Copérnico, el embaucador

publicado el 25 de mayo de 2014 en «Milenio Diario»
columna: «se descubrió que...»

 

Cuando leí a Arthur Koestler titular su capítulo sobre Copérnico “El Embaucador” lo creí homenaje irónico en Los Sonámbulos. No era así. Es tan detestable como admirable es Galileo. El retrato que pinta —y coincide con la nota biográfica que precede a la traducción al inglés de De revolutionibus orbium coelestium, en la colección Great Books de Britannica, dirigida por Mortimer Adler— es el de un viejo embaucador, sobrecogido de miedo, a quien el Renacimiento le pasó de noche y, además, traidor.

Copérnico nació en Polonia en 1473 y murió en 1543: hace 541 y 471 años, respectivamente. ¿Por qué México y Polonia le dedican el 2014 al también canónigo? Quizá porque en 1514 fue invitado, con otros astrónomos, al concilio de Letrán, donde se reformaría el calendario juliano, desfasado por acumulación de horas sobrantes a los 365 días del año legal.

Pero no habló entonces, ni nunca, del sistema heliocéntrico. “La Academia Mexicana de Ciencias (AMC) informó que México y Polonia dedicarán este año al astrónomo polaco Nicolás Copérnico, hombre que ‘movió a la Tierra y detuvo al Sol’”, dijo la presidenta electa de la Unión Astronómica Internacional, Silvia Torres. Falso, y tampoco es verdad que “privilegia la razón, el entendimiento y la ciencia por sobre otros valores”.

No pocos años, sino más de mil se había adelantado Aristarco de Samos, nacido en esa isla del Egeo hacia el 310 antes de Cristo. Cinco estrellas eran llamadas planitis por los griegos: vagabundos. Parecen avanzar, detenerse, retroceder, acelerar, respecto de las “estrellas fijas” que giran en una noche. Pero los planetas van de acá para allá… aunque no tanto, pues no salen del camino aparente seguido por el sol.

La explicación del astrónomo Ptolomeo exigía creer en cósmicas esferas giratorias de cristal puro, llamadas ciclos, con otras más chicas, epiciclos, donde se engarzaba cada planeta y así se explicaban sus movimientos, en apariencia azarosos, pero regulares al observar un registro. Y estos registros se habían llevado desde los caldeos, mil años antes de Aristarco, a 3 mil 500 de nosotros.

Aristarco tenía abundante arena para trazar órbitas y calcular cómo esos vagabundeos se explicaban por un movimiento regular, constante, pero percibido desde diversos puntos de la órbita terrestre y la del planeta observado. Una solución elegante y bella… 1,100 años antes de Copérnico. Ahora diríamos que se ajusta al canon de parsimonia o navaja de Ockham (Occam también).

El Renacimiento se llama así porque descubrió a los clásicos griegos y latinos. Entre ellos a Aristarco y su heliocentrismo.

A pesar de eso, y de sus años en Italia, Copérnico no se atrevía a publicar sus ideas al respecto. Pero en 1524, en su Carta contra Werner, negó la precesión de los equinoccios… dato a favor del heliocentrismo. “En la primavera de 1539, Copérnico tuvo la visita de Joachim Rheticus” (Great Books, 16, p.500). El apodo le venía de que era de Austria, Rhetica en tiempos romanos: un joven de 25 años, ya maestro de matemáticas en la Universidad de Wittenberg. En 1540, Rético publicó, con reticente aprobación de Copérnico, su Narratio Prima: resumen del heliocentrismo.

La presión de Rético logró que Copérnico diera a la imprenta su libro. Sufrió una apoplejía y quedó en cama. “El 24 de mayo de 1543 le llevaron una primera prueba de imprenta y ese mismo día murió”. Iba dedicado al papa Paulo III. En ninguna parte menciona a Rético. Había dos motivos: era protestante y era homosexual.

Nadie leyó y nadie lee el libro de Copérnico. Su primera edición “fue de mil ejemplares que nunca se vendieron”. ¿Motivo? Encorsetó el heliocentrismo al sistema medieval de Ptolomeo y aumentó los epiciclos necesarios para explicar los movimientos celestes. “De manera que bastan 34 círculos para explicar todo el universo y toda la danza de los planetas”, dice en su Commentariolus, resumen de 1530. Pero, quien lo lea, dice Koestler, se percata de que, sin aviso, “agrega cada vez más ruedas a su mecanismo”. Al heliocentrismo le bastan seis círculos (elipses, dirá Kepler). Su fama, concluye Koestler, se debe a que De revolutionibus es ilegible y creemos que dice lo que no dice.

 

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