Otra vez el genocidio

publicado el 03 de octubre de 2005 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Como resultado de la campaña del polaco Raphael Lemkin, quien acuñó el término, la ONU adoptó en 1948 la definición de genocidio como los actos "cometidos con la intención de destruir, por completo o en parte, un grupo nacional, étnico, racial o religioso, en cuanto tal." O sea, por ser ese grupo y no por otros conflictos. El 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco hubo una matanza; pero si deseamos que las palabras conserven su peso, su significado, su valor, no podemos emplearlas frívolamente. Y llamar "genocidio" a lo acontecido esa tarde es una frivolidad.

El término genocidio fue creado para nombrar lo nunca imaginado: la intención nazi, durante la Segunda Guerra Mundial, de acabar con dos pueblos enteros, los judíos y los gitanos, así como con una expresión de la sexualidad que es la orientación hacia el mismo sexo. Genos-cidio: matar un pueblo.

En 1994, durante el genocidio de tutsis en Ruanda, los extremistas organizaron a los civiles hutus, los armaron y, cuando tuvieron más voluntarios que armas porque por radio se llamaba a "exterminar a cada cucaracha", o sea a todo tutsi, y por el solo hecho de ser tutsi, palos claveteados fueron las armas. Hubo curas católicos que dieron refugio a tutsis en sus iglesias, sólo para denunciarlos y que la iglesia fuera incendiada con la multitud adentro. Eso es un genocidio. A muchos tutsis les arrancaron brazos y piernas en vida, a las mujeres les cortaban los pechos, a los niños los arrojaban a pozos. Un horror para el cual tenemos la palabra genocidio. ¿Cómo llamaremos a eso cuando hayamos establecido que los muertos en México por un fuego cruzado, con todo lo criminal que fue, tipifican un caso de genocidio? Habrá que inventar para Auschwitz, Buchenwald, Ruanda, Armenia, Camboya, otra palabra.

En Tlatelolco ocurrió algo muy distinto. 1. Hubo una orden, sin duda criminal, de dispersar un mitin pacífico y desarmado (ni esperanzas de pensar entonces en machetes) y detener a los dirigentes. 2. Se enviaron dos fuerzas a cumplir la orden y ese fue el error militar: al fuego del Batallón Olimpia, que ya ocupaba la tribuna del mitin, respondió el Ejército regular que los creyó estudiantes armados y disparando contra la gente y la tropa. ¿Cómo lo sé? Porque lo vi, por las declaraciones de los soldados heridos cuyas actas fueron localizadas por nuestros abogados, y por los testimonios de amigos que habían preguntado, ingenuamente, al soldado más cercano: ¿quién dispara? Y les habían respondido: los estudiantes.

Pero, si en vez de estudiantes y trabajadores hubiéramos tenido una concentración de judíos, y en vez del Ejército Mexicano hubiera actuado la SS nazi, ¿cuántos judíos habrían sobrevivido a las ráfagas de ametralladora? Por eso se habla de genocidio contra el pueblo judío: porque no debía quedar ni uno solo. Fallaron, y de ahí la crítica de la senadora por el PRD, Irma Serrano, quien, con su cruz gamada de pedrería al pecho (con la cual entraba a sesiones del Senado mexicano), dijo a la revista Siempre! que en su admiración por Hitler sólo la detenía que hubiera dejado demasiados judíos vivos. Sí, senadora por el PRD.

Mi mayor asombro, cuando ya preso recibí las primeras visitas dominicales, fue que ninguno de mis amigos había muerto; los hubo, sin duda, tenemos nombres y fotografías; pero decir que murieron por ser alumnos de la Universidad Na-cio-nal y del Politécnico Na-cio-nal, como prueba de que se intentó exterminar a un grupo nacional, no es frívolo, es de vergüenza ajena.

No sólo eso: varios asistentes al mitin relataban en sus visitas a la cárcel la ayuda proporcionada por soldados para salvarles la vida: baja la cabeza, deslízate con los codos por allá, y medidas similares. A la novia de Félix L. Hernández Gamundi la salvó un soldado en el Campo Militar No. 1.

Esto llevo años repitiéndolo; pero no queda otro remedio cuando la fiscalía encargada de aclarar los hechos los hace aún más confusos. Y peor aún, cuando no consigue sus objetivos, pero sí una denuncia penal. La denuncia presentada el 27 de septiembre por Luis de la Barreda Solórzano ante la PGR es grave. Dice:

"El fiscal para movimientos sociales y políticos del pasado, Ignacio Carrillo Prieto, ha ejercido ante un juez acción penal por los delitos cometidos el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. Entre los inculpados se encuentra [...] el capitán Luis de la Barreda Moreno, que entonces era subdirector federal de seguridad. Sin embargo, el capitán De la Barreda no pudo haber participado en modo alguno en los hechos de aquella aciaga noche porque en esa fecha se encontraba convaleciendo en el Centro Médico Nacional 20 de Noviembre, donde permaneció internado del 30 de septiembre al 4 de octubre de 1968. Del tal internamiento existe constancia expedida por el Coordinador de Enlace Hospitalario de dicho centro médico.

"El fiscal ha ejercido la acción penal contra el capitán De la Barreda (entre otros) por genocidio a sabiendas de que es indefendible jurídicamente invocar como fundamento tal figura delictiva. En efecto, por una parte la concreción de ese delito supone una política de exterminio contra un grupo nacional, lo que jamás ocurrió; por otro lado, como dicho inculpado no tuvo jamás fuero, la acción penal por los supuestos hechos delictivos que se le imputan ya ha prescrito —por el tiempo transcurrido— de acuerdo con el criterio de la Suprema Corte de Justicia sentado recientemente."

Acusa al fiscal de "prácticas absolutamente indebidas" y pone como ejemplo de eso la denuncia de dos agentes del MP ante el procurador: "María Antonieta Martínez Valdez y Evangelina Díaz Rodríguez, relataron que tuvieron problemas porque se opusieron a seguir las instrucciones dadas por los altos mandos de alterar las declaraciones de denunciantes y testigos así como de certificar copias de documentos sin tener a la vista el original." Y concluye: "El Código Penal Federal tipifica como delito contra la administración de justicia los actos ejecutados por un servidor público que produzcan a alguien un daño indebido, por lo que decidí presentar la denuncia correspondiente."

¿En esto terminaremos? No es de extrañar, luego de que ningún senador de la República se levantó de su asiento y salió para no compartir la Cámara con la senadora del PRD y su enorme, ostentosa, retadora suástica de joyas al cuello.

 



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