El final a la vista

publicado en la revista «nexos»
# 145, enero de 1990
artículo fuente

 

Se acabaron los años con el ocho, con el ochenta, esa desafortunada década del siglo. Odiados años ochenta. Nuestra moneda se volvió una abstracción, ya no existen los pesos reales. Se nos cambió la vida, la muerte se instaló en las más queridas cercanías, acechante cuando las estadísticas nos informaban que podíamos esperar diez años más de vida que nuestros padres. Los directorios personales se nos llenaron de teléfonos que ya nadie responderá: accidentes, homicidios, cáncer prematuro, enfermedades súbitas, enfermedades espantosas que no conocíamos, tristezas que no esperábamos.

Hubo también motivos de optimismo: se acabaron numerosas dictaduras, hasta la del proletariado que nunca convenció a nadie. Volvimos a saber de Dubcek los que lo admirábamos cuando teníamos 20 años y deseábamos verlo triunfar en su intento de forjar un rostro humano al dudoso fantasma gris de un socialismo asfixiante. Cárdenas encendió la esperanza y nos hizo creer que podemos hacer algo más que cruzar los dedos e implorar que el próximo príncipe nos resulte bueno; preferible equivocarse con quien elegimos, que acertar con otro ungido a espaldas nuestras.

La ciudad de México se nos vino encima, el centro se despobló y a partir de las siete de la tarde se volvió tierra baldía, creció el temor, los pobres comenzaron a asaltar pobres y los ricos, mejor protegidos, quedaron para un hampa más organizada y a veces indistinguible de la policía. Desaparecieron Xola, Eugenia y otras avenidas pobladas de palmeras. Con el imperio del automóvil, llegaron los ecologistas y la preocupación por el medio ambiente. Ayer desde una camioneta detenida por un alto arrojaron una bolsa de basura a la calle, un transeúnte la recogió y la regresó a quien la había tirado con expresiones entre simpáticas y educativas. No volvieron a arrojarla más adelante, al menos durante varias cuadras.

Hasta hace poco me sentía joven, más de lo que era. Y este final de los ochentas trae consigo la convicción de que los jóvenes podrían ser mis hijos.

Adiós, tristes ochentas. No fueron tan malos: a ellos debemos la convicción reciente de que la democracia la construiremos entre todos cuando exista y que no se pide en desplegados al Presidente; a esta década debemos la vuelta al razonamiento político, el incremento de la sinceridad, la negación paulatina a repetir dogmas, la vergüenza por lo que hemos dicho sin convicción para obtener aplausos de mayorías dispuestas a aplaudir cuando se les dice lo que desean escuchar y que algunos sabemos decir. Otros todavía no descubren que se mienten. Adiós, ochentas, a veces pensé que no les vería el final.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani

0 animados a opinar:

 

 

ÍNDICE DEL BLOG

milenio diario

la crónica de hoy

la jornada

revistas

misceláneo

 

etiquetas:


pasaron por aquí


la plantilla de este blog es el "pizarrin" donde, durante sus ratos de ocio, eltemibledani hace sus pininos modificando el xhtml fuente.

páginas vistas

desquehacerados