Hoy seguimos haciendo lo mismo. La gente (el pueblo, se decía antes, la sociedad civil ahora; el público, dicen los gringos) pide explicaciones fáciles. Y eso le sirve la oposición de ahora que antes fue PRI. Quienes fueron a votar el asunto del Fobaproa a los módulos dispuestos por el PRD, podían ignorarlo todo al respecto. Iban porque una explicación en blanco y negro lo pedía. El blanco y negro es hoy la moda hasta en la ropa juvenil, como demuestra tanta jovencita vestida de bruja. Es fácil, no debe uno pensar mucho. Es más complicado combinar colores. Otro tanto ocurre en política: las posiciones matizadas no prosperan. La clientela política se obtiene con lenguaje intransigente, con referencias a las grandes y buenas palabras como "revolución", siempre exentas de análisis. Son como pases mágicos. Pero, si revisamos el concepto nos topamos con lo que otro dirigente anarquista. Florentino Monroy. dice de la revolución en la misma obra citada:

Los guardias civiles estaban locos, no sabían de dónde venían las piedras. Al chocar éstas contra el empedrado saltaban chispas en la oscuridad. Piedras por todos lados. Los policías cargaron con caballos contra la gente. A nosotros no nos pescaron. No fue nada extraordinario, pero estuvo bien, porque la gente comprendió que con la lucha pacífica no se conseguía nada, y poco a poco se creó un ambiente revolucionario, parecido al que más tarde se extendió en todo el país a través de la CNT.

Supongamos que la revolución triunfa, como triunfó en Cataluña la revolución anarquista, aunque luego no supieran qué hacer con el triunfo ya que, por definición, como el "Marcos" de ahora (no el de hace cinco años), gobernar era contrario a la esencia del anarquismo. Supongamos que Monroy considera concluida la revolución. En adelante ¿ya son válidos los cambios pacíficos que antes eran inútiles? No, puesto que. por definición, "con la lucha pacífica no se consigue nada". El paso siguiente es derrocar por las armas a Monroy, o a "Marcos" o a Castro o al Che, si llega a triunfar en Bolivia. ¿Hasta cuándo? Hasta nunca la revolución en la revolución en la revolución en la... Per sécula seculorum, diría el papa, que ya habíamos dejado olvidado.

"Amén" respondemos todos.

 

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