Filogenia de la conciencia

publicado en la revista «Nexos»
# 455, diciembre de 2015

 

“La ontogenia reproduce la filogenia”: la gestación de un individuo, en cualquier especie, repite cada uno de los pasos de esa especie durante los millones de años de su evolución. El ser humano no es excepción: al microscopio no encontramos diferencia entre un óvulo recién fecundado o su primera multiplicación en mórula (morita) y no podríamos decidir si se trata de un sapo, un perro, un gorila o Newton a los pocos días de gestación.

El óvulo humano muestra las primeras etapas de nuestra evolución: compartimos miles de millones de años con las bacterias unicelulares antes de que grupos de células se especializaran, integradas en organismos mayores. Las bacterias, la vida más abundante sobre el planeta, se comunican entre sí como las neuronas, las células de los cerebros de animales. Un hecho sorprendente recién publicado: “Biólogos de la Universidad de California en San Diego han descubierto que las bacterias —vistas como criaturas aisladas y solitarias— son en realidad muy sofisticadas en sus interacciones sociales y se comunican entre sí por medio de señales eléctricas similares a las de las neuronas en el cerebro humano”. O el cerebro animal.

En el estudio publicado a fines de octubre de 2015, adelantado en línea por Nature, se describen “comunidades que se comunican entre sí” por medio de “canales iónicos”. Un ion es un átomo que ha perdido o ganado electrones y su carga eléctrica deja, por eso, de estar balanceada, no son neutros.

“Nuestro descubrimiento no sólo cambia nuestra forma de pensar acerca de las bacterias, sino también cómo pensamos acerca de nuestro cerebro”, dice Gürol Süel, nombre turco. “Todos nuestros sentidos, conducta e inteligencia emergen de comunicaciones eléctricas entre neuronas en el cerebro, comunicaciones mediadas por canales de iones. Ahora encontramos que las bacterias usan similares canales de iones para comunicarse y resolver el estrés metabólico. Nuestro descubrimiento sugiere que los desórdenes neurológicos disparados por estrés metabólico pueden tener antiguos orígenes bacterianos, y podríamos entonces proveer una nueva perspectiva acerca de cómo tratar esos padecimientos”.

Cómo se comunican las bacterias fue un misterio hasta que Süel y sus colegas estudiaron comunidades en biofilmes con millones de células independientes. “Estas comunidades de bacterias pueden formar una delgada estructura en superficies —como las del sarro que se desarrolla en los dientes— y son altamente resistentes a antibióticos”.

El estudio publicado en Nature muestra que las comunidades de bacterias cultivadas en biofilmes “son capaces de resolver conflictos sociales dentro de la comunidad de células exactamente como las sociedades humanas”.

Los investigadores encontraron que si “un biofilm con cientos de miles de Bacillus subtillis crecía a cierto tamaño, el borde exterior protector de las células, con acceso irrestricto a nutrientes, de forma periódica cesaba de crecer para permitir que nutrientes, en particular glutamato, fluyera hacia el centro protegido del biofilm. De esta manera las bacterias protegidas en el centro de la colonia eran mantenidas con vida y podían sobrevivir a ataques con productos químicos y antibióticos”. La importancia del glutamato es alta: regula “cerca de la mitad de toda la actividad cerebral humana”.

¿Cómo llegan a ese acuerdo que parece contravenir todo el buen sentido de apropiarse de cuanto alimento haya disponible? Asombroso: “Al igual que las neuronas de nuestro cerebro, encontramos que las bacterias usan canales iónicos para comunicarse entre sí por medio de señales eléctricas”, dice Süel. “De esta forma, la comunidad de bacterias en biofilmes parecen funcionar en buena medida como un ‘cerebro microbiano’”.

El proceso por el que se comunican las bacterias “es sorpresivamente similar al involucrado en migrañas y convulsiones”. Esto ofrece un inusitado aspecto terapéutico: los resultados “sugieren que muchas drogas originalmente desarrolladas para epilepsia y migraña pudieran también ser efectivas para atacar biofilmes bacterianos, que se han vuelto un creciente problema de salud en el mundo a causa de su resistencia a los antibióticos”.

El aspecto más interesante no es médico ni terapéutico, sino filosófico: la actividad por la que se comunican los más primitivos elementos de la vida, los organismos unicelulares que cubren el planeta, es similar a la actividad que produce la conciencia, el arte, la religión y el éxtasis ante una bella escultura de Antínoo, aunque ya no lo adoremos.

Antínoo, Adriano, Descartes, y el dualismo filosófico

Animula, vagula, blandula
Hospes comesque corporis
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
Nec, ut soles dabis iocos…

Traducción atribuida a Julio Cortázar según el blog de José Julio Lozada: Mínima alma mía, tierna y flotante/ huésped y compañera de mi cuerpo/ descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos,/ donde habrás de renunciar a los juegos de antaño…

En su desolación este emperador poeta, filósofo, helenófilo culto, enamorado de Grecia, del griego y de un grieguito adolescente, habría de crear al último dios del mundo clásico, según afortunado título de Francisco de la Maza, Antínoo, el adolescente griego ahogado en el Nilo durante un paseo en barca del emperador por sus dominios. Adriano ordenó que se esculpieran estatuas del adolescente y se levantaran templos por todo el imperio para honrar, ¿para honrar… qué?, quizá la belleza de Antínoo y el amor tamaño imperial de Adriano. Otros nos hemos limitado a escribir poemas regulares y novelas. ¡Helás! ¡Ay!

Lo más asombroso fue que, un culto tan impuesto, tan a capricho de un emperador enamorado, perdurara tras la muerte de Adriano y siguiera por siglos, hasta el final de Roma y del mundo clásico. El culto a Antínoo movió sedimentos en los corazones paganos: Atis, Apolo, Jacinto, Adonis, Narciso, dioses, semidioses y mortales cuya belleza celebran los siglos, fueron quizá la solera que nutrió el culto de Antínoo ya sin la obligación impuesta por el emperador. El sencillo culto pagano a la belleza juvenil.

Es una paradoja de la Historia que a este emperador embellecedor de Atenas, poeta, humanista, filósofo que impuso por las leyes de sucesión de vía adoptiva al último de los grandes emperadores romanos y mayor de los estoicos, Marco Aurelio (me debo todavía la lectura de sus Meditaciones); en fin, que a Adriano por tantos motivos amable, haya tocado en suerte aplastar la última rebelión judía en Jerusalén: un rincón perdido y terregoso de su imperio poblado por revoltosos que insistían en que hay un solo dios y es el suyo.

El poema de Adriano es una muy bella expresión del dualismo que habría de perdurar hasta Descartes con su desbautismo de alma y cuerpo en laicos y prestigiosos, por estar en latín, res cogitans y res extensa. La res cogitans es una especie de titiritero, apoltronado en un fragmento de hueso en el centro del cráneo, la silla turca. Desde allí mueve con los hilos de los nervios los músculos de la res extensa. Suena a que sencillamente nos ha trasladado el problema porque ahora debemos explicar qué mueve a la res cogitans. Y no tenemos sino respuestas religiosas. De ser así, mejor nos quedamos con el alma y el cuerpo, la voluntad, la gracia divina y el libre albedrío: catecismo elemental que demuestra cómo el dualismo no tiene solución.

Pero acabamos de ver bacterias que se comunican entre sí como lo hacen las neuronas de nuestro cerebro, asiento de la voluntad y de la conciencia. Alimentan y defienden a las del interior en un biofilm. ¿Y si continuáramos por ese camino sobrio, áspero, lleno de parajes pálidos, rígidos y desnudos donde renunciemos a los juegos de antaño? Juegos religiosos, todos.

Por esos mismos años en que Descartes se cubría de gloria con su plano en dos ejes para las funciones matemáticas, su Discurso del método para no fallar en ciencia y no errar divagando ni errar al caer en el error, en Holanda, un judío de origen portugués y con ancestros refugiados en Holanda, tierra tolerante, para huir de la persecución religiosa, Baruch Spinoza, Benito, Benedetto, Benedicto, Bendito Espinoza, resolvió el problema del dualismo cuerpo-conciencia como dice la tradición que hizo Alejandro Magno con el nudo gordiano y la tarea de deshacerlo para dar paso a sus tropas: lo cortó de un espadazo. Spinoza también cortó de un tajo: no hay dos entidades que de alguna forma se influyen, hay una: la materia pensante.

Es la gran tradición de los atomistas Demócrito y Leucipo, el cosmos lo forman vacío y átomos. Y es todo, el ser y el no-ser, el ser y la nada. No hay lugar para fantasmagóricos titiriteros que nos mueven con hilos de nervios desde el conmutador general de la res cogitans, la cosa pensante.

La materia pensante de Spinoza es una: es materia que piensa. No hay más. Es un monismo opuesto al dualismo cartesiano pero, dado el brillo intelectual de Descartes, y la similitud de su hipótesis filosófica con el alma y el cuerpo de las iglesias cristianas, el monismo de Spinoza fue aplastado por siglos.

No fue hasta el siglo XX cuando la neurofisiología de la conciencia habría de recuperar a Spinoza. Entre otros, hay dos libros maravillosos e imprescindibles para acercarse al misterio de la conciencia: El error de Descartes y En busca de Spinoza, de Antonio Damasio, neurocientífico lleno de premios y, como Spinoza, portugués asentado en tierras más propicias a la ciencia, en Estados Unidos.

Ranas resolviendo problemas de computación, cuervos cooperando, monos de conducta humana

El embrión humano, cuando tiene el tamaño de un grano de arroz puede ser cualquier animal. Como feto comienza a tomar forma de rana, luego de ratón y pasan semanas antes de que pierda la colita y podamos identificar un ser humano.

También el desarrollo de la conciencia sigue en el humano recién nacido las etapas de la conciencia en el mundo animal: Jean Piaget ha estudiado las etapas de ese desarrollo.

Ranas

“Cuando machos de rana de árbol japonesa (Hyla japonica) croan al mismo tiempo, las hembras no logran diferenciar entre ellos para así elegir al mejor. Por lo tanto, los pretendientes deben lograr un acuerdo y croar de uno en uno. Esta desincronización lírica natural ha inspirado el desarrollo de algoritmos en computación que pueden usarse en diseñar sistemas inalámbricos y en análisis de redes sociales como Facebook y Twitter”.

Yo hice mi tesis de licenciatura en Psicología con un modelo que analiza redes sociales por medio de un área de las matemáticas puras, la Teoría de los Grafos: todo lo que pueda expresarse con rayas y puntos, como serían vías de comunicación, redes eléctricas, las relaciones de liderazgo en un grupo o los puentes de Koenigsberg que produjeron un famoso problema: esa ciudad está cruzada por un río, el río tiene dos islas y las islas y orillas están conectadas por siete puentes. ¿Puede un paseante cruzar por todos y cada uno de los puentes sólo una vez y regresar al mismo punto de inicio? Lo trató nada menos que Euler, creo, entre otros grandes.

Koenigsberg es también la ciudad que se regulaba por el reloj preciso del paseo de Kant y siglos antes fue donde el astrónomo Johann Müller, llamado El Regiomontano porque era de Koenigsberg o Monterrey o Montreal, mostró al canónigo Copérnico novedosos y relucientes instrumentos que Koppernigk, tacaño además de mentiroso y marrullero en la fundada opinión de Koestler, sustituyó por un par de palos y por eso sus mediciones celestes estuvieron erradas con grados enteros hasta la revisión escrupulosa del joven Rético, a quien el cobarde canónigo jamás menciona.

Estudié los grafos en Lecumberri y tomé allí mismo, con los jóvenes presos, un sociograma imposible de analizar más allá de su primer nivel, pero, convertido en grafo, procesable en una computadora. Entonces la de la Facultad era un edificio completo y tenía menos memoria y menos poder de procesamiento que un celular de los nuevos.

Los machos de rana mencionados “han aprendido a desincronizar sus cantos y así permiten a las hembras distinguir entre ellos y elegir al más talentoso. Este proceso es un gran ejemplo de auto-organización en la naturaleza, lo que nos ha permitido desarrollar algoritmos bioinspirados”, dice Christian Blum, de la Universidad del País Vasco. También participa en la investigación la Universidad Técnica de Cataluña.

Los grupos cerrados o el complejo de Onán

El estudio lo publica el journal Swarm Intelligence y hace posible “rastrear usuarios de redes irrelevantes o inactivos, detectar comunidades de tejido apretado que no interactúan con nadie más (y por eso se convencen de que son ‘todo el mundo’), descubrir individuos populares o bien conocidos dentro de las redes, o encontrar usuarios que podrían desear conectarse con otros para mejorar las relaciones entre comunidades específicas.

“Todos estos temas pueden traducirse a problemas matemáticos que se resuelven con el grafo de la red”, señala Blum.

Bueno, yo lo hice sin ayuda de ranas, pero con la participación de peces, como llamábamos a los miembros del Partido Comunista (PC).

Cooperación en aves… si son parientes

Los cuervos están entre las especies de aves más inteligentes. Biólogos cognitivos de la Universidad de Viena añaden entre estos rasgos la cooperación. “En la vida silvestre ya se sabía que los cuervos son capaces de cooperar cuando, por ejemplo, hay amenazas de predadores. Pero usando un diseño experimental en cuervos cautivos pudimos investigar cómo exactamente lo hacen”, dice el autor principal Jorg Massen.

En el experimento dos cuervos debían jalar, de forma simultánea, cada punta de una cuerda pasada por una armella para acercar una tabla con dos trozos de queso. Pero si uno solo tiraba de la cuerda se salía de la armella y los cuervos se quedaban con la cuerda y sin el queso. Sin ningún entrenamiento previo, eso es lo más importante, los cuervos resolvieron de forma espontánea la tarea y cooperaron tirando cada uno un extremo de la cuerda. Ya es asombroso.

“Sin embargo, resultó que no hacían lo mismo con cualquier cuervo y que preferían trabajar juntos con amigos. Fue interesante que, si una de las aves hacía trampa y robaba la recompensa del compañero, éste lo notaba enseguida y no volvía a cooperar en tirar de la cuerda… Tan sofisticada forma de mantener el compañerismo sólo se había visto en humanos y en chimpancés”. Scientific Reports, en línea, octubre de 2015.

Los arrendajos siberianos, un ave cercana al cuervo, pueden distinguir parentesco remoto con otro arrendajo, aun sin conocimiento previo, lo cual importa mucho en cuanto a compartir alimento. Pocos mamíferos, aves y peces tienen esta capacidad. La razón tras este modelo es que ayudar a individuos relacionados cercanamente ayuda a propagar los genes propios”. Michael Griesser, Molecular Ecology, en línea, 13 de octubre de 2015.

Las urracas son especie cercana a los cuervos. Las he visto robar croquetas de mi perro y, al comprobar que son demasiado grandes para comerlas y demasiado duras para romperlas con el pico, las llevan al bebedero de mi perro, las remojan y se las comen como birote duro sopeado en tazón de chocolate. Lo descubrí porque el agua de ese platón siempre tenía restos de croquetas en el fondo.

Saben, sin comillas, que el agua ablanda las croquetas. Nadie les ha dado entrenamiento al respecto. Lo saben por intuición, como los humanos.

En otra ocasión caminaba por una calle bordeada de árboles y distinguí un pajarito sin plumas caído en la acera, me acerqué para subirlo a una rama donde los padres lo encontrarían. No supe que, en absoluto silencio, me vigilaban decenas de ojos y de picos. En cuanto lo recogí todo el árbol cercano se volvió un griterío de urracas que se desprendieron de las ramas y me revolotearon con alas amenazantes. Arrojé el pajarraco y seguí de largo, de prisa, aunque sin correr para no aceptar la humillación, pero las alas agresivas cerca de la cara me siguieron media cuadra. No eran los padres, era la familia extensa y todo el vecindario del árbol.

Monos de conducta homínida

Publicaciones recientes exigen repensar, no cancelar, pero sí limitar nuestras investigaciones en ciencias médicas y sociales donde los monos son sujetos de investigación previa, antes de probar en humanos.

“Biólogos y psicólogos están fascinados con el mono capuchino barbón (Sapajus libidinosus)… pues así se llama, del noreste de Brasil porque exhibe una conducta extremadamente escasa en el reino animal: emplean herramientas de piedra para romper duras nueces de palma y comer el interior carnoso”.

Esa conducta, silvestre y no aprendida, resulta de especial interés “porque se asemeja al uso de herramientas de piedra empleadas por los primeros homínidos”.

Hay cientos de observaciones de chimpancés que hacen una herramienta al arrancar las hojas de una vara, así la pueden meter en un nido de termitas, esperan a que se suban a la vara, la sacan llena y se la pasan entre los labios, luego la vuelven a meter.

Saben, sin comillas, que deben arrancar las hojas para que la vara entre en el agujero del nido, saben que las termitas se subirán y que podrán hacer un bocado.

El Yanko, el Oso y la Prueba de Turing

Mi dálmata y un cocker visitante fueron limando conflictos sociales lentamente. El cocker tuvo claro desde el primer día que él era el recién llegado y la casa en forma de iglú pertenecía al dálmata. Así que pedía permiso para entrar: se sentaba afuera, mirando al dálmata y meneándole su colita. Daba un paso y esperaba a que no hubiera gruñidos de propietario, daba otro y esperaba. Nadie lo entrenó, pero evitaba el pleito seguro que vendría al entrar sin permiso en casa ajena. Sabía que era casa ajena. El dálmata, Yanko, lo admitía con menos ceremonias en noches frías. Pronto los dos estaban acurrucados entre la cobija y sus cuerpos.

Eso ya es mucho. Pero hubo algo absolutamente asombroso: una mentira muy elaborada del Yanko que implica: sé que ese otro peludo es como yo, quiere lo que yo, tiene estados internos como los míos.

Y yo, ¿por qué me permito decir que un perro sabe del otro sus estados internos? ¿Cómo sé yo que el perro sabe? Sencillo: lo veo aplicar la prueba de Turing.

Alan Turing fue el matemático inglés que descifró el código Enigma, desarrollado por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial: calcular todas sus posibilidades llevaba algunos millones de años y los mandos nazis lo cambiaban cada día.

Turing, un entusiasta de la inteligencia artificial, ideó una prueba para detectar si, tras de una mampara, hay una persona o una computadora cuando me llegan respuestas a preguntas.

No es el tema, pero no logro pasar por alto que, luego de su imprescindible logro que dio la victoria a los Aliados, Turing debió admitir ante un juez que un robo en su casa lo había cometido un ligue fortuito homosexual. Ser homosexual era un delito en la Inglaterra triunfante de 1951, así que el juez le dio a escoger, en consideración al héroe de guerra, entre cárcel o tratamiento hormonal (lo cual, sabían y sabemos, es una estupidez: no hay un problema hormonal en la homosexualidad ni hay problema alguno, salvo el rechazo social). Turing eligió el tratamiento. Al parecer entró en una grave depresión causada por el juicio mismo y acabó quitándose la vida mordiendo una manzana con cianuro. De ahí el logo Apple.

Pues el Yanko y el Osito se aplican entre sí la prueba de Turing y saben que el otro no es de peluche, sino un igual, que siente lo mismo y desea lo mismo.

Estaba leyendo un libro de Penrose, matemático y físico inglés que escribe sobre conciencia: proporciona ejemplos de animales en los que hay una chispa, un destello súbito por el que aprehenden una solución. Da el de un chimpancé al que “se le ilumina la cara” al pensar, súbitamente, en la solución para alcanzar desde su jaula unos plátanos. Tiene un par de varas que no alcanzan, pero embonan una en otra y dan el largo necesario para arrastrar los plátanos.

En eso vi un ejemplo mejor de conciencia y cognición: mis dos perros se divierten ladrándole a las personas que pasan junto al portón del jardín. Las ven acercarse por el jardincito exterior, luego desaparecen tras una larga pared de ladrillo y reaparecen en el portón. Hay, diría Piaget según observó en el niño de pocos meses, “conservación del objeto”: el bebé, antes de esa etapa, pierde interés en el juguete que se le oculta tras una mampara. Después, si lleva un movimiento constante, lo espera al final de la mampara. Los humanos tardamos meses en adquirir esa noción. Los perros también. Pero los míos son adultos y la tienen: la persona que pasa junto a la verja y luego queda oculta por la barda no se esfuma, no desaparece de la realidad, no: al mismo ritmo, al paso que llevaba, reaparecerá al final de la barda, en el portón. Así que corren a ladrarle, pero no a la verja, sino a esperar, en silencio, a que llegue al portón.

Ambos perros conocen la carrera que pega el otro cuando ve aproximarse una víctima y se une a la diversión. Es importante este detalle: cada uno reconoce el tipo de carrera con orejas alertas que indica “humano, perro ajeno o bicicleta aproximándose” y que es distinta a otras carreras.

Mientras yo leía en el jardín el insight de los chimps que les ilumina el rostro con expresión de ¡eureka!, y ensamblan las varas, el Oso encontró un hueso y se puso a roerlo. El Yanko lo miraba con envidia, las orejas atentas, la mirada fija en el hueso. Es más grande, dálmata, y fuerte, así que fácilmente se lo podía arrebatar al cocker, pero urdió una vía más amistosa: se dio la levantada súbita y lanzó la carrera hacia el portón, la que significa “viene alguien a quien ladrarle”, el Osito reaccionó al instante y se lanzó a la carrera rumbo al portón. Pero el Yanko, tras dar unos pasos a la velocidad correcta, se frenó, dio vuelta y regresó sin duda al hueso abandonado. ¡Había fintado la carrera! Dijo: “Viene alguien para ladrarle”, lo dijo en el idioma que entiende el Oso, y volvió para quedarse con el hueso.

No es poca cosa lo ocurrido. Implica que para los animales, nosotros y otros animales no somos “cajas negras”, sino seres con estados internos semejantes a los suyos. “Si corro de la forma P, éste que roe el hueso entenderá que viene a quien ladrarle, correrá conmigo porque también, como a mí, le divierte asustar humanos, y descuidará su hueso”. Hay un cálculo: preferirá la diversión inmediata y dejará el hueso para después. Es la presunción completa de un estado interno, esto es, de un estado de conciencia, cognitivo, en su amigo perro.

La conciencia es un continuo que abarca todos los seres vivos: bacterias que se comunican con el lenguaje de nuestras neuronas, seres unicelulares que reaccionan a la luz, se agudiza en aves, crece en cuervos, alcanza máximos en perros y gatos, y límites conocidos en chimpancés y humanos.

Esa filogenia se repite en la ontogenia: despierta en el bebé con la “conservación del objeto”, asume la forma del yo hacia los cuatro años, culmina después de la adolescencia y, también, va en declive con la senectud, a veces con un regreso a la inconsciencia de los primeros días.

Vemos la conciencia aparecer en el reino animal. Luego vemos su expansión, y los mismos pasos en el niño.

 

la talacha fue realizada por: eltemibledani
 

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