Sicilia y su batea de babas

publicado el 14 de enero de 2013 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Hace unos meses secuestraron en Guadalajara a mi primo Carlos González. Los delincuentes pedían una cantidad de millones que nunca tuvo. En días pasados, los restos de un hombre alto y aún joven parecieron coincidir con sus características. Una prueba de ADN dio positivo. Era él.

Los González tuvimos todos una infancia sin lujos. Carlos era hijo de uno de mis tíos menores que sacó adelante a sus hijas y al único hijo varón con trabajos por su cuenta en todo lo que exige el mantenimiento de una casa: pintura, instalación de antenas de tv (cuando las había), fontanería, reparaciones de sistemas eléctricos. Su hijo Carlos prosperó lo suficiente para comprar una casa a sus padres y otra a su nueva familia. Ninguna hacía suponer un propietario con millones. Es posible que el atractivo haya sido que, además de su empleo, comprara y vendiera buenos autos, y se veían.

El secuestro, el homicidio, la venta de "seguridad" (no se te vaya a quemar tu negocio si no pagas), el robo en las calles, la agradable zona de Chapultepec convertida en territorio del temor al asalto a la luz del día, son los delitos que los mexicanos ya no soportamos más. A nadie le importa el narco ni lo que se meta en la sangre otra persona, mientras no haga daño a terceros: cocaína, marihuana, éxtasis, pastillas, ¡que la gente consuma lo que quiera! Y que se mate quien quiera. Se matan con alcohol y tabaco legales.

El Estado no está cumpliendo con su obligación esencial, para lo que nació en la prehistoria: dar seguridad a sus ciudadanos. No es impedir que se emborrachen (sí lo es que no sean un peligro para otros), no es expropiar el carrujo de mota ni confiscar las dosis de cocaína, o evitarles que beban demasiada Coca-Cola y se produzcan una diabetes. ¡No nos cuiden de nosotros mismos! La obligación del Estado es cuidarnos de terceros que afecten patrimonio, salud o vida.

Y Javier Sicilia sale con su batea de babas: cuando el Estado es omiso en cuidarnos debe pagar su falta a los familiares de la víctima. Suena bien sólo para quien tenga tres neuronas y logre sus versos con rapacidad: el Estado no es GNP, no es una aseguradora privada que paga a los deudos con dinero que dejan de ganar los socios de la compañía. El gobierno tiene nada más el dinero que los ciudadanos pagamos como impuestos. ¿Quién va a resarcir el daño a las familias de las víctimas? Ni un centavo pondrá Peña Nieto, besuqueado y alabado por firmar lo que no le cuesta nada y le ofrece reflector. Pagaremos los contribuyentes el delito de otro. Y Sicilia, tan orondo.

Tan dignos de respeto Alejandro Martí y la admirable señora Isabel Miranda, cuyos hijos muertos a manos de la delincuencia los convirtieron en formidables defensores del ciudadano inerme, como detestable Sicilia y sus baratijas demagógicas en el morral, los besos y su Ley de Víctimas. El presidente Calderón no aprobó esa ley porque es basura. Como la presentó Sicilia es una mierda: es víctima hasta el sicario abatido por el Ejército (alma cristiana de Sicilia), no paga el victimario sino el contribuyente, sirve para una puta y siciliana madre. Cuando la víctima es un atropellado, paga el conductor (o su seguro privado); los heridos y muertos por el horrendo transporte público del país se cargan, o deberían, a los propietarios del transporte. Calderón envió a estudiar cada parte de la "ley Sicilia" porque se le ven de lejos los agujeros.

Luego, en un acto de puro relumbrón y oportunismo, el presidente Peña Nieto aprobó la ley patito con todo y sus burdas costuras de fárrago, ignorancia, chapuza, la falta de juristas y los muchos demagogos. Por eso Peña Nieto adelantó que la tal ley "es perfectible". Toda ley lo es. Pero cuando se desea legislar, y no posar, primero se perfecciona el proyecto cuanto es posible, se integra un equipo de expertos en jurisprudencia, luego se aprueba. Y es la práctica la que dicta si exige ajustes. Nos avisan que "se va a perfeccionar" porque saben que se aprobó por un acto de vil oportunismo.

Resarcir a las víctimas con el dinero de los contribuyentes y no con los bienes del victimario entra en la vieja idea asistencial que por 200 años ha dominado el pensamiento de mexicanos con el nivel de Sicilia: el gobierno tiene mucho dinero que nos debe repartir. No, no es así: somos nosotros los que damos dinero al gobierno, y seremos quienes paguemos por lo que hicieron los criminales.

Iniciativa con proyecto de decreto para expedir la ley general de víctimas.

 

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