publicado en la revista «Nexos»
# 462, junio de 2016

 

La dieta de nuestros ancestros moldeó la evolución humana. “Las diferencias anatómicas entre los tórax y las pelvis del Homo sapiens y el Homo neandertalensis son bien conocidas hace años, pero ahora las estudiamos desde un nuevo ángulo: la dieta”, dice Avi Gopher. Con Ran Barkai y Miki Ben-Dor, todos del Departamento de Arqueología y Culturas del Viejo Cercano Oriente, Universidad de Tel Aviv, Israel. Publicaron el estudio en el American Journal of Physical Anthropology.

Los chimpancés, nuestros más cercanos parientes genéticos, con más del 98% del genoma similar, y los humanos tuvimos un ancestro común hace unos 12 millones de años. Al igual que los chimpancés de hoy día éramos mayormente vegetarianos aunque, como ellos, añadíamos a la dieta huevos de aves descuidadas, insectos y carroña abandonada por los grandes carnívoros. A ellos y a nosotros las proteínas de carne dieron la fuente de proteínas para agrandar el cerebro.

En el último millón de años nos despedimos de nuestros parientes cercanos, los chimps. Los Australopitecos dieron origen al género Homo. El H. erectus pasó a caminar siempre erecto, lo cual trajo una necesaria modificación de la pelvis y del pie. El cambio en la pelvis produjo un estrechamiento del canal del parto: el conjunto óseo de sacro, ilíacos y pubis, que debió ampliarse para dar paso a una cabeza más grande.

La Naturaleza no es sabia ni cruel ni buena: es impasible. Así que las hembras con un más amplio canal óseo, ampliado por azares de la mutación, así como otras mutaciones lo hacían más estrecho, dieron a luz y sobrevivieron. Las que no tuvieron la suerte de tener esa mutación, o la tuvieron en sentido contrario: cerrando el canal, sencillamente murieron con todo y su cría atorada.

Pero el cerebro siguió creciendo por obra del incipiente lenguaje que organizó bandas de cazadores y pasamos del consumo de carroña al de carne fresca. El cerebro tuvo proteína animal para ampliar el área del neocórtex, la corteza cerebral nueva: distribuidora del habla, la abstracción y la imaginación. Fue urgente otra mutación: hembras que parieran antes de tiempo, antes de que los huesos del cráneo se ensamblaran como un sinuoso rompecabezas. Todos somos hijos de crías prematuras, las que nacieron con el cráneo aún plástico que permitió el parto y pasó la herencia del nacimiento prematuro: de nueve meses somos prematuros, inermes, incapaces de aferrarnos a la madre que busca alimento. Otra tanda de mujeres muertas entre horribles dolores y crías también muertas de asfixia que no transmitirían esos tiempos de gestación a término.

Los cambios neandertales

El proceso fue similar en el género Homo. El H. neandertalensis se nos adelantó en poblar tierras frías. “Durante los rudos inviernos de la Edad de Hielo, los carbohidratos fueron escasos y el consumo de grasa limitado. Pero la cacería de animales grandes, presa típica de los neandertales, prosperó”, dice Ben-Dor. “Esto disparó una evolución adaptativa basada en dieta alta en proteínas: un hígado agrandado, sistema renal expandido”.

Barkai añade que, en el caso de los neandertales, “una aguda escasez de carbohidratos y una limitada disponibilidad de grasa produjeron adaptaciones biológicas para una dieta alta en proteínas”.

El equipo de Tel Aviv buscó pruebas. Numerosos experimentos con animales han demostrado que una dieta alta en proteína es posible que produzca hígados y riñones agrandados. “La temprana población indígena del Ártico, que come principalmente carne, también muestra hígados agrandados y tendencia a beber mucha agua, señal de actividad renal incrementada”, dice Ben-Dor.

Para el equipo de Tel Aviv, la total dependencia de los neandertales respecto de animales grandes en respuesta a sus necesidades de grasa y proteína puede aportar una clave para su extinción, que tuvo lugar al mismo tiempo que el principio de la desaparición de los animales gigantes o megafauna en Europa hace unos 50 mil años.

Por entonces, otro Homo, el sapiens, comenzaba a extender sus poblaciones hacia el sur y centro de África; a través del mar Rojo, de poco nivel a causa de los hielos con kilómetros de grosor que llegaban hasta donde hoy se encuentra Londres, y retenían buena parte del agua oceánica, así que el mar Rojo se vadeaba entre marismas y ciénagas de abundantes aves, peces y reptiles. Otros iban extendiendo poblaciones a lo largo del Nilo, cuando el Sahara no era un desierto, sino amplias sabanas llenas de rebaños paciendo.

Los H. sapiens compartimos Eurasia con los neandertales, desaparecidos hace unos 40 mil años. Es seguro que, si cogemos con gallinas y borregas, cogimos con hembras de neandertal y viceversa: hombres neandertal con hembras sapiens. Los neandertales nos dieron su herencia genética mejor adaptada a los hielos con estaturas más bajas, cajas torácicas y pelvis amplias.

Fue la dieta Edad de Hielo la que disparó estos cambios anatómicos en los neandertales. Según el equipo, la caja torácica en forma de campana debió evolucionar para acomodar un hígado más grande en su parte inferior, el órgano responsable de metabolizar las proteínas como energía. Ese elevado metabolismo también exigió un más amplio sistema renal, con riñones y vejiga mayores, y así remover grandes cantidades de urea tóxica, producida por las carnes rojas, como saben todos los que padecen gota. Es posible que ese sistema renal ampliado fuera el responsable de la pelvis más amplia de los neandertales. Pelvis amplia que sería urgente para dar paso a cabezas con cerebros mayores.

La nota no lo dice, pero debemos algo más a los neandertales. Se ha encontrado que eran pelirrojos, lo cual implica piel clara. Este cambio evolutivo fue necesario para conservar el equilibrio electrolítico en la sangre y fijar el calcio a los huesos cuando salimos de África y encontramos largos inviernos de escasa luz solar.

La piel no se conserva en restos estudiados por arqueólogos, pero sí el cabello. Y si es rojo la piel es clara, de poca melanina, como adaptación al sol débil. Los neandertales de piel más oscura, como luego ocurriría a los sapiens, morían en la infancia de raquitismo, huesos delgados y por eso deformes, pérdida de dientes y espasmos porque el calcio, con el potasio y el sodio son necesarios en la transmisión nerviosa y el trabajo muscular.

Que al perder melanina en la piel se aclare el pelo es un efecto secundario, como lo es el color claro en los ojos: cambios no necesarios para la sobrevivencia como lo es el de la piel que permite el trabajo de la vitamina D y la luz solar en la fijación del calcio.