El fin del mundo no ocurrió

publicado el 22 de mayo de 2011 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

Bien... si aparece esta nota el domingo 22 por la mañana será muestra de que el mundo no se acabó el sábado, como estuvo predicho. De cualquier forma, tenemos otra fecha, ésa sí inexorable, y es la que calcularon los mayas para 2012 (según interpretación de ciertos códices). La verdad, los mayas no me parecen muy confiables en eso de las predicciones, porque hay varias metidas de pata a su cuenta:

1. No previeron que la soberbia de sus gobernantes agravaría las consecuencias de un ciclo solar (que no conocían y no previeron...) durante el cual las lluvias son escasas. El metódico procedimiento para arruinar su cultura hacia el siglo X de nuestra era fue sencillo: hacían pirámides a cual más de altas y las recubrían de estuco pintado que es cal o yeso y colores. La cal se obtiene de la piedra caliza sometida a un largo proceso de cocimiento. Éste, a falta de un reactor que produzca la temperatura necesaria, se hacía con madera. Y los mayas tenían mucha: selvas de árboles enormes, entre ellos muchos caobos que arden de manera formidable.

2. Realmente no hubo un imperio en el sentido que damos al azteca, sino un conjunto de reinos en competencia, y con algunos inconvenientes, uno era el de tener que alimentar al Sol con corazones arrancados mientras aún palpitaban. Así que, a falta, también de Juegos Olímpicos, la competencia se daba en la elevación de pirámides desde las que se ofrecían los corazones.

Hacerlas más y más altas no era difícil porque no se empleaban bloques de granito con 2 a 60 toneladas de peso, como hacían los egipcios, sino piedra transportable en cestas y no había que resolver problemas arquitectónicos porque no eran huecas, como lo es una catedral, que se nos derrumba al menor fallo de cálculo en las columnas y contrafuertes. No, la pirámide es una forma que adquiere de manera natural, por gravitación, todo montón de piedras.

La Gran Pirámide tuvo una altura de unos 150 metros: la mitad que la torre Eiffel. Ninguna pirámide americana alcanzó siquiera un tercio de la construida para Keops. Ningún bloque de piedra tuvo el mínimo egipcio de dos toneladas porque, como un niño lo sabe, es mejor transportarlas partidas a lomo de humano porque los burros y caballos aún no llegaban con los españoles.

3. Los mayas trabajaron de más porque a ninguno de sus sabios ni de sus trabajadores se le ocurrió poner una rueda bajo la cesta y un par de palos para hacer manubrios. O sea, señoras y señores, una simple carretilla, como se usó en China, Babilonia y Egipto unos 5 mil años antes de los mayas. Lo verdaderamente difícil no era pues amontonar piedra de tamaño transportable en una cesta de paja colgada a la espalda de un hombre (al parecer sin cuota de género) y permitir que la gravitación hiciera su trabajo.

No, lo que estaba canijo era decorarla toda entera de yeso pintado para superar al vecino. Así que la selva aportó caobos y otras árboles que dan muy buena lumbre. El pueblo maya pagaba con esos esfuerzos y con lujos y alimentos especiales a la casta de reyes-sacerdotes encargada de hacer contacto con el Más Allá y dar, en primerísimo lugar, buenas lluvias para la milpa. Hacia el siglo VI de nuestra era, surgió Chichén Itzá, más o menos por los años en que cayó Roma, destruida por los bárbaros y la ley y el orden se refugiaron al este, en el Imperio Bizantino con capital Constantinopla.

Pero, como bien dice Ya-saben-quién, el pueblo se impacienta. Y tampoco en eso fueron los mayas excepción. Así que, luego de una espera razonable, fueron por estos señores, los hicieron pelota, como ellos acostumbraban para propiciar las lluvias y alejar las enfermedades y, una vez partidos todos los huesos necesarios, en vida, para entretejer una pelota humana, los echaron a rodar cuestabajo de sus multicolores pirámides.

Por entonces los árabes dominaban el Mediterráneo, traducían a Aristóteles, y en el califato de Córdoba reunían científicos y artistas con plena tolerancia religiosa mientras aceptaran El Libro (la Biblia), que hoy parece perdida.

4. El resto ya lo sabemos: la selva, terca, recuperó sus tierras, cubrió las pirámides, metió raíces en las piedras pegadas y, a la llegada de los españoles nadie sabía qué eran esas colinas. Y así permanecieron, como el castillo de la bella durmiente, bajo una capa vegetal, hasta el siglo XIX, en que un gringo rico (chin... tenía que ser) John Stephen, y un inglés, Frederick Catherwood, oyeron rumores de que bajo la selva se encontraban ruinas.

5. Que los reyes-sacerdotes-adivinos mayas no previeran la rebelión de "los de abajo" y el colapso de su cultura les da escasa garantía como adivinos del fin del mundo. Pero, menos aún si recordamos que, como los aztecas en pleno siglo XVI, seguían en el neolítico, la etapa de las armas de piedra, superado por los chinos unos 8 mil años antes: el desconocimiento del hierro perdió a los aztecas; la destrucción del ecosistema, a los mayas.

Maravillas y misterios de la física cuántica, Cal y Arena 2010.

 


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