Vanidad de vanidades

publicado el 09 de octubre de 2006 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

El enorme daño que López Obrador ha infligido a la infantil democracia mexicana, no habría sido tan enorme de no haber contado AMLO con las cajas de resonancia que amplifican sus dislates cada día: los intelectuales, artistas y escritores con acceso a los medios y renombre en sectores diversos de población. El principal de estos desatinos, el misterioso fraude, jamás lo ha podido comprobar, pero sus voceros lo lanzan a todos los vientos.

Cómo pudo ser penetrado un sistema electoral que arrebatamos al control del gobierno desde 1996, y pusimos en manos ciudadanas para organizar y contar los votos bajo la vigilancia de los partidos, no es una pregunta, sino un hecho que se admite por fe. Aunque fuera el mismo sistema que nos dio la perfecta elección de 2000. El mal perdedor se habría quedado gritando solo de no haber contado con el grupo intelectual que, disminuyendo, todavía lo sigue en su aventura, cada día más estrafalaria, donde el trapecista Muñoz Ledo, cantor de Díaz Ordaz en su juventud, compañero de Fox en el triunfo de "la ultraderecha" en 2000, ha vuelto al PRD, ese cascarón vaciado de izquierdas y rellenado con la peor ralea del PRI. Allí donde grita "fraude" el operador del fraude contra Cárdenas en 1988, Manuel Camacho.

Ese par está en lo suyo: la búsqueda afanosa del poder. Pero, a la senadora Rosario Ibarra que se sienta al lado del senador José Guadarrama, hoy perredista, ayer acusado de asesinar perredistas; a las mentes críticas que pasan por encima de estos hechos como sobre brasas, ¿cómo los podemos entender?

Han levantado hogueras donde lo mismo arrojan a Cárdenas, a firmantes contra el desafuero, a la diputada dispuesta a lo inevitable: deberá tratar en algún momento con el Presidente de la República, el real, no el que se cruza banda de papel de china. Y las voces críticas, las mentes pensantes, callan, cuando no repiten los insultos y calumnias de López Obrador.

"El que con leche se quema, hasta al jocoque le sopla". Los mexicanos nos quemamos 70 años con el fraude del PRI, y ahora el daño hecho por López Obrador y sus cajas de resonancia en los medios está hecho: la duda sobre el sistema electoral ha calado. Quien no está convencido, al menos reconoce que "es posible". Tanto lo repiten Fulanita y Menganito, que algo habrá de cierto. ¿Cómo ocurrió el fraude? Nadie logra explicarlo, pero allí está, de regreso, el eterno fraude omnipresente. "Miente, que algo queda", se dice. "Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad", recetaba Goebbels, ministro de propaganda de Hitler. Pero una mentira repetida por un loco solitario es una cosa, firmada por nombres reconocidos, es otra.

Van de un héroe a otro: hicieron peregrinación a Chiapas, resbalándose, cargando sus libros para ofrecerlos al Mesías de entonces, escribieron parrafadas líricas que hoy quisieran olvidadas, también entonces condenaban la voz que no elevara incienso. Ahora ya tienen el póster de Marcos arrumbado con los del Che sin habernos dado explicación de su error. El que cometen hoy es peor, porque afecta la credibilidad en nosotros mismos y abre la vieja herida mexicana de la auto conmiseración, el lamento, el gimoteo: ay, no somos capaces ni de contar votos sin hacernos trampa a nosotros mismos. Ese es el mayor daño causado por el mal perdedor, pero no lo habría sido de no contar con tanta divina garza que amplifica el disparate urbi et orbi.

Hay dos palabras que al ego resulta difícil pronunciar: "Me equivoqué". Pero hay de egos a Egos. Y el de un intelectual cargado de premios, honores, reconocimientos, fama, es particularmente resistente a la autocrítica. Sólo así puede explicarse que personas inteligentes comulguen con el secuestro de aquella izquierda del PRD, a manos de lo peor del PRI, y sigan llamando a eso "izquierda".

¿Cuál es la fuerza de López Obrador, la que le permite dar jalones de orejas a "sus" diputados sin tener puesto alguno en el PRD? La de todo cacique: el temor, temor a caer de su gracia y ser entregado a la turba de corporaciones clientelares, siempre dispuestas al linchamiento.

El fanático no tiene remedio. Pero sería de esperar que, al aparecer en AMLO el rostro sin maquillaje electoral, la persona pensante, el analista político, la comentarista, exhibiera ese cambio, como lo han hecho ya algunos. Sólo que para eso se necesita más honestidad intelectual y menos soberbia.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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