1968 La fiesta y la tragedia

publicado en la revista «nexos»
# 189, septiembre de 1993

 

Durante los últimos 25 años se ha elaborado un sistema de creencias y explicaciones en torno de los sucesos conocidos como Movimiento Estudiantil del 68. Es ahora indiscutible la feroz represión ejercida por el gobierno de julio a octubre contra ciudadanos que demandaban bien poco y que la responsabilidad en el criminal remate del 2 de octubre fue toda del gobierno, como lo reconoció el propio presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, en su siguiente informe de gobierno; es también indiscutible el cambio profundo ocurrido en todos los niveles a partir de aquellas jornadas. Vivimos ahora otro México, aunque resulte positivo para obtener clientela política afirmar que estamos peor.

Otros aspectos de ese sistema de creencias no son tan indiscutibles.

El blanco y el negro

En estos 25 años los dirigentes del movimiento estudiantil de 1968 hemos hablado muy bien de nosotros mismos, y con razón: modificamos al país, hemos hecho partidos, sindicatos, publicaciones, leyes, cambios sociales y políticos. México es otro... el parteaguas... La épica del 68... La tragedia No pudimos levantar un monumento a las víctimas, pero lo hemos levantado a nosotros mismos: nunca nos dejamos transar, fuimos la imagen de la castidad y la pureza; la honestidad juvenil contra la torva maldad del gobierno.

Mucho hay de cierto y mucho de falso. Cambiamos el país, ciertamente. Pero el precio pagado, los centenares de víctimas caídas por la criminal intransigencia del gobierno, quizá, sólo quizá, lo pudimos haber ahorrado. El movimiento de 68 no fue una tragedia en la cual los héroes, nosotros, avanzan hacia el abismo a pesar de sí mismos, como Edipo que mientras más busca evitar el destino predicho, más se hunde en él; no estábamos en un callejón sin salida levantado por los malvados. Ni nuestra pureza intocada por las acechanzas de la negociación debió pagarse al precio de la sangre derramada en esos dos meses.

Las tésis de lecumberri

Comenzamos a elaborar nuestras convicciones en las largas tardes de ocio que da la cárcel. Sin datos, sin investigación, sin entrevistas a los contrarios, sin el trabajo detectivesco e histórico que los hechos merecían, llegamos a conclusiones similares dentro y fuera de la cárcel: por razones inefables el gobierno había montado una gran provocación a partir del 26 de julio. Como toda provocación tiene un objetivo y los largos cafés carcelarios sueltan la imaginación, aceptada sin mucho discutir la hipótesis de la provocación, sólo faltaba encontrar el objetivo. Estos podían ser tantos como participantes del café. Cuando llegaba algún militante del Partido Comunista la discusión giraba en torno a que "obviamente" se había tratado de aniquilar a la vanguardia de la clase obrera... ellos; si el invitado era un trotskista el rumbo era similar, sólo que el obvio objetivo había sido la vanguardia constituida por ellos.

Teníamos un dato para probar la hipótesis de la provocación: alguien había visto piedras en los botes de basura durante las manifestaciones del 26 de julio, con las que podemos fechar el inicio del movimiento si todos estamos de acuerdo. Pero puede haber piedras en uno o varios botes de basura por muchas razones y no sólo porque intencionalmente fueran descargadas allí con el fin premeditado de lanzarlas contra la manifestación de esa tarde, que, por si fuera poco, no debía pasar por Cinco de Mayo, avenida donde alguien dice que vio las piedras. La hipótesis es, cuando menos, poco parsimoniosa, lo cual quiere decir que podemos encontrar o tras explicaciones más sencillas. Pues bien, a 25 años de distancia todavía no podemos presentar al chofer del camión que por la madrugada acarreó las piedras, al dueño de la cantera que las vendió, a los barrenderos que recibieron la instrucción de emplearlas contra los estudiantes, al funcionario que pagó las piedras, la nota de venta dirigida al funcionario del DDF que las encargó, las declaraciones de quienes recibieron esas instrucciones del regente de la ciudad, Alfonso Corona del Rosal o de algún otro. Son supuestos de celda ociosa, como hace 25 años, sin dato alguno, sin novedad alguna, sin investigación alguna, sin prueba alguna. El típico acto de fe de la izquierda, la española frase: "Vamos, que te lo digo yo". Y como te lo digo yo, si no me crees eres sospechoso de simpatía con los represores.

Pero también es cierto que no dar pruebas de una hipótesis no significa, necesariamente, que ésta sea falsa. Aunque también se puede señalar, con igual razón, que lo posible, y la provocación fue posible, no necesariamente es real. En estadística se llaman errores alfa y beta: aceptar la hipótesis siendo falsa, rechazarla siendo verdadera. Para pasar de lo posible a lo real debemos dar pruebas y siempre las pruebas debe proporcionarlas el que afirma, ya sea la existencia de la reencarnación, de platillos voladores o de una provocación montada contra... ¿contra quién?

Los motivos del 68

Llevamos 25 años señalando que la causa esencial del movimiento estudiantil de 1968 fue el amplio descontento existente por entonces. Diez años antes los ferrocarrileros habían sido encarcelados, tres antes había llegado el turno represivo a los médicos, dos antes a la Universidad de Michoacán...

¿Y por eso, queridos migos, los tradicionales estudiantes de Ingeniería, Química y o tras escuelas, incluida Filosofía, que no habían oído jamás los nombres de los presos políticos de entonces, se lanzaron a huelgas y manifestaciones callejeras donde se jugaban la libertad y hasta, lo supimos después, la vida? ¿Lo creemos realmente o es parte de un discurso oficial, el nuestro? Las huelgas de los chavos de la Ibero y de los niños ricos del tecnológico de Monterrey, ¿a qué se debieron? Habría unos 20 estudiantes en Filosofía, 50 en Economía y 50 en Ciencias Políticas que sabían quién era Demetrio Vallejo. Quizá ni uno solo en la Universidad Iberoamericana, en la del Valle de México, y menos en "el tec", dominio absoluto de la reacción. Pero se movilizaron centenares de miles que, en la práctica, en las brigadas y mítines, aprendieron ése y otros nombres. ¿Por qué entonces comenzó tal movilización? Dos elementos la facilitaron, pero no la produjeron: La digna postura del rector, Javier Barros Sierra, y la obviedad de cuatro de las seis demandas.

1. El papel del rector. Que el rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, fuera ingeniero y que pusiera la bandera a media asta en la explanada de rectoría para mostrar así su más enérgica condena al ejército por el bazukazo contra la preparatoria, anuló la reacción del a la técnica que habría sido, natural y refleja, contraria a los "comunistas" que hubieran deseado paralizar la UNAM en solidaridad con unos revoltosos golpeados por la policía en el centro de la ciudad. La actitud de Barros Sierra y su discurso abrieron la primera brecha hacia la participación de la gran mayoría de los estudiantes, mayoría que de otra forma habría estado opuesta a los planteamientos que se enderezaron como la espina dorsal del movimiento: los seis puntos del pliego petitorio cuya solución se exigía al gobierno.

2. El pragmatismo del pliego. Las demandas se acumularon en los primeros días y eran, cuatro de ellas, simples respuestas a las agresiones policiacas: Si los granaderos golpearon estudiantes y o tras personas, que se disuelva ese cuerpo; si hubo heridos, que los indemnicen; si hubo jefes de policía que dieron las órdenes causantes de los heridos, que sean destituidos; si hubo detenidos, que los suelten. Sencillas y elementales respuestas, pero nadie. como no fueran los grupos políticos comunistas, esto es 200 estudiantes en toda la UNAM, habría puesto un pie en la calle por eso. La Universidad Iberoamericana y el tecnológico de Monterrey habrían marchado en las calles por la razón exactamente contraria: porque los presos, todos ellos aglomerados bajo el adjetivo de comunistas, quedaran refundidos de por vida. La izquierda universitaria y politécnica añadió dos demandas más, éstas de tipo político: libertad a los presos políticos y derogación del artículo 145. Los dirigentes tuvimos que explicar a las asambleas qué decía ese artículo y par qué se debía derogar, pero primero nos lo tuvieron que explicar a nosotros. De 350 representantes ante el órgano de dirección del movimiento, el Consejo Nacional de Huelga, formado con dos representantes de cada escuela en huelga, no había diez que hubieran oído el nombre de Valentín Campa y pudieran explicar su relación con el mencionado artículo. Así éramos la inmensa mayoría de los universitarios y los del Politécnico estaban peor, y muchísimo peor los alumnos de universidades privadas.

La hipótesis pentecostal

¿Por qué entonces tomábamos esos riesgos? ¿Por qué marchaban centenares de miles a pesar de las advertencias policiacas y hasta familiares y paternas? ¿Por qué dejaban sus clases quienes poco antes nos sacaban a pedradas de sus escuelas cuando tratábamos de explicarles la execrable guerra de Vietnam, el asesinato de Jaramillo y su familia, las injusticias cotidianas de México?

Durante 25 años hemos venido dando una explicación casi religiosa: porque el Espíritu Santo de la conciencia social descendió súbitamente sobre los estudiantes en renovado Pentecostés y éstos hicieron suyas las demandas de la sociedad.

Mentira. Los estudiantes entonces, como ahora, éramos una clase privilegiada. La pasábamos bien. Mucho más los alumnos de universidades privadas que, con todo, entraron a la huelga. Y salvo los que son tocados por la gracia, nadie deja sus comodidades para socorrer al desvalido, excepto, quizá, para repartir las migajas del servicio social que la inmensa mayoría trata de evitar. Falso que una voz nos dijera "abandona todo y sígueme", para de esa manera convertirnos en los cauces del descontento social, descontento del que no éramos parte, pero que encabezaríamos, según esta religión, como profetas de los oprimidos. Tontería y mentiras repetidas por todos nosotros durante un cuarto de siglo.

Los pantalones rojos

El motor que sacó de su comodidad a los privilegiados no fue la indignación por una situación política que sólo unos cuantos, en los grupos de izquierda, consideraban intolerable. Fue el desafío contra normas sociales que no estaban ni siquiera implícitamente señaladas en nuestras seis demandas. No fue la caridad por el prójimo, cuyos problemas el estudiante común ni conocía ni se interesaba mucho por ellos en caso de conocerlos. No fue eso, ni el cristianismo ni el socialismo, quienes produjeron las movilizaciones del 68. Fue la fiesta, el carnaval contra la cuaresma obligada de México durante los últimos 50 años, contra el mural que nos pintaba una sociedad estática mientras el mundo se transformaba.

Entre los méritos que nos atribuimos los participantes del 68 están algunos reales: el mundo de la política, el sindicalismo y las publicaciones es hoy día radicalmente distinto y en todos estos ámbitos hemos participado de manera destacada. Pero si algo no hicimos fue alentar la fiesta que movilizó a los grandes contingentes y que produjo después los cambios sociales que ahora vemos en los jóvenes.

Una gran pinta en la Facultad de Ciencias, hasta el 68 imperio de la ultraderecha representada por el grupo llamado MURO, nos da una imagen plástica, condensada, de los anhelos de aquellos jóvenes: "Y nos levantaremos cuando nos dé la gana". En las escuelas usábamos los cubículos alfombrados de los profesores, muy distintos a los de ahora; dormíamos en los sillones de piel del director, desayunábamos en cafeterías hechas nuestras y sin pagar, íbamos a los mítines callejeros con el corazón de un torero antes de que se abran los rediles y aparezca el toro-granadero; subíamos a los camiones a hablar con la gente, a cantar, a representar pequeñas farsas y comedias; huíamos del toro divertidos cuando una patrulla detenía el camión; por las noches encendíamos fogatas y cantábamos canciones de la Guerra Civil española o poníamos letra procubana a melodías bien conocidas, ligábamos, buscábamos el cubículo descubierto esa mañana para estar a solas con el ligue, íbamos a bañarnos a la alberca sin credencial. todo se hacia sin boleto y sin permiso.

Antes de eso nadie podía traer sin riesgo pelo largo o pantalones rojos. La policía detenía, golpeaba y trasquilaba en Guadalajara a quien llevara el pelo apenas tan largo como luego lo usó el presidente López Portillo. Hubo quienes perdieron un pedazo de oreja defendiéndose de los tijeretazos, aventados contra una patrulla porque les gustaba traer el pelo suelto. Las camisetas sin manga, los shorts y bermudas de ahora resultaban entonces inimaginables en la calle. Nadie decía palabrotas ni aparecían escritas en lugar alguno. Todo eran puntos suspensivos para indicar "puta"... Los diálogos de películas extranjeras se suavizaban. Nadie hubiera imaginado un personaje de caricatura llamado "la tetona" y mucho menos la palabra "puñeta" escrita.

Y un día mandamos todo al carajo. No por Marx, sino por Reich. Fue una fiesta, una explosión luego de 50 años de buen comportamiento. De Vallejo y Campa apenas ayer habíamos oído hablar, pero qué divertida era la fiesta, las calles hechas nuestras, el carnaval, la pereza, el tráfico detenido, el desmadre, la súbita hermandad entre desconocidos, la siempre ajena ciudad ahora apropiada, la seguridad y la protección cálida proporcionada por la solidaridad que nos envolvía. Algo así volvió a ocurrir tras el temblor del 85: todos éramos uno, que es el sentimiento oceánico y orgiástico de la fiesta en su sentido religioso, del carnaval y de la unión sin límite entre el yo y el mundo exterior, unión que es, precisamente, la función del orgasmo. Nos encontramos súbitamente ante una irrupción del inconsciente, una caída de las corazas caracterológicas que son la fuente interna y sicológica del fascismo. Fue un retorno al placer, a "la bola", el término que también supieron acunar las multitudes de 1910; un retorno al ritual colectivo, que va desde la peregrinación hasta el concierto de rock, entonces también severa y terminantemente prohibidos. todo eso entra en "la bola", y las revoluciones también.

Ese entimiento que jamás habían probado, unió a estudiantes de izquierda y católicos, de universidades pobres y del tecnológico de Monterrey, priístas inconformes y castristas, técnicos de ingeniería y marxistas de economía. Los unió el placer.

La represión interna

Pero en las sesiones del Consejo Nacional de Huelga (CNH) todo era serio. Se hablaba de la posible fecha y ruta de una nueva manifestación durante horas y los allí presentes sabíamos lo divertida que a esa hora estaba nuestra escuela, pero no lográbamos hacer que las sesiones concluyeran pronto. Nos perdíamos la fiesta nocturna. Ni modo. Ya vendría el carnaval diurno otra vez.

Conforme el tono festivo creció y la ciudad cayó por completo en nuestras manos, este tono logró trasminarse al CNH, donde siempre, invariablemente, fue reprimido con enérgicos llamados de "concretito" quien divagara sobre la sexualidad, las novedades en las costumbres de otros países, los colores entonces llamados psicodélicos, el pelo largo, los Beatles, de nuevo el desmadre, pues por definición esas tonterías no interesan a los serios, los seriecísimos obreros y por lo tanto tampoco a los estudiantes serios, a los militantes serios. Y en la manifestación del 27 de agosto a la que ya se habían colado Jung y Reich, las bromas, los albures, la sexualidad reprimida, la ruptura, el "y nos levantaremos cuando nos dé la gana"-, el personal de orden, o sea nosotros mismos, pasó a recoger y destruir toda pancarta poco seria o que no planteara las consabidas demandas.

Fue este fermento social, más que las demandas políticas, lo que resultó en los cambios que ahora vivimos en los usos y costumbres de los jóvenes y los ya no tan jóvenes: la liberalidad en el lenguaje, el comportamiento, la vestimenta, la sexualidad, las ideas, la religión y en la política, surgió de allí, de la fiesta y el carnaval que nosotros los dirigentes no logramos detener, por suerte. Se dio a nuestro pesar y en contra de nuestra opinión prematuramente avejentada.

Que nuestra actitud era ésa da ejemplo lo siguiente: ya libres, luego de casi tres años de cárcel, en 1971, los cuatro más importantes dirigentes del CNH abandonaron, indignados, la exhibición de teorema, de Pasolini, luego de media hora de risas y gritos al "pinche puto" en la pantalla.

De cómo colaborar con el verdugo

Para librarnos de toda culpa en el trágico resultado final, los dirigentes hemos señalado durante 25 años el callejón sin salida que creó el gobierno y que concluyó con la gran masacre del 2 de octubre en tlatelolco. Puesto que era inevitable no tenemos culpa alguna. Es verdad que el gobierno se cerró como no lo había hecho antes ni lo haría después; pero antes de que lo hiciera, algunos de sus miembros dieron indicios de buscar solución. Los dirigentes nos aferramos entonces a una demanda que garantizaba nuestra imagen ante la posteridad: la solución debería alcanzarse con un diálogo público. Pero jamás definimos qué entendíamos por tal expresión y por eso convertimos una demanda correcta en obstáculo insalvable por vago, una camisa de fuerza que nadie sabía cómo desatar porque sus diseñadores no le habíamos puesto botones. El gobierno, cerrado, hizo mofa: queríamos una conversación en la plaza de toros, un circo romano. No teníamos tal idea (algunos quizá sí), pero no decíamos cuál era el mecanismo explícito que aceptaríamos. Así llegó la tontería de Sócrates Campos, que preguntó a la multitud reunida en el Zócalo si deseaba que el diálogo fuera allí, y el clamor fue un rotundo sí. ¿Podría haber respondido otra cosa cualquier otra multitud? El "concretito" que tanto nos recetábamos en las sesiones del CNH jamás lo empleamos para plantear una propuesta "concretita".

Era 1968 año previo al destape. En esos meses se estaba decidiendo el candidato a la presidencia por el PRI, o sea, en la práctica, el nombre del nuevo presidente. Quien desenredara la cada vez más enredada madeja del conflicto estudiantil, sería un buen desenredador... y presidente de México. Muchos funcionarios llamaron, buscaron citas con dirigentes del CNH. Algunos quizá por oportunismo, pero no podemos descartar que hubiera casos de buena fe, de interés real en resolver el conflicto, pues ningún gobierno es monolítico y personas bien intencionadas las hay donde quiera. Pudo ser o no, si no lo sabemos es porque nunca fuimos a comprobarlo: A todos les egresamos un rotundo no, no asistiré, no transaré. No pensamos que la solución de nuestras peticiones pudiera venir con una negociación, y menos en que toda negociación implica ceder por ambas partes. Nuestras peticiones eran justas, y por lo tanto debían ser simplemente cumplidas, era nuestra lógica simple y justa, pero no adecuada cuando se desea una solución. Menos aún cuando al menos una de nuestras justas demandas era inalcanzable, aquí o en Suecia: la desaparición del cuerpo de granaderos. Levantábamos esa demanda porque era el órgano represivo evidente, pero con la misma lógica podíamos haber exigido la desaparición del ejército, responsable del bazukazo contra la preparatoria, acto de barbarie que dio inicio a las protestas conocidas bajo el rubro genérico de "movimiento del 68". No quisimos ser dirigentes. Fuimos representantes. El dirigente sabe qué pedir, cuándo negociar, cuándo estirar el hilo y cuándo está a punto de romperse. No apuesta a "todo o nada". Nuestra torpeza no exime de responsabilidad al gobierno, sólo explica que hayamos perdido algunas oportunidades para modificar el curso de los acontecimientos. Pero nuestra pureza estuvo siempre en primer término. Que se hubiera conocido la realización de una de esas citas, informalmente ofrecidas, pero ofrecidas al fin y al cabo, habría sido un gran desprestigio para el dirigente involucrado. Todos presumíamos ante los demás con los nombres de nuestros convocantes... y seguíamos en la fiesta.

Dijimos no hasta a la televisión. Alguna vez, entrando al zócalo, una representante de Jorge Saldaña buscaba dirigentes conocidos que desearan asistir a una mesa redonda en la que, sin censura, nos aseguraba, y en vivo para no editar, podríamos exponer nuestras demandas. Dijimos que no porque... porque... no sé por qué, pero es taba mal ir.

Finalmente llegó una llamada de Gobernación, del propio secretario, que nos invitaba a dialogar sin agenda ni temario previo. Lo hicimos público en un desplegado y anunciamos que asistiríamos, pero esa noche el CNH superó a Bizancio: si allí, hace mil años, se preguntaban el número de ángeles que caben en la punta de un alfiler, mientras los turcos avanzaban sobre la capital del imperio, nosotros nos preguntamos en una memorable sesión de siete horas si una llamada telefónica era pública o no... mientras el gobierno avanzaba en su cerrazón. Pero a un terco, terco y medio, y respondimos que no iríamos porque una votación había decidido que una llamada telefónica no era pública. El gobierno quedó convencido de que no deseábamos la solución de las demandas, que sus sospechas eran ciertas en cuanto a los fines aviesos que nos movían.

Del carnaval a la tragedia

Y en efecto, algunos dirigentes, en particular los de Humanidades, ya no veíamos con interés la solución del pliego. Pensábamos que los dirigentes del Poli y Ciencias ya habían transado. Nos lo confirmaba un compañero que los había escuchado hablar muy significativamente. "Pero qué decían", preguntamos algunos. "No eran las palabras, era su tono; no sé, se sentía que ya tenían todo resuelto y me hablaron con mucho desprecio, como a quien ya quedó fuera de la jugada". Entonces la izquierda, esto es unos treinta miembros de grupos políticos pertenecientes a las facultades de Filosofía y Letras, Economía y Ciencias Políticas, más algún otro desbalagado, integramos el Bloque Socialista, bajo la guía teórica de José Revueltas. Una noche nos dijo el muy simpático y no tan lúcido Pepe, que la Revolución cubana había comenzado con mucho menos. De allí por supuesto nos fuimos a Paracho a comprar unas metralletas calibre 22 y de resorte. Mientras revisaba una de aquellas "anchetas", como las llamaba Pepe, saltó un resorte que nunca le logré colocar y así de las tres anchetas quedaron dos que nunca aprendimos a usar.

Para seguir con nuestra línea cubana, era preciso incorporar a obreros y campesinos, pues nunca se había visto una revolución sin ellos. Así que el Bloque Socialista preparó, bajo la dirección de Carlos Sevilla, una larga lista de demandas que debían enarbolar, a juicio de Carlos y Pepe Revueltas, nuestros futuros socios proletarios. José Revueltas a su vez produjo un largo y confuso ensayo sobre algo que llamaba la "democracia cognoscitiva", que era otro de nuestros regalos a los obreros. Una noche intentó leérselo al CNH y fue bajado a silbidos: nadie sabía quién carajos era ese viejillo, a pesar del nombre que a otros nos conmocionaba, ni de qué hablaba.

Las demandas que nosotros les habíamos preparado a los obreros (pues éramos su conciencia crítica), debíamos presentárselas en un acto que no podría ser una manifestación al zócalo, pues esto era caer en el presidencialismo y el centralismo que hace del zócalo un lugar importante, sino en barrios obreros, y así fue como llevamos al CNH la propuesta de varias manifestaciones simultáneas que confluyeran no recuerdo dónde. Algunos politécnicos, que deben ir al norte para llegar a sus escuelas, nos hicieron ver que habíamos señalado rutas que, si bien cruzaban lo que llamábamos románticamente barrios obreros, para llegar de uno a otro debían cruzar kilómetros y kilómetros... íde milpas! Las rutas eran creación de quienes no somos de la Ciudad de México y no habíamos pasado nunca más al norte de la Alameda, pero sabíamos que por allí había obreros. Desde entonces el autor de este escrito le perdió toda simpatía a Revueltas, que había sido el alma entequilada de aquella propuesta ridícula y ofensiva para quienes padecen sin romanticismo estudiantil su condición real de obreros, no de jovencitos bien, deslumbrados por un escritor famoso.

En septiembre el ejército ocupó Ciudad Universitaria y las escuelas politécnicas ubicadas en el Casco de Santo Tomás. No fue sino hasta el día siguiente a que el ejército dejara la UNAM cuando decidimos aceptar, por primera vez, una negociación. Reunido el CNH el primero de octubre en la Facultad de Ciencias, aceptamos encontrarnos con dos representantes presidenciales, Andrés Caso y Jorge de la Vega Domínguez. Llegamos la mañana del 2 de octubre a la cita los tres representantes elegidos por el CNH para informarles que allí no negociaríamos el pliego, sino únicamente las condiciones de la negociación: la forma concreta que podía adquirir el diálogo público exigido como precondición. La camisa de fuerza autoimpuesta -el indefinido diálogo público- volvía a aparecer, pero informábamos que nos la podíamos quitar bajo ciertas circunstancias. Los representantes del gobierno tenían poco o ningún interés en nuestras sutilezas y conflictos morales. De la Vega dijo que no es taba allí para perder el tiempo en tonterías. Uno de nosotros tres, Gilberto Guevara, respondió que entonces no teníamos nada más que hablar. Durezas mutuas. Caso suavizó la situación. Quienes ya estaban de pie volvieron a sentarse. El único acuerdo concreto al final de la reunión fue volverse a ver al día siguiente, 3 de octubre. Esa tarde no podíamos continuar porque debíamos asistir a un mitin... en Tlatelolco.

El envío de los negociadores no fue una trampa, como desean ver quienes tejen demasiado fino. No era necesaria. Las tres trampas reales en torno al mitin ya habían sido planeadas. Era más bien parte de una estrategia del gobierno: negociar con fuerza porque al día siguiente la dirección ya estaría aprehendida y todo mitin cancelado. Nadie calculaba la magnitud de la represión.

Y así, entre una bonita fiesta que no supimos concluir cuando era posible, baños de pureza, competencias con Bizancio, listas de demandas que los obreros debían hacer suyas e incredulidad sobre los extremos represivos que el gobierno podía alcanzar, llegó la tarde de un mitin en tlatelolco. La noche anterior decidimos que no asistiría ningún miembro del CNH para seguridad de la dirección, salvo los pocos oradores. Asistimos todos.

Tlatelolco: la torpeza criminal

La muerte de centenares de personas la tarde del 2 de octubre, en Tlatelolco, fue una torpeza criminal y no un acto fríamente calculado. Hubo desorganización y falta de comunicación en los mandos militares y policiacos, pánico entre los asistentes al mitin y entre los soldados, sorpresa en los cuerpos de élite, desesperación en la multitud. El resultado fue un incierto número de muertos y heridos que no hemos logrado enlistar nunca.

Hubo tres cercos cuya finalidad era aprehender al CNH y a los estudiantes más involucrados con el movimiento. El primer cerco, del centro hacia afuera, estuvo a cargo de un cuerpo de élite, el Batallón Olimpia, creado meses antes para proteger los Juegos Olímpicos, próximos a celebrarse en la Ciudad de México. Rodeaba al edificio Chihuahua, en cuyo tercer piso habíamos colocado la tribuna del mitin. Iban de civil y se identificaban entre sí por un guante blanco en una mano. El segundo cerco lo constituían tropas regulares en torno a la Plaza de las tres Culturas. El tercero, alrededor de la unidad habitacional, también lo integraban tropas regulares. La policía tenía sus propios mandos y se repartía en los tres cercos.

Un helicóptero dejó caer dos bengalas. A esa señal, el Batallón Olimpia subió al tercer piso, detuvo a los asistentes, nos ordenó tiramos al piso y efectuó los primeros disparos contra la multitud para dispersar el mitin. El segundo cerco, las tropas regulares, avanzaba sobre la plaza y fue sorprendido por los disparos. En seguida respondieron al fuego. Pero el cerco era eso: circular, así que los soldados que pasaban en ese momento bajo el edificio Chihuahua fueron recibidos por el nutrido fuego de los que venían al frente y que respondían a los disparos del Olimpia. Los miembros de este batallón no esperaban respuesta alguna porque su función era atemorizar una multitud desarmada y detener dirigentes. Ellos podían ver que quien respondía era el ejército regular. Este, en cambio, no sabía quién le disparaba desde el tercer piso del Chihuahua, pero veía que eran civiles pues el guante blanco ni se distinguía, ni significaba nada para un soldado. El Batallón Olimpia, dominado por el fuego de las tropas, se tiró al piso entre los de tenidos. Carecía de medio alguno para comunicarse con el ejército. No habían previsto ni siquiera un guoki-toki. Nada. Desesperados porque el fuego arreciaba, pensaron la más elemental de las respuestas: gritar a todo pulmón "íBatallón Olimpia, no disparen!" Pero el segundo cerco se disparaba ya entre sí... con la multitud de por medio, y era imposible que oyeran los gritos de sus colegas. Los muertos y heridos comenzaban a caer sobre la plaza, incluidos algunos soldados. Luego los médicos forenses se sorprenderían de que todas las heridas hubieran sido causadas por armas reglamentarias y la conclusión del ministerio público sería redonda: habíamos estado armados, los estudiantes, con armas sólo permitidas al ejército. Las víctimas culpadas de matarse entre sí y un primer delito para los detenidos: homicidio de centenares.

Por si algo faltara, el comandante en jefe de la operación, general José Hernández Toledo, fue herido en los primeros minutos de la balacera... ¿Extraordinaria casualidad? ¿torvo plan? Podemos elaborar un guión de intriga política, como aquellas espléndidas películas italianas de los años 70, pero será eso: un guión más o menos imaginativo. Lo cierto es que no hemos tenido, tampoco en este caso, la investigación reporteril que ponga al descubierto nuestro Bloodgate.

En derecho existe la figura "negligencia criminal". Lo ocurrido esa tarde fue peor, y sin embargo tampoco fue una operación planeada, precisa, cuyo fin fuera el obtenido. En uno y otro casos los hechos son idénticos; no así la moralidad de los hechos.

La visión de los vencidos

Los dirigentes probamos con el crimen del 2 de octubre lo que veníamos diciendo: que el gobierno era incapaz de responder como no fuera reprimiendo. En parte era verdad, en parte fue lo que en psicología social se llama "la profecía que se cumple a sí misma" sólo que no esperábamos que se cumpliera con tal nivel de horror. Creo que tampoco ellos, ni el ejército ni el gobierno.

El 2 de octubre nos dio la razón en todos sentidos. Y el ser víctimas, no triunfadores, nos alineó con los héroes más puros, no con los sospechosos por la sombra del triunfo... y las transas en que quizá hayan incurrido para alcanzarlo. Puros hasta la muerte. Sólo que no lo consultamos con la multitud que sería sacrificada.

La máquina del tiempo

Quien no aprende de la historia está condenado a repetirla, es la conocida sentencia que jamás atendemos. Ahora la mayoría de aquellos dirigentes estudiantiles está en la oposición y, desde allí, en ubicaciones de mayor poder que en 1968. Los sindicatos, partidos, grupos políticos y medios conducidos por nosotros se encuentran con frecuencia ante alternativas similares y las respuestas son en ocasiones similares: patria o muerte, en donde "patria" soy yo. Exigimos fe en nosotros sin que hayamos demostrado todavía nuestra mayor calidad. Quizá seamos mejores gobernantes, quizá no. El país no lo sabe. Estamos también plagados de figuras autoritarias, de locos empistolados, de necios y tercos y saltimbanquis de la política. Tenemos también demócratas dispuestos a perder o ganar sin arrebatos.

Pero el llamado de la sangre sigue presente. La gran virtud de perder para así demostrar las tesis propias sobre la perversidad del contrario, sigue asomando su cabeza de Medusa petrificadora y la tentación del martirio se levanta contra la solución incompleta, el triunfo a medias o la derrota parcial, según se desee ver. Seguimos incrementando el número de los transas con cada dirigente que recupera de lo perdido lo que aparezca.

Nadie podría haber adivinado entonces los extremos represivos a los que el gobierno llegaría, unos premeditados y otros acrecentados por las circunstancias. Nunca sabremos si fue posible otra solución que no fuera la peor, la que vivimos; pero quizá pudo ser posible, de no haber estado cegado el gobierno por sus propios razonamientos, su búsqueda sofisticada a los tres pies de nuestros actos simples, y de no haber estado nosotros preenamorados de la leyenda juvenil que estábamos construyendo, como el primer movimiento popular no transado por sus dirigentes -en donde "transa" era todo arreglo que no fuera la solución inmediata de nuestras exigencias-. Pero si tuviéramos la opción de retroceder a los momentos en que algunos funcionarios nos llamaban, por las razones que tuvieran; si pudiéramos elegir entre la tragedia plena de gloria y la solución mediocre que fue posible en agosto, la única respuesta moral habría sido la vida: salvar las vidas perdidas en esos meses, en esa tarde. Se dirá que el sólo planteamiento es absurdo, retórico, pues no hay máquinas del tiempo. Es verdad con respecto al pasado que conocemos, pero no sobra recordarlo cuando seguimos mostrando inclinación por la rendición absoluta del adversario y por el atractivo histórico de la tragedia.

1968 para quien nada sabe

01. A fines de julio de 1968, alumnos de una preparatoria particular y de la vocacional 5 jugaban fútbol en la Ciudadela cuando se liaron a golpes como es frecuente en esos casos.

02. Llegaron los granaderos y, en vez de limitarse a separar a los liosos, arremetieron a golpes contra ellos. Los alumnos de la vocacional corrieron a su escuela. En un acto de evidente exceso, los granaderos los persiguieron hasta el interior. Allí sin poder distinguir jugadores de no jugadores, golpearon a quien se puso enfrente, incluidos maestros y maestras que protestaban por la agresión.

03. El Politécnico organizó una manifestación en protesta por la agresión que había dejado varios lesionados.

04. La izquierda universitaria organizó, como cada año, una manifestación para celebrar el 26 de julio, aniversario de la revolución cubana.

05. Ambas manifestaciones fueron apaleadas por la policía en el centro de la ciudad.

06. Durante varios días se dieron enfrentamientos entre la policía y los alumnos de las escuelas ubicadas en el centro de la ciudad.

07. Para terminar las escaramuzas el ejército rodeó la Preparatoria Uno, entonces en San Ildefonso, y por la noche derribó la puerta con un bazukazo.

08. Al día siguiente, el rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, colocó en la explanada de rectoría la bandera a media asta en muestra de duelo por el acto del ejército. Encabezó luego la primera manifestación de protesta.

09. Toda la UNAM y el Politécnico se declararon en huelga exigiendo el castigo de los culpables.

10. Dos alumnos de cada escuela en huelga integraron un órgano directivo llamado Consejo Nacional de Huelga, CNH.

11. Durante agosto y septiembre el conflicto se propagó a casi todas las universidades públicas del país y a muchas universidades y escuelas privadas. Las exigencias para terminar las huelgas eran muy simples: castigo de los culpables, indemnización de las víctimas y liberación de los de tenidos.

12. El conflicto se acentuó con la ocupación de la UNAM y del Politécnico por parte del ejército.

13. La tarde del 2 de octubre un mitin fue masacrado por el ejército y muchos de los dirigentes detenidos.

 

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