Fronteras

publicado en la revista «Nexos»
# 428, agosto de 2013

 

Motores que oxigenan

Nada en el universo es más abundante que el hidrógeno, el más sencillo de los átomos, el átomo mínimo: un protón y un electrón. Las estrellas son, en su origen, nubes de hidrógeno que se compactan por acción de su gravitación. En la Tierra lo tenemos en abundancia bajo diversas formas, la más segura, como agua: océanos, mares, lagos, ríos, inundaciones, ciclones. Lo primero que nos enseñan en la escuela acerca de química es que el agua tiene dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. Si la escuela tiene un nivel regular, en el laboratorio nos pondrán a hacer electrólisis del agua: ruptura de la molécula y luego un ligero flamazo con el hidrógeno separado.

Es la energía limpia que deberíamos tener hace cien años si los veneros de petróleo no los hubiera escriturado el Diablo. Pero hacia allá vamos.

El problema es que la electrólisis del agua plantea un círculo vicioso: debemos emplear electricidad para separar la molécula y esa electricidad debe, a su vez, generarse antes de tener hidrógeno. Cuando un motor ya está en marcha, una simple banda mueve el generador que alimenta las chispas necesarias para las explosiones de gasolina. El proceso es el mismo para producir explosiones de hidrógeno en el motor, pero no basta para la electrólisis. Son ya varios los procedimientos que resuelven las dificultades. No resultan comerciales porque emplean platino.

El más reciente avance para crear una “economía basada en el hidrógeno” lo publica la Universidad de Wisconsin en Madison en el Journal of the American Chemical Society. Es excepcional porque evita el uso del caro y escaso platino requerido en la reacción que rompe la molécula de agua. Como catalizador (o acelerador) de la hidrólisis, los investigadores emplean un compuesto de molibdeno sobre un disco de grafito a lo que dan un tratamiento con litio para crear una estructura con propiedades catalíticas excepcionales.

El estudio, con fondos del U.S. Department of Energy’s Basic Energy Sciences, emplea elementos baratos y abundantes, así que el motor de hidrógeno resulta comercial.

Todas las marcas de autos disponen ya de prototipos movidos con hidrógeno corriendo en sus pistas de pruebas. Como un tanque lleno de hidrógeno es de mayor riesgo que uno de gasolina, la solución es llenarlo de agua, romper la molécula, usar el hidrógeno en el motor de explosión interna y lanzar por el tubo de escape oxígeno puro.

Una ley de hierro… rota

Es una ley biológica que las características aprendidas o los efectos del medio sobre el cuerpo no se heredan: una cicatriz del padre no pasará al hijo, una sonata interpretada por la madre deberá aprenderla. Cuando el suegro de Jacob le prometió todas las cabras que nacieran pintas, el imaginativo joven les hizo bebederos rayados y así nacían crías pintas. No le crea nada a la Biblia.

Pero esa ley de hierro muestra cuarteaduras: las mutaciones genéticas causadas por el estilo de vida de los padres sí pueden heredarse a los hijos, señala el Journal de la Federation of American Societies for Experimental Biology del pasado mes de julio.

El equipo encabezado por Roger Godschalk en la Universidad de Maastricht, Holanda, buscó mutaciones del ADN en niños pobres y ricos. Descubrió que las mutaciones transmitidas a los hijos se incrementaban si los padres eran pobres: “Los padres en el grupo de bajo ingreso con más frecuencia resultaron fumadores de cigarrillos que los padres con ingresos altos” y el humo incrementa el número de mutaciones. El equipo hizo dos grupos de familias a partir del Norwegian Mother and Child Cohort Study, uno con bajos ingresos y otro con altos. No explican, sólo advierten, que los pobres fuman con mayor frecuencia en esos grupos.

Que las condiciones de vida de los padres afectan a los hijos es una obviedad que no requiere confirmación. Pero lo que nos dice el estudio es que el estilo de vida de los padres, antes de la concepción, afectará su progenie. Lo que hacen, antes de la concepción, “afecta el legado genético de sus hijos, para bien o para mal”.

La imaginación cambia lo que vemos y oímos

En estos tiempos de discrepancias políticas y sociales graves, no somos pocos los que nos desesperamos ante la terquedad de otros… que se desesperan por nuestra terquedad. En ocasiones hay simple mala fe y negación de las evidencias “por así convenir a mis intereses”, dice la fórmula legal. Pero en otras es la evidencia misma la que resulta diversa. Y la discrepancia en la percepción es honesta.

Un estudio del Instituto Karolinska, en Suecia, “revela que nuestra imaginación puede afectar cómo experimentamos el mundo más de lo que pensamos. Lo que imaginamos oír o ver puede cambiar nuestra percepción misma”. El estudio se publica en Current Biology.

“Con frecuencia suponemos que las cosas que imaginamos y las que percibimos están disociadas de forma clara”, dice Christopher Berger, autor principal del estudio. “Sin embargo, nuestra imaginación de un sonido o de una figura cambia la manera en que percibimos el mundo”, es la conclusión del estudio.

“Encontramos, específicamente, que imaginar un sonido puede cambiar lo que en realidad vemos, y lo que imaginamos ver puede cambiar lo que en realidad oímos”. El equipo llegó a estos resultados con una serie de experimentos en los que la información de un sentido cambia o distorsiona la percepción de otro sentido. En uno, los participantes experimentaban la ilusión de dos objetos aproximándose. Si imaginaban un sonido cuando los objetos se encontraban, la vista decía que se habían estrellado uno contra otro.

En otro experimento, la percepción espacial de un sonido, con una procedencia objetiva, se desviaba hacia donde los participantes imaginaran ver un círculo blanco. “En un tercer experimento, la percepción de lo que una persona estaba diciendo fue cambiada al imaginar un sonido particular”.

Es éste quizá el de mayor interés en nuestras controversias más recalcitrantes. El estudio demuestra cómo el cerebro se equivoca al tratar de distinguir entre pensamiento y realidad. Los expertos se refieren a los casos extremos patológicos, como la esquizofrenia. Pero es fácil ver que ocurre en diversos grados en toda área con valores en disputa: basta con imaginar un sonido para que oigamos a una persona decir otra cosa y no lo que está diciendo.

“Éste es el primer conjunto de experimentos que establece, en forma definitiva, que las señales sensoriales generadas por nuestra imaginación resultan lo bastante fuertes como para cambiar nuestra percepción del mundo real en otras modalidades sensoriales”, concluye Henrik Ehrsson, quien encabeza el estudio.

La depresión es visible en el cerebro

Una estructura clave que regula emociones trabaja de forma diferente en niños con depresión y sin ella. El estudio se hizo con preescolares en la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington en St. Louis.

Las diferencias se buscaron en el cerebro por medio de resonancia magnética funcional (fMRI). Los niños diagnosticados con depresión mostraron elevada actividad de la amígdala cerebral, uno de los núcleos localizados en la parte más interna del cerebro y esencial, con el hipocampo, en la formación de las emociones.

Ver fotografías de rostros humanos era suficiente para que la amígdala se activara, sin importar la expresión del rostro en la fotografía. “Creemos que el estudio demuestra que hay diferencias en los cerebros de estos muy pequeños niños y que eso puede ser la marca del principio de problemas que duren toda la vida”, dice el autor principal, Michael Gaffey. Es un descanso para padres agobiados con sentimientos de culpa inducidos por psicoanalistas que les atribuyen la depresión recurrente en hijos que, a su vez, se aferran a la idea del analista.

El estudio se publicó en el número de julio del Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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