Equinoccio o la burra al "maíz"

publicado el 18 de marzo de 2012 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

De mal en peor: me llegó por internet publicidad de Bancomer para que use mi magnífico crédito y los beneficios de mis tarjetas en ir a "cargarme de energía positiva" este próximo equinoccio de primavera... Haga la prueba de buscar la hora exacta en que ocurre el equinoccio y Google le pondrá centenares de páginas donde agencias de viajes le ofrecen "ir a ver" el equinoccio de primavera no sólo a Chichén o Teotihuacán, sino a la Peña de Bernal y otros lugares mágicos.

Va de nuevo: durante el equinoccio no llega ninguna energía que no llegue en cualquier otra fecha, no tenemos los humanos pilas recargables, no se ve nada, no hay señales en el cielo ni serpientes que bajan escalinatas. Anda por la red una foto preciosa del solsticio de verano (junio) en Nueva York: el sol poniente pasa de forma exacta por en medio de sus avenidas... En diez mil años, no habrá manera de convencer a los creyentes de que la traza de Nueva York no se hizo para indicar a sus habitantes el solsticio de verano. Dirán que los escépticos no vemos lo evidente.

Equi-noccio significa "noche igual", igual al día: en todo el mundo hay las mismas horas de luz y de noche, sale el sol por el este exacto y se pone por el poniente exacto. Pero el equinoccio preciso no es un día, sino un instante que ocurre entre el 19 y 21 de marzo, según el año y el horario de cada lugar sobre el planeta. En algunos sitios ni siquiera hay sol. Por ejemplo, el próximo equinoccio ocurrirá el 20 de marzo a las 5:14 UTC (Universal Time Coordinated o GMT: Greenwich Meridian Time), las 5:14 en Londres. La mayor parte del territorio mexicano se rige por el meridiano 90 grados (que pasa junto a Mérida) y tiene seis horas menos (90/15). Así que en Chichén Itzá y en Teotihuacán serán las 11:14 de la noche ¡del 19 de marzo! Como es año bisiesto, el día extra de febrero adelanta un día la fecha del equinoccio.

¿Qué ocurre? Al proyectar el ecuador terrestre sobre la bóveda del cielo tenemos una curva imaginaria: el ecuador celeste. El equinoccio ocurre cuando el sol lo cruza: hacia el norte celeste en primavera, hacia el sur en otoño. Ese movimiento aparente del sol se da porque el eje de rotación de la Tierra está inclinado 23 grados con 27 minutos respecto al plano de la órbita.

Otra más: si la Tierra no tuviera atmósfera y fuera lisa como bola de billar, con los polos marcados por una extensión del eje, al contemplarla desde el espacio en ese instante, vería usted que la línea de noche-día, o sombra-luz corta el planeta exactamente por los polos. Es apenas un instante... un instante después esa línea ya rebasó los polos.

¿Ocurre algo más? En estas latitudes nada, pero sí en el ecuador, pues el sol llega al cenit por primera de dos ocasiones, la segunda es en el equinoccio de septiembre. El cenit se obtiene con una plomada de albañil: la sostiene por la cuerda e imagina la continuación de la cuerda hasta dar con la aparente cúpula del cielo. Entonces, con el sol en ese punto, los objetos no proyectan sombra (la tienen debajo) y el sol puede verse reflejado en el agua de un pozo porque sus rayos no entran en diagonal, sino perpendiculares a la superficie del agua.

Conforme nos alejamos del ecuador, estas dos fechas se van acercando hasta que, sobre la línea del trópico, el sol alcanza el cenit sólo una vez al año: en el solsticio de verano. El trópico cruza muy cerca de Mazatlán y Tampico. Fuera del trópico, nunca llega al cenit.

Hacia el año 250 antes de Cristo, el bibliotecario de la famosa biblioteca de Alejandría, Eratóstenes, leyó un dato curioso: muy al sur, en la ciudad de Siena (no Italia, Egipto), hoy Asuán, al mediodía del solsticio de junio, los obeliscos no proyectaban sombra y el disco solar podía verse reflejado en el agua de un pozo. Eso no ocurría jamás en Alejandría, al norte del trópico, en la latitud de Cananea. Hay una explicación, intuyó: para que el sol caiga a plomo en Siena y diagonal en Alejandría, el mismo día y hora, la superficie terrestre debe ser curva. Mandó medir la distancia entre Alejandría y Siena y luego, sin más herramienta que un palo enterrado en la arena, marcó la menor sombra proyectada, puso una cuerda de la punta del palo a la orilla de la menor sombra y midió el ángulo superior. La magia de Euclides le dio la respuesta: ese ángulo mide lo mismo que otro, en el centro del planeta, que subtiende la curva entre Alejandría y Siena, porque son alternos... Luego sacó la proporción de ese arco respecto de 360 grados y, eureka: la Tierra es curva y tiene 40 mil kilómetros de circunferencia... En 250 a.C.

Maravillas y misterios de la física cuántica, Cal y Arena 2010.

 

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