Las fuentes de la historia / I

publicado el 13 de octubre de 1997 en «La Jornada»
columna: «la ciencia en la calle»

 

Vergüenza súbita

Me llegó La presidencia imperial, de Enrique Krauze, y, tras de quedar atrapado por el capítulo que describe a Manuel Avila Camacho, y que leí de un tirón, gozando una prosa rica y una reconstrucción aguda, salté al capítulo sobre Gustavo Díaz Ordaz, que me interesaba de manera personal. Allí encontré una larga cita mía que creí tomada de mi relato sobre el Movimiento Estudiantil del 68, Los días y los años. Es una descripción de la manifestación silenciosa. Krauze la presenta con un gran elogio que agradezco: "Luis González de Alba lo describiría en un párrafo memorable", y viene en La presidencia imperial la cita donde se lee lo siguiente: "Y de aquellas decenas y después cientos de miles sólo se oían los pasos... Pasos, pasos sobre el asfalto, pasos, el ruido de muchos pies que marchan, el ruido de miles de pies que avanzan. El silencio era más impresionante que la multitud. Parecía que íbamos pisoteando toda la verborrea de los políticos, todos sus discursos, siempre los mismos, toda la demagogia, la retórica, el montonal de palabras que los hechos jamás respaldan, el chorro de mentiras..." Enrojecí de vergüenza. ¿Así escribía yo? Sólo me faltó decir "el titipuchal", el "buti". Y luego eso de los pasos, pasos, pasos. Volví a enrojecer. Por suerte dudé.

Busqué la cita en el libro de Krauze y descubrí que no hacía referencia a mi propio relato, Los días y los años, sino al de Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco. Una vez localizado el párrafo original en mi libro, de donde Elena lo pasó al suyo y luego lo tomaron los ayudantes de Krauze, vi con alivio que no dije nunca "pasos, pasos, pasos, el montonal, el chorro de mentiras." Estoy traducido por Poniatowska. Mi escritura es mucho más seca. También es menos simpática.

El deber de aclarar

Pero a partir de ese momento estuve convencido, sobre todo cuando leí en la formidable obra de Krauze otras citas basadas en Poniatowska, citas que tampoco son correctas, que debía aclarar lo que sucedió hace 27 años, cuando entregué mi relato a la editorial ERA y Elena hacía entrevistas en la cárcel de Lecumberri para el libro que se llamaría La noche de Tlatelolco. Si los ayudantes de Krauze le pasaron a ese historiador fichas sacadas del material más accesible, sin duda el libro de Elena, ¿hicieron mal? ¿No da lo mismo citar a un militar herido, a un estudiante preso, a un dirigente del 68, de las varias fuentes originales, o de la obra más conocida de Elena Poniatowska, que resume estas fuentes? Se podría decir que, en efecto, da igual y se ahorra trabajo de investigación hemero y bibliográfica. Pero no es así. En primer término porque Elena Poniatowska no da mucha importancia a sus referencias. Le importa el sonido general de la obra, no los detalles. ¿No acaba de afirmar (10 de agosto) que Luis Barragán no estudió y todo se lo enseñaron los campesinos? [leer 1 y leer 2] Oh la la. También nos dijo que los indios albañiles que construían las pirámides luego subían con sus hijos a mostrarles desde lo alto el valle y los volcanes. Qué lindo era el mundo. Jamás existieron las feroces teocracias que describen todos los historiadores, con excepción de Elena. Tales afirmaciones son de las que arrancan aplauso fácil dichas en el lugar adecuado, lo cual muchos saben hacer. Pero los historiadores del año 3000, si no tuvieran otras fuentes, estarán convencidos de que los campesinos mexicanos vivían, a fines del segundo milenio, en casas luisbarragán.

Por suerte los historiadores logran desentrañar mitos, en ocasiones milenarios, a pesar de los esfuerzos de tantas almas generosas por inventar la realidad y el pasado. Y en un programa por el 2 de octubre pasado acaba de soltar Elena su última idea marcada con aplauso automático: los jóvenes son idealistas porque todavía no adquieren compromisos. Es un juicio que de inmediato arranca la ovación... de quienes no piensan, pues también son jóvenes los jovencísimos pelones alemanes que prenden fuego a turcos. Otros jóvenes, más cercanos, son ladrones y asesinos, otros son corruptos, muchísimos son drogadictos o simplemente huevones. Por supuesto, algunos son idealistas. Ah, las frases de éxito inmediato y asegurado.

El lenguaje

Como segunda precaución al leer a Elena Poniatowska está el asunto del lenguaje. Las citas en su narración a voces múltiples no se conservan tal y como fueran dichas, sino que, de nuevo en dádiva al sonido de la obra, están traducidos, con grandes licencia, a una mezcla de supuesta ingenuidad y sabor popular que es creación exclusiva de Elena, pues las criadas verdaderas no hablan así, habla de esa manera Elena cuando imita a las criadas. Es un lenguaje virtual inventado por Elena Poniatowska y que solamente ella habla. Lo cual es muy distinto.

Los hechos antes de publicar los libros

Aprovechando su último embarazo, Elena Poniatowska me ayudó a sacar de Lecumberri el manuscrito terminado de Los días y los años. Por entonces, mediados de 1970, Elena iba a la cárcel para realizar las entrevistas que luego emplearía para escribir, en el bello apartamento parisino de su tía Bichette, La noche de Tlatelolco. A las pocas semanas recibí de Elena la solicitud para permitirle emplear elementos de mi relato, ya en proceso de edición por la editorial ERA, en el libro que ella por su parte estaba escribiendo. Por supuesto accedí con gusto. Por enero de 1971 apareció mi relato: Los días y los años. No tuvo un buen arranque en ventas. Quizá mi título era malo, poco vendedor, sin garra comercial. Además, la mezcla de relato intimista, días de extrovertida agitación callejera y años de conversaciones entre presos aburridos, no era lo que el lector deseaba. De un líder esperaba un relato heroico, el mío no lo era. Elena se dio prisa y, frente al árbol más bello de París, según definición de su tía, concluyó una obra espléndida, a muchas voces, así que muy poco tiempo después que mi relato salió el de Elena: La noche de Tlatelolco. Un acierto desde el llamativo título. Elena me lo hizo llegar a la cárcel de Lecumberri, donde corría mi tercer año de prisión, con una generosa dedicatoria que cubre dos páginas de texto y flores dibujadas con plumón morado. Dice que mi libro "se vende un chorro... y ahora (que salió el de ella) se van a vender los dos juntos como mancuerna, como pareja de hongos halucinantes (sic)." Entonces se iniciaron las confusiones. ¿Quién dijo tal cosa? me preguntaban presos y visitantes, tú dices que A, Elena lo atribuye a B. Quede pues aquí dicho de una vez y para siempre: Soy testigo presencial de los hechos que relato, no así Elena. Por tanto los hechos ocurrieron como yo los relaté y en las voces de quien ponga ciertas palabras, de allí las escuché.

 



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