Tristeza

publicado el 12 de noviembre de 2012 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Si hay un sentimiento que me despierta el presidente Felipe Calderón es tristeza. Sé que no lo favorezco al decirlo, pero hizo cuanto le fue posible por ocultar su obra. Que es magnífica.

El feroz antipriismo de Calderón lo llevó a entregarse en brazos de su enemigo acérrimo: el PRD de López Obrador con sus satélites: el PT y el MC, o como ahora se llame esa cosa. ¿Quién in the hell lo convenció de que fulanos que le negaban el título de presidente, evitaban retratarse con él, y no le extendían una mano, si no amistosa, al menos cortés, podían ser sus aliados en temas contra los que han gritado, vociferado y pataleado?

Eso da para monumental novela política y tiene los elementos de la tragedia clásica.

Como el magistral coro del Edipo Rey de Sófocles, una buena cantidad de mexicanos le hicimos señas, primero discretas, luego a gritos: ¡No, Felipe! ¡No! ¡No sigas preguntando quién causó la peste de Tebas! Como en la trama calculada por Sófocles: a la vista del público, que ve el abismo, el héroe se precipita mientras el coro clama su horror.

Calderón no aprendió de su maestro, Carlos Castillo Peraza, imprescindible para las reformas, todas ellas en el sentido que exige el mundo actual, que dejó Salinas a medio terminar y Zedillo sólo tuvo tres años de zancadillas.

Los dos presidentes panistas comenzaron mal: Fox, al fin vendedor de coca-cola, derrochó su triunfo sin saber ni cómo, no tuvo idea de cuánto dolo y mala fe puede ocultar un corazón que lo ve como enemigo de clase: Marcos lo usó con astucia. Fox jugó limpio con el tahúr y así le fue.

A Calderón su panismo anticuado lo condujo a una guerra con objetivo erróneo: no eran los narcos que llevan mariguana a EU, y no preocupan a aquel gobierno pues se vende con receta y ya en dos estados por la libre, sino los que secuestran y matan en México. Olió a rancio. Una frase de Cristo, en no recuerdo cual Evangelio, es: Dejad que mis hijos se metan lo que quieran por donde les guste.

La tarea del Estado no es pasar aplanadoras sobre botellas de ron o tequila, sino proveer los laboratorios donde se analice la calidad y que los vendedores paguen impuestos, cumplan con las prestaciones de ley para sus empleados, y los consumidores no conduzcan después un vehículo. Tampoco es quemar mariguana y decomisar cocaína con rumbo a Nueva York. Un pasón de heroína mata al que por su gusto se inyectó. A nadie más. Destruyen más familias madres y padres de alcoholismo relapso que un ciento de mariguanos musitando "paz y amor, broth..."

No supimos, sino al final del sexenio, en espots a toda prisa, que el gobierno de Calderón duplicó la red de carreteras, que hizo un puente para salvar la sierra de Durango con soportes como la torre Latinoamericana en el DF, que sus programas de Seguro Popular cubren a toda la población necesitada, que sus programas sociales crearon miles de micro-empresas familiares. Todos sabemos que la presa más grande del mundo es la de Las Tres Gargantas, en China, con altura de 185 m. Ayer supe que La Yesca, recién inaugurada por Calderón en Nayarit, es más alta: 208 m. Capoteó la crisis económica mundial de 2008, ha resistido la crisis del euro.

No supimos de estos logros porque estábamos atentos a que las cabezas encontradas en Tamaulipas no hacían juego con ninguno de los cuerpos tirados en Acapulco. Leíamos preguntas acerca de cuántos muertos más hacían falta, como si Calderón pudiera poner una cuota. Nos perdimos en páginas rojas. A muchos nos fue imposible seguir a los expertos que veían que el cartel C se había dividido en tres, uno a cargo de El Clodomiro, otro con El Satanás y otro con El Prepucio, aliado al que fue cártel de Huimanguillo y ahora es Las Hermanas de los Cátaros. El "árbol genealógico" de los narcos es imposible de retener en la memoria para gente como yo. Y, la verdad, tampoco me importa.

Añadamos las pérdidas personales del Presidente, Juan Camilo Mouriño y Francisco Blake Mora, secretarios de Gobernación y amigos, muertos en accidentes que no debieron ocurrir en transportes al servicio de los más altos funcionarios de México.

Te vamos a extrañar, Felipe. Y a una gran Primera Dama, también.

Gonzalo Rivas

Se investiga la muerte de dos normalistas en la refriega con policías al liberar una caseta de pago, ¿y el asesinato de Gonzalo Rivas, quemado vivo por esos normalistas al incendiar la gasolinera donde trabajaba?

 

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